01. Las bondades del precepto

El hombre completo es aquél que vive en alegría y amor con su pareja, ya que no puede alcanzar la completitud sin su mujer ni ella sin su marido. El precepto de Oná es aquel que manifiesta de forma más clara la unión entre esposo y esposa, ya que por su intermedio alcanzan la unidad completa tanto espiritual como material, perfeccionando así el matrimonio. Este precepto debe cumplirse con pasión y gran alegría, el marido debe intentar dar el mayor placer posible a su mujer y ésta a su vez a su marido (más adelante 2:1-5). Es por esto que el precepto se denomina «Simjat Oná», «la alegría de la Oná», ya que no hay mayor regocijo que este en nuestro mundo e insinúa el placer que nos habrá de deparar el mundo venidero (más adelante 7-8).

Es en el marco del matrimonio donde se puede cumplir cabalmente con el precepto «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» (Vaikrá 19:18), respecto del cual Rabí Akiva dijo que se trataba del principio general de toda la Torá (Safra allí). Esto obedece a que el amor puede perpetuarse en todos los aspectos de la vida, tanto materiales como espirituales, únicamente en el marco del matrimonio. Al convivir ambos cónyuges con amor, y amando cada uno de estos a su pareja no menos de lo que se quieren a sí mismos, deseando confortar a la pareja no menos de lo que desean hacerlo para sí, se logra cumplir de manera esencial y resumida con toda la Torá (Arí Z´´l Sefer Likutim Ekev).

Este precepto es tan importante que por su intermedio la Divina Presencia reside entre ambos tal como lo explicó Rabí Akiva (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 17(A)): «Si el hombre y la mujer son meritorios (el uno del otro) la Divina Presencia reposa entre ellos y si no, son devorados por el fuego» La palabra «hombre», איש, contiene la letra «yod» (י) y la palabra «mujer», אשה, contiene la letra «heh» (ה) y juntos conforman el Nombre Divino י-ה.

Esto y más, mediante este sagrado precepto se logra cumplir con el Mandato Divino de «creced y multiplicaos» lo cual permite asociarse a D´s en la creación de una nueva alma, tal como dijeron nuestros sabios en el Talmud Babilonio (Tratado de Nidá 31(A)): «Hay tres socios en la conformación de un ser humano, El Santo Bendito Él, su padre y su madre». De esta manera los padres develan el Nombre Divino compuesto de cuatro letras, pues ya aprendimos que la letra «yod» se manifiesta en el hombre y la letra «heh» en la mujer y mediante el hijo y la hija se revelan las otras dos letras, la «vav» en el hijo varón y la «heh» en la hija mujer (Zohar Raaia Meheimna III 34:1).

Por lo tanto, en momentos de crisis matrimonial y de sospechas del marido sobre su mujer D´s ordenó que Su Nombre, escrito con santidad, sea borrado a los efectos de recomponer el vínculo (Talmud Babilonio Tratado de Nedarim 66(B)). Mediante el borrado del Nombre Divino escrito sobre un pergamino, perdura el Nombre Divino en la vida de la pareja.

Tan encumbrada es la trascendencia del matrimonio que nuestros sabios dijeron (ídem Ievamot 63(A)) que «todo hombre que carece de mujer no es hombre», además, dijeron (ídem 62(B)) que «todo hombre que carece de mujer yace privado de alegría, bendición, bienestar, Torá, muro protector y paz». Por supuesto que toda mujer que carece de marido está privada de todas estas bondades. Dado que el precepto de Oná es la manifestación fundamental del matrimonio, todas las demás virtudes de esta institución están directamente ligadas a este mandamiento (adelante 4:8).

Dada la importancia fundamental de la conexión entre el hombre y la mujer, también el impulso pasional que la acompaña es significativamente intenso, y dado que HaShem concedió al ser humano la posibilidad de elegir de modo tal que cuando este lo encamina hacia el bien, cumpliendo el precepto de Oná conforme a sus reglas, no hay mejor que este impulso; pero si no lo encamina correctamente resultará ser el peor (adelante 3:1-2).

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