01. El precepto de satisfacer sexualmente a la esposa (Oná)

01. Las bondades del precepto

El hombre completo es aquél que vive en alegría y amor con su pareja, ya que no puede alcanzar la completitud sin su mujer ni ella sin su marido. El precepto de Oná es aquel que manifiesta de forma más clara la unión entre esposo y esposa, ya que por su intermedio alcanzan la unidad completa tanto espiritual como material, perfeccionando así el matrimonio. Este precepto debe cumplirse con pasión y gran alegría, el marido debe intentar dar el mayor placer posible a su mujer y ésta a su vez a su marido (más adelante 2:1-5). Es por esto que el precepto se denomina «Simjat Oná», «la alegría de la Oná», ya que no hay mayor regocijo que este en nuestro mundo e insinúa el placer que nos habrá de deparar el mundo venidero (más adelante 7-8).

Es en el marco del matrimonio donde se puede cumplir cabalmente con el precepto «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» (Vaikrá 19:18), respecto del cual Rabí Akiva dijo que se trataba del principio general de toda la Torá (Safra allí). Esto obedece a que el amor puede perpetuarse en todos los aspectos de la vida, tanto materiales como espirituales, únicamente en el marco del matrimonio. Al convivir ambos cónyuges con amor, y amando cada uno de estos a su pareja no menos de lo que se quieren a sí mismos, deseando confortar a la pareja no menos de lo que desean hacerlo para sí, se logra cumplir de manera esencial y resumida con toda la Torá (Arí Z´´l Sefer Likutim Ekev).

Este precepto es tan importante que por su intermedio la Divina Presencia reside entre ambos tal como lo explicó Rabí Akiva (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 17(A)): «Si el hombre y la mujer son meritorios (el uno del otro) la Divina Presencia reposa entre ellos y si no, son devorados por el fuego» La palabra «hombre», איש, contiene la letra «yod» (י) y la palabra «mujer», אשה, contiene la letra «heh» (ה) y juntos conforman el Nombre Divino י-ה.

Esto y más, mediante este sagrado precepto se logra cumplir con el Mandato Divino de «creced y multiplicaos» lo cual permite asociarse a D´s en la creación de una nueva alma, tal como dijeron nuestros sabios en el Talmud Babilonio (Tratado de Nidá 31(A)): «Hay tres socios en la conformación de un ser humano, El Santo Bendito Él, su padre y su madre». De esta manera los padres develan el Nombre Divino compuesto de cuatro letras, pues ya aprendimos que la letra «yod» se manifiesta en el hombre y la letra «heh» en la mujer y mediante el hijo y la hija se revelan las otras dos letras, la «vav» en el hijo varón y la «heh» en la hija mujer (Zohar Raaia Meheimna III 34:1).

Por lo tanto, en momentos de crisis matrimonial y de sospechas del marido sobre su mujer D´s ordenó que Su Nombre, escrito con santidad, sea borrado a los efectos de recomponer el vínculo (Talmud Babilonio Tratado de Nedarim 66(B)). Mediante el borrado del Nombre Divino escrito sobre un pergamino, perdura el Nombre Divino en la vida de la pareja.

Tan encumbrada es la trascendencia del matrimonio que nuestros sabios dijeron (ídem Ievamot 63(A)) que «todo hombre que carece de mujer no es hombre», además, dijeron (ídem 62(B)) que «todo hombre que carece de mujer yace privado de alegría, bendición, bienestar, Torá, muro protector y paz». Por supuesto que toda mujer que carece de marido está privada de todas estas bondades. Dado que el precepto de Oná es la manifestación fundamental del matrimonio, todas las demás virtudes de esta institución están directamente ligadas a este mandamiento (adelante 4:8).

Dada la importancia fundamental de la conexión entre el hombre y la mujer, también el impulso pasional que la acompaña es significativamente intenso, y dado que HaShem concedió al ser humano la posibilidad de elegir de modo tal que cuando este lo encamina hacia el bien, cumpliendo el precepto de Oná conforme a sus reglas, no hay mejor que este impulso; pero si no lo encamina correctamente resultará ser el peor (adelante 3:1-2).

