03. El significado de los preceptos de las mujeres.

01. La mutua complementación entre el hombre y la mujer.

En términos generales existe una igualdad entre hombres y mujeres, ya que  la imagen y semejanza Divinas fueron concedidas a ambos géneros por igual. Asimismo, la virtud esencial y particular del pueblo de Israel reside en judías y judíos indistintamente puesto que la Torá fue entregada a hombres y mujeres conjuntamente (como se verá adelante 7:1). Esto lo dedujeron nuestros sabios del versículo (Shemot- Éxodo 21:1): «Y estas son las leyes que habrás de exponer ante ellos», de lo cual se aprende que la Torá ha equiparado tanto hombres como mujeres en lo referente a sus leyes» (Talmud Babilonio Tratado de Kidushín 35:1).

Sin embargo es imposible pasar por alto diferencias existentes entre los géneros tanto a nivel físico como mental o emocional, ya sea desde la perspectiva de la creación como de la halájica, por ejemplo en lo referido a los preceptos positivos que dependen de un tiempo fijo. Estas diferencias les permiten a hombres y mujeres complementarse.

A los efectos de poder descubrir la cuestión relativa a la Divinidad en el mundo físico, es necesario que se revelen estas dos facetas diferentes y se complementen. Cada creatura es limitada y por lo tanto no puede percibir o asimilar la completitud Divina, empero mediante la generalidad del pueblo de Israel, la perfección Superior puede revelarse en el mundo. Es por esta razón que la unidad del pueblo de Israel es tan importante, ya que solo las distintas partes de esta nación conjuntamente pueden recibir la Torá y actuar en pos de la corrección del mundo. Así como hay diferencias entre las almas, así también existen diferentes explicaciones a las palabras de la Torá, tal como está escrito (Salmos 62:12): «D´s ha hablado una vez. Dos veces he oído esto».

Asimismo está escrito (Irmiahu 23:29): «¿No es Mi palabra como el fuego –dice el Eterno- y como un martillo que rompe la roca en añicos?». Nuestros sabios explican estos versículos de la siguiente manera: «así como el martillo al batir la piedra libera múltiples chispas, de la misma forma cada palabra que sale del Santo Bendito Sea se divide en setenta idiomas» (Talmud Babilonio Tratado de Shabat 88(B)). «Así como el martillo al batir la piedra libera múltiples chispas, de la misma manera un solo versículo encierra varios significados» (Talmud Babilonio Tratado de Sanhedrín 34(A)). Es así que respecto de las discusiones y divergencias entre las escuelas de Hilel y Shamai está escrito «Ambas son palabras del D´s viviente» (Talmud Babilonio Tratado de Eruvín 13(B)).

 

La complementación recíproca más trascendente para la persona es la referida a lo masculino con lo femenino, ya que por su intermedio puede el ser humano revelar la imagen y semejanza Divinas que anidan en él y así alcanzar la integridad. No sólo en la especie humana sino que en toda la creación, desde los mundos superiores hasta este nuestro mundo material existe la división entre lo femenino y lo masculino, de modo tal que ningún género puede subsistir sin complementarse con el otro. Este principio está extensamente explicado en la sabiduría de la Kabalá. Por esta razón Rabí Elazar dijo (Talmud Babilonio Tratado de Ievamot 63(A)) que «un hombre (Adam) que carece de mujer no es hombre (Adam)», tal como está escrito (Bereshit 5:2): «Varón y hembra los creó y los bendijo y les llamó Adam». Además, nuestros sabios dijeron que «todo hombre que carece de mujer, carece de alegría, de bendición, de bien… de Torá y de muro protector».

Así como la diferencia entre varón y mujer les permite a ambos casarse y procrear, asimismo su diferencia espiritual y mental o emocional les permite unirse, complementarse e inspirarse mutuamente en lo que a espíritu se refiere.

Según esto nos es posible entender la razón básica y fundamental de las diferencias halájicas entre los preceptos de los hombres y los de las mujeres.

