Está permitido e incluso resulta preceptivo realizar experimentos científicos con animales para investigar enfermedades y descubrir medicamentos destinados a los seres humanos. Incluso cuando los experimentos en cuestión infligen un gran sufrimiento, ello no está prohibido ya que se realizan en aras de un beneficio y no por mera crueldad. Incluso desde una perspectiva piadosa, no cabe abstenerse de efectuarlos ya que por su intermedio es posible encontrar alivio a las dolencias de numerosas personas, y es un deber moral supremo velar por la vida y la salud de los seres humanos (ver Shevut Ya’akov 3:71, Sridei Esh 3:7).
Esto y más, también los seres humanos están dispuestos a padecer sufrimiento y poner en riesgo su vida para salvar a sus niños o a sus amigos y curarlos, y en la medida que el peligro incluya a muchas personas, más individuos estarán dispuestos a atravesar por los intensos dolores y arriesgarse en aras de salvar a sus amigos. Cuánto más aún se permite a un ser humano hacer sufrir a un animal de su pertenencia para hallar una cura a las dolencias del hombre.
No obstante, se debe revisar y analizar la esencialidad de cada experimento por separado, a fin de decidir la obligatoriedad de su ejecución. Asimismo, en caso de que el experimento pueda ser realizado en diferentes animales, deberá preferirse a la especie menos evolucionada. Por ejemplo, si es posible efectuar un experimento con ratones o con monos, es preferible optar por los primeros ya que su sistema nervioso y su cerebro están menos desarrollados y por ende sufren menos dolor y padecimientos.
Por su parte, los monos son tan desarrollados que cabe observar en su semblante si están contentos y felices o tristes y dolidos, por lo que es preciso tener el recaudo de no hacerlos sufrir. Incluso después de que se hubiere llegado a la conclusión de que resulta indispensable realizar un experimento con animales, es preciso esforzarse por limitar su sufrimiento. Por ejemplo, si se trata de una cirugía, hay que esmerarse por efectuarla con anestesia. Si a raíz de la investigación su cuerpo se hubiere lesionado, es preciso matarlos de un modo indoloro para evitarles sufrimiento (Tzitz Eliezer 14:68).
Según la base de la norma halájica los alumnos de secundaria tienen permitido realizar experimentos con insectos, analizar qué grado de calor logran resistir y con cuál mueren, qué grado de frío logran resistir y cuál no. Si bien todos esos experimentos ya fueron realizados, hay un cierto beneficio en el hecho de que los alumnos se acostumbren a experimentar. Además, la prohibición de hacer sufrir a un animal aplica principalmente a aquellos que ayudan al ser humano y poseen una cierta cognición y no sobre insectos cuyo sistema nervioso es infinitamente inferior.
Sin embargo, dado que estos experimentos carecen de utilidad científica y tampoco resulta claro que los alumnos en cuestión continúen desarrollándose como investigadores a quienes resulte importante acostumbrar a este tipo de procedimientos, es preferible que con este alumnado se lleven a cabo pruebas que no resulten dolorosas para los animales, ya que corresponde apiadarse de las creaturas, tal como fue dicho (Salmos 145:9): «y Su misericordia para con todas Sus creaturas».