02. Reglas generales del precepto

El precepto consiste en que el hombre se una a su mujer con gran amor y alegría, la deleite cuanto más pueda hasta que esta llegue a su máxima alegría, se conecte con ella de modo completo hasta que su esperma ingrese en ella en el sitio específico en el cual ella puede concebir (adelante 2:1). Respecto de esto dice la Torá (Shemot-Éxodo 21:10): «No la privará de manutención, vestimenta y satisfacción». Dado que el hombre es limitado en sus posibilidades corporales, el cumplimiento del precepto de Oná se estipula conforme a sus capacidades físicas y lo que su rutina laboral le permite. Por lo tanto, las personas sanas que poseen una ocupación liviana deben cumplir el precepto a diario, los obreros comunes dos veces a la semana y quienes trabajan fuera de la ciudad una vez a la semana. Además, cuando uno  de los miembros de la pareja lo desea intensamente, el precepto de Oná indica que su cónyuge debe complacerle (adelante 2:7-8).

Este precepto es el fundamento central del matrimonio y quien cesa en su cumplimiento a los efectos de afectar a su mujer trasgrede la prohibición de la Torá «no la privará de… satisfacción». Si omitió el cumplimiento por descuido mas sin intención de afectarla, trasgrede una prohibición rabínica. Hay juristas que opinan que en este caso también se trata de una trasgresión a la Torá.

Además, mediante la Oná el marido y la mujer cumplen de modo completo con el precepto de «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» (Vaikrá-Levítico 19:18), el cual consiste en que cada cónyuge se preocupe y dedique al bienestar del otro cuanto pueda. Dado que el mayor placer que experimenta el ser humano está vinculado al precepto de Oná, si el hombre priva a su mujer de este placer que le da alegría la perjudica pues nadie más que él puede brindarle este regocijo. Si ella lo priva a él de este placer ella lo perjudica ya que nadie más que ella puede brindárselo (adelante 2:1).

Dejar sin efecto este precepto constituye un causal central de divorcio. Si el hombre declara ante tribunales que siente hastío hacia su mujer y ya no está interesado en unirse a esta y alegrarla en los tiempos específicos en los que debe hacerlo, la mujer tiene derecho de demandar el divorcio y recibir la compensación estipulada en la «Ketuvá». Incluso en caso de que el hombre esté dispuesto a unirse a su mujer pero únicamente si cada uno de los dos se mantiene vestido con sus ropas, deberán divorciarse y el marido habrá de desembolsar el monto estipulado en la «Ketuvá», pues no está dispuesto a unirse a su esposa con amor sin que medie una prenda entre ambos. Asimismo, cuando la mujer es quien no está dispuesta a unirse a su marido en los tiempos específicos o si está dispuesta a hacerlo solamente si ella está vestida, el marido está en su derecho de divorciarla sin abonar el importe estipulado en la «Ketuvá» (Talmud Babilonio Tratado de Ketuvot 48(A), Shulján Aruj Even Haezer 76:13). El hombre o mujer que se niegan a cumplir con el precepto de Oná son llamados «rebeldes» («mored» o «moredet») pues se rebelan contra el deber sagrado que asumieron al contraer matrimonio (ídem Ketuvot 63(A), Shulján Aruj Even Haezer 77. Ver más adelante 2:7-8, 2:11-12).

03. El significado de la palabra «Oná»

El libro de Shemot (21:10) dice «No la privará de manutención («sheerá»), vestido («kesutá») y satisfacción («onatá»)». En el ámbito de la relación marital «manutención» adquiere el significado de que al momento de unirse estén físicamente próximos; «vestido» se refiere a las frazadas y la cama que los cobija al momento de la unión y «satisfacción» implica la unión propiamente dicha (Rambán allí, Talmud Babilonio Tratado de Ketuvot 48(A)). Hay comentaristas que interpretaron «sheerá» como alimentación, «kesutá» como su vestimenta y «onatá» como la unión carnal (Rashí allí Shemot y Ketuvot). Resulta entonces que todos los comentaristas coinciden en que el precepto de Oná es el corazón del matrimonio y que por su intermedio se manifiesta el amor íntegro que les une. Los juristas debatieron respecto de si el deber de la Torá de contraer matrimonio se refiere únicamente a este precepto; y los sabios agregaron también el deber de proveer a la mujer de alimento y vestimenta o, si en caso de no contarse con alimentos y vestimenta los cónyuges no pueden alegrarse  cabalmente con el precepto. Más aún, el amor íntegro incluye un profundo sentimiento de responsabilidad por el bienestar del cónyuge, por lo que ¿cómo sería concebible que un marido que ama a su esposa no le habrá de procurar alimentos y vestimenta? De no preocuparse por obtenerlos, la unión entre ambos no estaría coronada por amor verdadero. Otros juristas opinan que la Torá ordena al marido proveer a su mujer de alimentación y vestimenta, ya que si bien el precepto de Oná es la expresión más profunda de la unión matrimonial, el vínculo completo entre ambos debe incluir también la total responsabilidad por la alimentación y el abrigo de la mujer.

