07. Al despertar por la mañana.

01. Alzarse «cual león»

«Habrá de sobreponerse[1] cual león para levantarse por la mañana y servir a su Creador de modo tal que sea él quien despierta a la aurora» (del comienzo del Shulján Aruj Oraj Jaím 1:1).

El modo en el cual una persona se levanta por la mañana guarda estrecha relación con su estado anímico general e influencia sobre su actuación a lo largo del día. Una persona que tiene un objetivo en la vida, se levanta de buena gana y se dirige diligentemente al encuentro de una nueva jornada. Generalmente se ha de levantar temprano por la mañana, para alcanzar a hacer más cosas durante el día. Sin embargo, una persona que siente haber perdido sus valores y su rumbo o su existencia perdió el  sentido y carece de un desafío que lo impulse a levantarse temprano. Por lo tanto, por la mañana siente cansancio y angustia, y sólo cuando no tiene más remedio se levanta tarde y lentamente se encamina hacia otro día gris y tenebroso. En cambio, si se refuerza en su fe y se levanta velozmente, se despertarán en su interior la  vitalidad y la  alegría que le permitirán comenzar su día enérgicamente.

Esta es la virtud de asistir al servicio de «Vatikín«, de ser «quien despierte a la aurora» (Shulján Aruj 1:1), ya que antes de que la naturaleza se despierte y el sol despunte, la persona se incorpora y entona alabanzas delante del Creador. Si bien la mayoría de nosotros no se levanta para rezar en el «Minián» de «Vatikín» (ver adelante 11:5), de todas maneras, toda persona debe apresurarse a llegar a la sinagoga antes que comience el servicio.

Los sabios de las últimas generaciones (Ajaronim), agregaron que al despertarse es bueno recitar: «Doy gracias a Ti, Rey viviente y eterno, pues Tú has restituido misericordiosamente mi alma dentro de mí; Tu fidelidad es grande» (Seder Haiom, Mishná Berurá 1:8). La fe le confiere al Hombre un objetivo en su existencia. Si D´s decidió concederle la vida, implica que ésta es de un gran valor, y esta certeza le permite levantarse por la mañana veloz y diligentemente. Nuestros sabios nos dijeron que hay que sobreponerse cual león ya que éste simboliza a quien se quiere a sí mismo y reconoce su valor propio y por esto se enfrenta a todos los obstáculos que se presentan en su camino (ver Likutei Halajot LeMoharán).

[1] El Tur (Oraj Jaím Simán 1) nos explica que la frase Sobreponerse como un león  se refiere al corazón, pues la fuerza requerida para el servicio divino reside en el corazón. Por ellos es que un debe proveerse de coraje para el servicio Divino, de una manera similar a quien debiera defenderse de sus enemigos, tales como los que emergen de la inclinación a hacer el mal y que constantemente nos presentan su desafío. N. de Editor)

02. Vestirse con recato.

Cuando una persona se viste, aunque se encuentre solo en su casa, corresponde que se conduzca con recato. No habrá de decir: dado que estoy entre cuatro paredes ¿quién puede verme? Pues el Creador Bendito Sea es omnipresente. Por lo tanto, quien duerme sin ropas debe tener cuidado de no salir desnudo de la cama y luego vestirse, sino que habrá de ponerse una bata aún estando en la cama para que sus partes púdicas se encuentren ya cubiertas a la hora de vestirse. Asimismo, si necesita cambiarse de ropa interior es correcto que lo haga aún debajo de las sábanas o una vez cubierto con una bata suficientemente larga como para cubrir sus partes íntimas. Se puede, además, cambiar de ropa interior en el cuarto de baño o el excusado, que son lugares destinados para tales propósitos y desnudarse en su interior, y no se considera una falta de recato.

La costumbre entre los piadosos es de tener cuidado de que las partes del cuerpo que se mantienen cubiertas al estar entre sus familiares y amigos se mantengan así también al estar a solas. Por lo tanto, el piadoso tiene cuidado de no permanecer sin camiseta aunque se encuentre solo en su habitación y si quiere cambiarla lo hará en el cuarto de baño.

