1 – El milagro de Purim

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La alegría de Purim expresa la eterna santidad del Pueblo de Israel, que si bien a veces se oculta por efecto de las trasgresiones, de todas maneras se mantiene inamovible, y aunque los judíos a veces no se comporten debidamente, son igualmente denominados “hijos del Eterno” (“banim laMakom“) y el Eterno que rige el destino del universo, orienta el desenlace de los acontecimientos para favorecerlos, salvarlos y redimirlos.

En esos días, el Pueblo de Israel se encontraba sumido en una situación muy comprometida. El primer Templo estaba destruido, los judíos habían salido al exilio y si bien Ciro el rey de Persia ya había publicado su edicto, por efecto del cual instaba a los judíos a retornar a su tierra y reconstruir su santuario, muy pocos de los exilados habían retornado efectivamente. El Imperio Persa estaba en su mayor esplendor y los judíos que habitaban a lo largo y ancho de sus provincias, se esforzaban por integrarse y mezclarse con los gentiles y conducirse como ellos, al punto que muchos estaban dispuestos a postrarse ante ídolos. En la ciudad capital, Shushan, los judíos participaron del banquete que ofreció el rey Asuero y vieron con sus propios ojos, cómo los persas utilizaban los utensilios que fueron saqueados del sagrado Templo para usos profanos, y sin embargo disfrutaron del festín. Parecía que el gran ideal para el que había sido elegido el Pueblo de Israel, se extinguía poco a poco, tanto como la esperanza del retorno a Sion y los judíos ya no traerían el mensaje Divino a la tierra.

Entonces se despertó una fuerte acusación en la corte celestial contra el Pueblo de Israel, ya que a pesar de que D´s los había escogido de entre todas las naciones, les había entregado la Torá y había hecho reposar su Divina Presencia en su seno, los judíos se conducían como gentiles, se postraban ante ídolos y no retornaban a su patria para allí reconstruir el sagrado Templo. Como contraparte, se había alzado el malvado Hamán descendiente de Amalek y condujo al Imperio Persa hacia un terrible edicto que no tenía precedentes: “destruir, matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y viejos, niños y mujeres, en un mismo día, el día trece del mes duodécimo, que es el mes de Adar, y tomar sus despojos como botín”(Libro de Esther 3:13).

Hubo judíos que criticaron a Mordejai y le imputaron el haber provocado el edicto de exterminio con su obstinación al no postrarse ante el malvado Hamán, provocando así su furia contra el Pueblo de Israel (Libro de Esther 3:2-6).

He aquí que el Eterno, la Causa de todas las causas, anticipó la medicina a la enfermedad, al hacer que Esther se case con el rey Asuero para que junto a Mordejai pudiesen desbaratar el consejo de Hamán. Al final, todo resultó a la inversa, ya que en vez de que los enemigos del Pueblo de Israel se salieran con la suya, los judíos mataron a sus perseguidores y a Hamán y a sus hijos los colgaron del árbol que estaba destinado para ahorcar a Mordejai. El Pueblo de Israel fue salvado, su prestigio se difundió entre las naciones y se despertaron las voluntades para volver a Eretz Israel, a fin de habitarla y reconstruir el Templo.

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