La palabra Oná posee tres acepciones: a) Tiempo o temporada, ya que este precepto se cumple en los momentos que el vigor y la ocupación laboral del hombre lo permiten (Rambán e Ibn Ezra a Shemot 21:10); b) Proviene de la palabra «Inui» que significa tormento y por el contrario «heanut» que significa acceder a complacer un pedido. Cuando el hombre se separa de su mujer la atormenta tal como dijo Labán a nuestro patriarca Yaakov (Bereshit-Génesis 31:49-50): «El Eterno nos vigila cuando nos separamos el uno del otro. Si tu afligieres a mis hijas…» lo cual fue explicado por nuestros sabios si te abstuvieres de cumplirles con el precepto de Oná. Es por esto que en el día de Yom Kipur en el que estamos preceptuados de afligirnos («lehit´anot») nos privamos de las relaciones maritales (Talmud Babilonio Tratado de Yomá 77(B) y comentario del Rosh allí, Tratado de Ketuvot 47(B)  Tosafot y Ritba allí). Asimismo, cuando un hombre viola a una mujer la aflige, tal como está escrito (Bereshit 34:2): «Y la vio Shjem hijo de Jamor, el Jiví gobernante del país, y la tomó y yació con ella y la afligió» Por otra parte, el precepto de Oná se debe cumplir con placer y alegría, de modo que se complazcan («na´anim») recíprocamente. He aquí que la palabra Oná proviene tanto del verbo «complacer o corresponderse» («leheanot») así como de «evitar una aflicción» («inui»).

Ambas explicaciones tienen implicancias halájicas: 1) El hombre está preceptuado de unirse a su mujer en tiempos estipulados conforme a su vigor y su ocupación profesional; 2) Esta unión debe complacer con alegría el deseo pasional de amor de la pareja.

c) Los sabios medievales (rishonim) agregaron que «Oná» proviene del vocablo «Maón» (casa u hogar) ya que el hombre debe procurar una morada para su mujer (Menajem Ben Saruk, citado por Ibn Ezra y Jezkuni a Shemot 21:10). Esto está íntimamente relacionado con el precepto de Oná, pues en la conexión con su mujer el hombre llega a su casa, a su hogar. Por ello está escrito (Dvarim-Deuteronomio 14:26): «y te alegrarás tú y tu hogar», siendo la intención del texto «tú y tu mujer». Por ello dijo Rabí Iosei: «jamás llamé a mi mujer «mi mujer» sino «mi hogar» (Talmud Babilonio Tratado de Shabat 118(B)).

Este precepto es denominado por los sabios como «Derej Eretz» o «el modo natural de conducirse» ya que naturalmente todo hombre debe amar a su mujer, desear su cercanía, satisfacerla y alegrarla al máximo de sus posibilidades; y naturalmente toda mujer debe amar a su marido, desear su cercanía, satisfacerle y alegrarle al máximo de sus posibilidades. Esto obedece a que HaShem creó al ser humano de esta manera, y en su naturaleza bondadosa desea esta cercanía. Solamente quien padece una enfermedad física o síquica es ajeno a este deseo o pasión. El precepto tiene por cometido encaminar, elevar y santificar la naturaleza y no dejar sin efecto los sentimientos naturales por medio de los cuales el mandamiento es cumplido (adelante 2:4). La frecuencia en el cumplimiento del precepto se establece conforme «al modo natural de conducirse», esto es, tomando en cuenta la vida real de la pareja (se explicará adelante 2:6-7).

04. El cumplimiento del precepto de Oná no depende del precepto de crecer y multiplicarse («Prú Urbú»).

Mediante el cumplimiento del precepto de «Oná» se cumple otro precepto y es el de «Prú Urbú» («creced y multiplicaos»). De esto se puede también comprender la relevancia del precepto de Oná pues por su intermedio el hombre y la mujer tienen el privilegio de poder ser copartícipes, junto a HaShem, en el nacimiento de un ser humano. Sin embargo, el precepto de Oná no depende del de Prú Urbú por lo que mantiene su completa vigencia también en los períodos en los que la unión no puede llevar a un embarazo, como por ejemplo, cuando la mujer está embarazada, amamanta o pasó la edad de fertilidad, o es estéril.