02. La razón por la cual las mujeres están exentas de los preceptos positivos sujetos a un tiempo fijo.

La razón simple y más comúnmente aceptada de que las mujeres estén exentas de los preceptos positivos determinados por el tiempo es permitirles cumplir con su principal cometido que es construir una familia. Las mujeres cargan con una pesada responsabilidad y es la de construir y mantener unida una familia de la que dependen tanto el futuro personal como el nacional. Esta responsabilidad se desprende de su naturaleza, ellas dan a luz y amamantan, además poseen el carácter femenino y maternal que resultan esenciales para la conformación y desarrollo de la familia. Muchas veces, la responsabilidad de la dirección de un hogar amén de la crianza y educación de los niños exige una dedicación que absorbe todas las horas del día y la noche. Por ello, si se le impusiese a las mujeres el deber de cumplir con los preceptos marcados por el tiempo que demandan muchas veces la suspensión de una tarea para ejecutarlas, no podrían dedicarse adecuadamente a su familia (Según Abudraham y Sefer Hajasidim 1011).

Desde esta perspectiva, es posible explicar el hecho de que las mujeres estén exentas del precepto del estudio de la Torá. Este exige total y absoluta dedicación, tanto durante la temprana juventud en la que se adquieren las herramientas básicas de aprendizaje, como durante la vida adulta en la que se dedican extensas horas al estudio. Si las mujeres tuviesen el deber de estudiar Torá no podrían entregarse a la conformación de una familia. Si bien es claro que las mujeres deben también aprender a vivir de acuerdo a ella, no tienen la obligación de estudiarla de modo exhaustivo y puntilloso a fin de alcanzar la profundización teórica. De esta manera se libera a las mujeres de la tensión permanente que acompaña a los hombres que están preceptuados a dedicarse permanentemente al avance en la comprensión de la Torá.

De aquí resulta comprensible cuán valiosa es la familia, que en pos de conformarla y desarrollarla la Torá eximió a las mujeres tanto del precepto de su estudio como de los preceptos positivos determinados por el tiempo.

Es pertinente agregar que el hecho de que la Torá haya eximido a las mujeres del deber de su estudio y de los preceptos positivos sujetos a un tiempo fijo, implica que éstas tienen menos necesidad de cumplirlos y también sin ellos pueden alcanzar su pleno desarrollo personal (tal como se explicará adelante en el inciso 5, ver Ialkut Shimoní Shmuel 78). De acuerdo a esto se puede entender que también una mujer que carece de familia está exenta de estos preceptos.

03. Intelecto y emoción.

Nuestro maestro, el Rabino Tzví Iehuda Kuk, de bendita memoria, solía poner énfasis en la regla general de la igualdad entre los géneros. Empero, una vez que establecía este principio general inquiría en las diferencias entre hombres y mujeres, «el intelecto es más dominante en el hombre, sin embargo la emoción humana se destaca más en la mujer» (Sijot Haratzia Bamidbar p. 413). Por supuesto que tanto hombres como mujeres poseen emoción e intelecto, sin embargo los hombres tienden más hacia el segundo y las mujeres más hacia el primero. Esta postura ha sido reforzada recientemente por la investigación científica en lo referente al cerebro y la mente, de la cual se desprende que existen dos tipos de inteligencia: intelectual (IQ) y emocional (EQ).

En virtud de esta diferencia en ciertas áreas del quehacer humano, resulta que el hombre es más activo y la mujer más pasiva. Una vez que el intelecto saca conclusiones procede a crear y a construir, mientras que la emoción se caracteriza por captar impresiones de los acontecimientos circundantes, no inicia los eventos pero si recibe las impresiones de estos. Es así que encontramos en las enseñanzas de los sabios de la Torá de las generaciones anteriores que el hombre tiende más a influir y la mujer a recibir influencia.

Mediante estas dos características mutuamente complementarias podemos conectarnos armónicamente con el ámbito espiritual, crecer en nuestra fe, vivir una vida de Torá y ordenar el mundo conforme a la voluntad Divina.

Mediante el intelecto analítico y conceptual fijamos los principios según los cuales guiar nuestras vidas y mediante la emoción natural, viva, podemos captar mejor la fe y la vitalidad que habitan en nuestra Torá.