En el caso de una persona que sufre por el intenso calor, aunque sea piadoso, se podrá quitar la camiseta pero de ninguna manera pondrá al descubierto sus zonas púdicas. Los estudiosos de la Torá suelen ser más estrictos aún, al punto de que aunque se trate de un día muy cálido y se encuentren en la soledad de su habitación no se habrán de quitar la camiseta ni estarán en compañía de sus familiares o amigos en su casa sin camisa.

Todo lo antedicho aplica cuando no media una necesidad concreta, empero en el caso de que sea necesario a los efectos de lavarse o por motivos de salud, estará permitido descubrir las partes íntimas (Igrot Moshé Ioré Deá III 68:4).

A los efectos de aclarar el tema del recato, es importante anticipar que cuando el Primer Hombre fue creado era puro y limpio, tanto física como espiritualmente, y no sentía necesidad alguna de vestirse. Sin embargo, tras el pecado primigenio, comenzó a avergonzarse de su desnudez, y desde entonces todos nos vestimos y cubrimos nuestro cuerpo, especialmente aquellas partes del mismo que guardan estrecha relación con el deseo sexual y la evacuación de residuos.

El cuerpo al descubierto pone en extrema evidencia el aspecto material y animal del ser humano. Es cierto que en el cuerpo humano y en la multiplicidad de sus órganos, encontramos una vasta serie de profundas y maravillosas insinuaciones respecto del alma, de las cuales la Kabalá se ocupa extensamente, amén de que el objetivo del mismo es materializar todas esas excelsas ideas. Empero en virtud del pecado primigenio, nuestra visión se tornó mucho más superficial y a primera vista nuestros ojos solamente perciben el aspecto físico del cuerpo que nos hace olvidar su interioridad espiritual. Por lo tanto, se deben ocultar las partes cubiertas del cuerpo para de esa manera poner de relieve la espiritualidad interior que es la fuente de la verdadera belleza, y de esa manera una sutil hermosura se ha de expandir a todo el físico. Por esta razón, nuestros sabios, de bendita memoria, dijeron que el recato preserva la belleza dado que estimula su fuente eterna (ver Midrash Rabá 1:3).

03. La costumbre de los piadosos a la hora de vestirse y calzarse.

Es costumbre de los piadosos anteponer en todo  la derecha a la izquierda, dado que la Torá dio mayor importancia a la derecha (por ejemplo al rociar  el Cohen en el Santuario, sobre el dedo gordo de la mano o el pie). Según la Kabalá la derecha alude al «jesed» o generosidad mientras que la izquierda alude al «din» o rigor, por lo que es importante imponer la generosidad por sobre el rigor. Por lo tanto, los píos se cuidan de comer con la mano derecha, al lavarse o untarse una crema, anticipan la mano derecha a la izquierda así como el pie derecho al pie izquierdo.

Quien lava todo su cuerpo, comenzará por su cabeza y luego seguirá anticipando la derecha. A la hora de vestirse, los píos suelen colocar primero la manga derecha así como también antecederán el pie derecho en el pantalón y en los calcetines. Al desvestirse, se quitarán primero del lado izquierdo.

Respecto de los zapatos la ley es más compleja. Por una parte corresponde anteceder la derecha, y por la otra vemos del tefilín que se amarra en el brazo izquierdo, por lo que a la hora de amarrar la izquierda precede a la derecha. Por lo tanto se ha de colocar primero el zapato derecho y luego el izquierdo sin amarrar los cordones y de esa manera antecedió derecha a izquierda;  luego, a la hora de atar los cordones que comience por el zapato izquierdo y luego amarre le derecho (Talmud Babilonio Tratado de Shabat 61(A), Shulján Aruj Oraj Jaím 2:4).

Quien es zurdo de mano o pie, habrá de preceder la derecha tanto para calzar como para amarrar los cordones.

La idea de la halajá es que toda acción que realicemos, aunque sea totalmente rutinaria como calzar zapatos, se lleve a cabo de la manera más exacta. De hecho, todos calzan a diario sus zapatos y por lo tanto ¿por qué no habrían de aprender a hacerlo de la manera correcta? Es claro que quien calzó o ató sus cordones en orden inverso, no debe descalzarse para volver a hacerlo en el orden correcto. Mediante estas reglas, nuestros sabios de bendita memoria nos enseñan a conferirle importancia a cada acción que realizamos. De esta manera, aprendemos a comprender más profundamente todos los detalles que conforman nuestra vida.

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