Nuestros sabios dijeron que cuanto mayor es la alegría en el cumplimiento del precepto de Oná las cualidades de los niños resultantes serán mejores (Talmud Babilonio Tratado de Eruvín 100(B), adelante 2:5). Por el contrario, cuando la unión entre el hombre y la mujer no tiene lugar en un ambiente de amor y mutua confianza los niños resultantes pueden tener problemas de carácter, y son los que el Talmud denomina «hijos producto de nueve circunstancias problemáticas» o «bnei tesha midot» (como se explica en el Talmud Babilonio Tratado de Nedarim 20(B), adelante 2:13).

El autor del libro «Menorat Hamaor» escribe que «cuando el hombre y la mujer se aman y tienen relaciones armónicas con la intención de traer descendencia virtuosa, el Kadosh Baruj Hú concede su petición y les otorga hijos buenos» (Ner 3 principio 6:2).

Los sabios esotéricos dijeron que toda unión que se lleva acabo con amor y santidad suma vida y bendición al mundo. Tal como escribió el Shnei Lujot Habrit: «…de cada copulación que se lleva a cabo con santidad surge una  buena acción. Y aunque la mujer no quede embarazada… no se considera esperma en vano sino que a partir de este se forma un alma sagrada… y de cada copulación surge un alma que se le adjudica a otros bebés». Por lo tanto «Abraham mantenía relaciones sexuales con Sara a pesar de que esta era estéril y de ninguna manera debería haber cesado en ello». El Zohar explica (III 158:1) que en virtud de la unión completa con apego y amor de dos justos como Abraham y Sara fueron creadas almas en los mundos superiores que se concatenaron y nacieron posteriormente en el seno de otras familias, y cuando estos crecieron se acercaron a Abraham y Sara y fueron convertidos por ellos, por eso está escrito (Bereshit-Génesis 12:5): «y las almas que hicieron en Jarán».

Es así que parejas que no tuvieron el mérito de poder tener hijos propios, al unirse con amor y apego son partícipes del descenso a este mundo de almas de niños. A los efectos de poder comprender este asunto es menester explicar que el orden del descenso de las almas al mundo está compuesto de múltiples y numerosos niveles y aspectos por lo que es posible que varias parejas participen de la llegada de un alma a este mundo (adelante 8:6).

Además, es oportuno agregar que luego que una pareja tuvo sus propios hijos, mediante su unión con alegría y amor, agregan vida y bendición en todos los mundos, especialmente en aquellos vinculados a la raíz de su propia alma. Es así que en cada unión que se lleva a cabo con santidad y pasión se atraen luz y bendición suplementaria a las almas de sus propios vástagos.

Es importante acotar que quien ya cumplió con el precepto de Prú Urbú, en caso de enviudar, si se le dificulta volver a casarse con una mujer que tiene la posibilidad de dar a luz, deberá casarse aunque sea con una mujer que no habrá de tener familia, pues esa es la forma completa apropiada de vida para el ser humano. De esa manera cumple con el precepto de Oná y evita los pensamientos de trasgresión (Talmud Babilonio Tratado de Ievamot 61(B), adelante 4:8).

05. La manifestación de la unidad

Para entender la santidad de este precepto es menester explicar primeramente que HaShem quiso dar mérito al ser humano y por ende creó un mundo con carencias, de modo tal que el Hombre las repare, mejore y lo colme de felicidad, para de esa manera poder ser socios del Creador en todas las bondades que el mundo dispensa alcanzando así la plena alegría. La separación es la falencia más profunda que hay en la creación. Si bien un solo D´s creó a todos los seres, en virtud del ocultamiento de Su luz, estos pasaron a estar separados de su Creador y por ende resultaron separados el uno del otro de modo tal que cada quien se preocupa por sí mismo. Esto es lo que origina todas las disputas, discusiones, conflictos y guerras. Por ello, este mundo es denominado  el «Mundo de la Separación» («Alma Deperuda»). Por ello también nuestro mundo recibe el nombre de «Mundo de la Mentira»    («Alma DeShikra»), ya que se desconoce en él la raíz de la unidad y de ello se derivan todos los problemas. Por lo tanto, el pueblo de Israel cree en la unidad, en un único D´s. Esta es la razón por la cual es tan importante el precepto de habitar la tierra de Israel, ya que ésta une el cielo con la tierra, pues la separación básica y fundamental es la de los cielos con la tierra que se manifiesta como separación entre materia y espíritu, entre la visión profética y la realidad, entre el Creador y la creación. Mediante el precepto de habitar la tierra de Israel se manifiesta que HaShem es el soberano tanto en el cielo como en la tierra y que todas las cuestiones mundanas están conectadas a la santidad. Por ello nuestros sabios dijeron (Talmud Babilonio Tratado de Ktuvot 110(B)) que «todo aquel que habita en la tierra de Israel es como si creyese en el Creador y quien no lo hace es como si fuese un idólatra» (adelante 3:15).

La unidad como valor es el fundamento de la extrema importancia que reviste el precepto de «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» (Vaikrá-Levítico 19:18), el cual Rabí Akiva considera como principio esencial de toda la Torá (Safra allí).

Ahora es posible comprender la dimensión de la importancia del precepto de la unión entre el marido y la mujer, por medio de la cual se cumple con el precepto de «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» en forma cabal, siendo que expresa la mayor de las unidades ya que une por completo a dos personas diferentes y separadas. Esta unidad es múltiple, ya que se trata de la unión de marido y mujer al tiempo que de alma y cuerpo. En muchas ocasiones existe una oposición entre el cuerpo y el alma, el alma anhela lo bueno y el cuerpo se ve atraído hacia lo malo, el alma desea lo eterno y el cuerpo lo efímero. En el cumplimiento de este precepto se unen cuerpo y alma e incluso la inclinación al mal («ietzer hará») se transforma en positiva. Mediante este precepto, a los ideales sublimes de la fidelidad y la unión se les suma el mayor de los placeres físicos. El valor moral de la entrega total se une a la mayor de las alegrías (ver Zohar I 49:1, III 81:1-2, Bereshit Rabá 9:7, adelante 3:13, Maharal de Praga en Guevurot HaShem cap. 43).

06. El valor de la conexión entre el hombre y la mujer

Esta conexión y unión son tan maravillosas que se emplean como metáfora de la unión superior entre el Kadosh Baruj Hú y el pueblo de Israel, tal como está escrito (Ishaiahu-Isaías 62:5): «como el novio se regocija sobre la novia, así se regocijará tu D´s sobre ti». Dijo Rabí Akiva: «el mundo todo no estaba completo (en el sentido de ser creado) hasta el día en que fue entregado el Cantar de los Cantares al pueblo de Israel, ya que todos los cánticos son sagrados y el Cantar de los Cantares es el Santo Sanctórum» (Tanjuma Tetzavé 5). El amor entre el hombre y la mujer es tan sublime que se asemeja a la relación sagrada entre HaShem y Su pueblo. Más aún, de la relación entre D´s y Su pueblo se deriva el vínculo entre los cónyuges que se unen con amor y santidad (adelante 3:15) y a partir de ello se deriva la relación entre El Creador y Su mundo, de modo tal que fluyen la bendición y la paz hacia todos los seres.

Encontramos que la forma o disposición de los querubines que se encontraban sobre el Arca del Pacto dentro del Santo Sanctórum era similar a la de un hombre y una mujer en el momento de cumplir con el precepto de Oná. Nuestros sabios dijeron (Talmud Babilonio Tratado de Yomá 54(A)) que «cuando el pueblo de Israel peregrinaba al Templo se corría la cortina que separaba el Santo Sanctórum («Parojet»), se les mostraba a los querubines abrazados el uno al otro y se les decía: ved cuán queridos sois ante el Eterno, como el amor entre un hombre y una mujer». Cuando los judíos dejaron de cumplir con la voluntad del Creador los querubines se separaron uno del otro y tornaron su rostro hacia la pared del recinto (ídem Baba Batra 99(A)).

Dado que el matrimonio es una cuestión sagrada y sublime, Yom Kipur era uno de los dos días festivos en los cuales se formaba parejas (o encuentros a los efectos de formarlas) (Mishná Ta´anit 4:8). Dado que en el casamiento se revela la unidad que se manifiesta de manera completa en la realidad del novio y la novia, nuestros sabios dijeron que «todo aquel que alegra a un novio y una novia será meritorio de recibir la Torá, y se le considera como si hubiese sacrificado una ofrenda de agradecimiento («korbán todá») y como si hubiese reconstruido una de las ruinas de Jerusalém (ver Maharal de Praga Tiferet Israel 30).

Vemos que una vez que el pueblo de Israel alcanzó la máxima realización de su ideal, al consolidar el reino e inaugurar el Templo en los días del Rey Shlomó se celebró una gran fiesta por siete días y luego por otros siete. «Al octavo día envió de regreso a la gente y bendijeron al rey, y fueron a sus tiendas alegres y contentos de corazón por todo lo bueno que el Eterno había otorgado a David Su siervo y a Israel Su pueblo» (Melajim 1- Reyes I 8:66). Los sabios explicaron este versículo en el Talmud Babilonio Tratado de Moed Katán (9(A)): «y fueron a sus tiendas» significa que encontraron a sus mujeres en estado de pureza, «alegres» por haber disfrutado del resplandor de la Divina Presencia, «contentos» que cada quien embarazó a su mujer de un hijo varón, «por todo lo bueno» ya que una voz celestial exclamó y les dijo: todos vosotros estáis convocados a la vida del Mundo Venidero». Por lo tanto, así como mediante la construcción del Templo de Jerusalém HaShem se regocija con Su pueblo cual novio sobre la novia, de igual manera se expandió la santidad general al hogar particular de cada judío, al volver y encontrar a sus mujeres en estado de pureza para cumplir con el precepto con alegría.

Asimismo, vemos que luego de la entrega de la Torá, HaShem le ordenó a Moshé (Devarim 5:27): «Ve y diles que retornen a sus tiendas», lo cual fue explicado por nuestros sabios (Talmud Babilonio Tratado de Avodá Zará 5(A)) «para regocijarse con el precepto de Oná». Quien desconoce la trascendencia de  este precepto puede llegar a pensar que tras el sublime momento del recibimiento de la Torá no corresponde dedicarse a cosas semejantes, empero, la directiva Divina fue inversa, ¡retornad al regocijo de la Oná! De aquí se entiende que muy por el contrario, en virtud de la santidad revelada en el Monte Sinaí es menester volver a cumplir el precepto de Oná con alegría. En efecto, estas cuestiones están estrechamente vinculadas ya que la entrega de la Torá se asemejó a una suerte de matrimonio entre HaShem y el pueblo de Israel, tal como dijeron nuestros sabios en la Mishná (Tratado de Taanit 26(B)): «En el día de su casamiento se refiere al día de entrega de la Torá y en el día del regocijo de su corazón se refiere a la construcción del Templo de Jerusalém». En virtud del gran casamiento descendieron amor y alegría sobre cada una de las familias del pueblo de Israel.

Esta idea resulta difícil para muchos de los sabios de las naciones ya que según estos los placeres mundanales están asociados a la materia y la trasgresión, estando desconectados de lo sagrado y lo espiritual. Sin embargo, el rol particular del pueblo de Israel es revelar la fe unitaria de que HaShem es soberano sobre el cielo y la tierra. Por esta razón, cuando la unión se lleva a cabo conforme a la halajá, se revela en esta su aspecto Divino. Sobre esto dice la Torá (Bamidbar-Números 23:10): «¿Quién podrá contar a Yaakov- numeroso cual polvo de la tierra- o enumerar un cuarto de Israel?», lo cual fue explicado por nuestros sabios (Talmud Babilonio Tratado de Nidá 31(A)) en cuanto a que «enseña que el Kadosh Baruj Hú cuenta los períodos aptos para la copulación («reviioteihem») del pueblo de Israel, ¿cuándo llegará la gota de la cual habrá de nacer un justo? Esto cegó el ojo del malvado Bilám quien dijo: aquel que es sagrado y sus siervos son sagrados, ¿habrá de contemplar cosa semejante? Acto seguido su ojo perdió la visión».

07. La alegría del cumplimiento del precepto de Oná

En situaciones rutinarias la persona está centrada en sí misma ya que si no se preocupa por sí ¿quién habrá de hacerlo? Es posible desdibujar esta realidad mediante las amistades superficiales y el esparcimiento, mas en los  momentos decisivos, cuando el ser humano se hace consciente de su soledad, se entristece tremendamente. Este es el pesar existencial que acompaña al ser humano en su vida, es la muerte que anda a su lado estando aún vivo. Cuanto más lúcida está la persona, mayor es su dolor. La soledad hace a la persona egoísta, la lleva a preocuparse únicamente por sí misma provocándole un vaciamiento de valores que le hacen perder su sentido y la sumen en una soledad aún más intensa.

Esto es corregible mediante el precepto de «Amarás a tu prójimo como a tí mismo». Cuando las personas descubren el valor sagrado de su amistad se transforman en mejores personas y más moralistas, se unen de forma verdadera y encuentran alivio a su soledad. Tal como ya aprendimos, el precepto de «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» puede cumplirse en su plenitud en el seno de la pareja corrigiendo a la persona por completo. Mediante este amor verdadero, la persona logra trascender sus límites egoístas y amar a su pareja cuidando de su bienestar no menos de lo que cuida el suyo propio.

La expresión sobresaliente de esto es el precepto de Oná, en el cual en virtud del amor y el placer, los límites interpersonales son superados, el hombre sale al encuentro de su mujer y ésta al encuentro de su marido y de esa manera ambos son redimidos de su soledad y se unen. Entonces se alegran verdaderamente, de un modo único, y el pulso vital que en ellos anida se conecta a toda la vida existente elevándose hasta la fuente de la existencia.

Así se llama entonces este precepto, «la alegría de Oná» («Simjat Oná») (Talmud Babilonio Tratado de Pesajim 72(B), Avodá Zará 5(A)). En esta alegría hay una revelación de Divinidad, tal como escribió el Maharal de Praga (Beer HaGolá 5:4): «y no has de decir que esta unión es meramente física como en los animales ya que el hombre y la mujer tienen una capacidad de conexión que recibieron directamente de HaShem,… ya que en estos ha asociado Su Nombre, el Nombre Y-H (י-ה) (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 17(A)), lo cual implica que HaShem conecta a la pareja y la une y por ello pone Su Nombre entre ambos»

Este precepto se asemeja al Mundo Venidero, es una suerte de haz de luz  que hace su camino desde un origen elevado hacia un mundo oscuro en el cual diferentes cortinas y tabiques se interponen en su curso dificultándole su acceso, al punto que nuestros sabios aseveraron que se asemeja a la noche (ídem Jaguigá 12(B)). Todos los preceptos deben alegrar de sobremanera a la persona, pues por su intermedio logra conectarse con la raíz de la vida y ser partícipe de la iluminación del mundo. Empero, esto suele sentirse a duras penas por causa de los obstáculos que ocultan la luz y la vida Divina. De todas maneras, sentimos satisfacción de haber hecho lo correcto mas no tenemos el privilegio de sentir directamente en nuestro cuerpo placer real por haber cumplido el precepto. Sobre esto nuestros sabios dijeron (Mishná Avot 4:16): «Este mundo se asemeja a un vestíbulo que conduce al Mundo Venidero, alístate en el vestíbulo para que puedas entrar a la sala principal», pues el venidero es el mundo principal en el cual se recibe la recompensa. Empero, en el caso de este maravilloso precepto la persona tiene la posibilidad de sentir el espléndido placer que deberíamos percibir en el cumplimiento de todo mandamiento Divino, dándonos entonces una muestra del Mundo Venidero (también el Shabat lo es). Por lo tanto, este precepto es un pórtico mediante el cual la persona puede percibir en vida lo que le está deparado en el Mundo Venidero, y mediante su cabal cumplimiento podrá deleitarse de esta forma y con esta intensidad con el resto de los mandamientos de la Torá (ver Zohar II 259:1).

Sin embargo, aquellos que trasgreden en temas tales como promiscuidad, incesto o no cuidan el ciclo de pureza o «nidá» hacen un uso nocivo de su deseo. En vez de emplearlo para trascender los límites del egoísmo, generar almas y conectarse con HaShem, mediante sus malas acciones derriban los límites de la buena moral y por ello son llamados en hebreo «prutzim»[1]. De esta forma, estas personas pierden su porción reservada en el Mundo Venidero, no alcanzan a conocer el amor verdadero, no se conectan a la vida eterna, la vida verdadera, y finalmente heredan Guehinom.


[1]. (Aquél cuyo límite o patrón de conducta fue derribado, uno de los vocablos empleados para denominar una prostituta es «prutzá» aludiendo a la carencia de cerco normativo protector en su conducta. N. de T.

08. Por el mérito de observar este precepto nuestros ancestros pudieron salir de Egipto

Cuando nuestros antepasados se encontraban sumidos en la esclavitud egipcia, sus verdugos querían evitar que los hombres procreen y de esa manera eliminar al pueblo de Israel de la faz de la tierra. Por ello, les ordenaron realizar trabajos sumamente pesados y extenuantes desde que despuntaba el alba hasta que salían las estrellas y les prohibieron volver a dormir a sus casas, obligándoles a pernoctar en el campo. Los hombres pensaron que todo estaba perdido y no había ya esperanza; que sus mujeres se cansarían de su ausencia y se irían con sus opresores egipcios. ¿Cómo habría de osar un israelita mirar a su mujer a los ojos siendo que como marido debería protegerla y defenderla del agresor, proveerla de sustento honorable y ser un ejemplo para los hijos; siendo que de momento no es más que un siervo humillado, pisoteado por su opresor? A los efectos de no sentirse aún más humillado, el siervo israelita  ni se acercaba a su mujer, ahogando en su seno el deseo de vivir. Tampoco quería hijos pues no podía ofrecerles un futuro decente. Cuando su mujer se le acercaba el siervo israelita se alejaba pues temía que de todos modos ella pronto lo abandonaría. La mayoría de las mujeres, en una situación semejante, se habrían ofendido y pedido sumarse como segunda esposa a la familia de alguno de los amos egipcios y de esa manera el pueblo judío habría desaparecido.

Nuestros sabios dijeron (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 11(B)) «En mérito de las mujeres justas que vivieron en esa generación el pueblo de Israel se pudo redimir  de la esclavitud en Egipto. Cuando iban a sacar agua del aljibe el Kadosh Baruj Hú ponía pececillos en sus tinajas por lo que extraían mitad agua y mitad peces, y venían al campo portando dos ollas, una con agua caliente y la otra con peces y las llevaban hasta sus maridos. Allí los lavaban, les aplicaban ungüentos, les daban de comer y beber, consumaban relaciones en los lindes del campo y luego volvían a sus casas…». Esta era la manera para cada mujer de decirle a su marido que si bien a ojos de los egipcios era un siervo despreciable, a los suyos era una persona querida e importante; y así como me hubiese gustado recibirte al volver de un trabajo digno y honroso igualmente me alegro hoy por lo que vine al campo a lavar tus pies cansados de tanto trabajar y aplicar ungüentos sobre tu cuerpo dolorido pues tú eres mi querido esposo. «Una vez que habían terminado de comer y beber, las mujeres tomaban espejos y se miraban en estos junto a sus esposos, ella decía yo soy más bonita que tú, y él respondía yo soy más bonito que tú, y de esa manera despertaban el deseo y copulaban y el Eterno les embarazaba de inmediato… y así los hijos de Israel fueron fecundos y se multiplicaron fortaleciéndose cada vez más (Shemot-Éxodo 1:7)… y todo ese gentío numeroso surgió a partir de los espejos» (Midrash Tanjuma Pikudei 9). «Y al quedar embarazadas volvían a sus casas, y cuando llegaba el momento de dar a luz salían al campo…» (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 11(B)).

Una vez que los judíos salieron de Egipto y recibieron la Torá, se les ordenó que erijan un Tabernáculo para lo cual donaron oro, plata y cobre, telas valiosas y piedras preciosas. Aquellas mujeres dijeron: ¿qué podemos donar para el Tabernáculo? Fueron y trajeron los espejos con los cuales se maquillaban. Si bien estos eran muy preciados para ellas, en virtud de su intenso amor por lo sagrado se ofrecieron traerlos. Moshé no los recibió con agrado pues habían sido usados para despertar el deseo («ietzer hará») y hay quien dice que incluso se enfureció con ellas y dijo en lenguaje exagerado a quienes estaban con él en ese momento: correspondería quebrarles las piernas por haber osado traer estos espejos para el servicio sagrado. El Kadosh Baruj Hú le dijo: ¿acaso menosprecias estos espejos? ¡Son los que dieron a luz a esta muchedumbre en Egipto! ¡Acéptalos pues son los más queridos por Mí! Tómalos y haz con ellos la pileta de cobre con la cual los cohanim se purificaban antes del sacro oficio (Midrash Tanjuma Pikudei 9, Rashí Shemot 38:8).

De esto aprendemos algo maravilloso, que no hay nada más puro y sagrado que este amor desinteresado que trajo vida al mundo, por ello, justamente de esos espejos se construyó la pileta de agua por medio de la cual los cohanim se purificaban de cara a su labor en el Sagrado Santuario.

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