En los incisos siguientes intentaré, con la ayuda de D´s, continuar explicando esta idea según las enseñanzas de nuestro maestro el Rav Abraham Itzjak Hacohen Kuk y su hijo Rabí Tzví Iehuda, ambos de bendita memoria.

04. El intelecto y lo masculino.

El intelecto es aquello que diferencia a los seres humanos de los animales, mediante éste el hombre es capaz de investigar, sacar conclusiones, planificar su quehacer y generar cambios significativos en el mundo. Mediante el intelecto los seres humanos somos capaces de cooperar, organizarnos comunitariamente y obtener increíbles logros. Por lo tanto, rige tanto al individuo como a la sociedad. Por su intermedio se establecen los principios rectores y las bases de la vida humana. En este aspecto el intelecto es general. Por el contrario, la emoción es particular y depende de la impresión recibida por el individuo y no de reglas generales y necesarias. El intelecto le da a cada idea una definición general permanente mientras que cuando estas ideas son asimiladas por la emoción adquieren un sinnúmero de matices, de acuerdo a las características de cada una de las personas. Más aún, estos matices en cada persona dependen del cambiante estado de ánimo en el que ésta se encuentra en cada momento en particular.

De acuerdo a esto se puede entender la cardinal importancia del estudio de la Torá que se lleva a cabo por intermedio del intelecto. Mediante el estudio puntilloso y exhaustivo se conforma la percepción lógica de la Torá, a partir de la cual nos es posible conducir el mundo y corregirlo. Este es el cometido de los preceptos positivos determinados por el tiempo, que guían de modo concreto los grandes ideales a cuya luz se debe encaminar el pueblo de Israel. El recitado del Shemá, a modo de ejemplo, nos recuerda los fundamentos de la fe y la Torá, el tzitzit que se usa durante el día nos recuerda mediante su vestimenta todos los preceptos y nos despierta la cautela respecto de la inclinación al mal. De este modo, todos los preceptos determinados por el tiempo ponen de relieve los valores de la Torá que deben dirigir nuestros pasos.

De acuerdo a esta idea es posible entender por qué la conducción o el gobierno están detentados mayormente por los hombres: reyes, jueces, rabinos, policías y militares. Respecto de esto dijeron nuestros sabios que «la más virtuosa de las mujeres es la que cumple la voluntad de su marido» (Eliahu Rabá 10, Yalkut Shimoní Shoftim 42).

05.  La emoción y lo femenino.

A diferencia del intelecto, la emoción es capaz de recibir y aprehender, puede captar la fe con mayor naturalidad y vitalidad. En ese aspecto la mujer está mucho más cercana a lo Divino y en este sentido es más general que el hombre, ya que de la Revelación general de la Divinidad que concede vida al universo se desprenden posteriormente las definiciones y los principios que el intelecto posteriormente procesa y discierne. Esta virtud de la  mujer se origina en el material del cual fue creada. El hombre fue formado a partir de la tierra mientras que la mujer tiene su origen en un material más refinado, la costilla o el costado de Adam[1]. Dado que  el material del cual fue conformada la mujer es más sofisticado, puede captar lo Divino de manera natural. La intuición femenina está más cercana a la fe y por lo tanto las mujeres pueden conectarse de manera profunda con la Torá sin que necesiten mediar los discernimientos intelectuales o los preceptos concretos determinados por el tiempo. En cambio, los hombres necesitan estudiar Torá y cumplir dichos preceptos para afianzar así su conexión con la fe y la Torá.

Es así que encontramos que en todos los eventos significativos que acaecieron al pueblo de Israel, salió a relucir la virtud espiritual femenina que las llevó a escoger antes que los hombres el camino de la fe. El análisis intelectual masculino alcanza para las situaciones rutinarias, mas en los momentos en los que se precisan facultades espirituales especiales, una mayor elevación de la expresión de la fe, se hacen necesarias las cualidades femeninas. «Estudió Rabí Akiva: por mérito de mujeres justas salieron los judíos de Egipto» (Yalkut Shimoní Tehilim 795, ver Rashi  a Éxodo 38:8). En el momento de la entrega de la Torá D´s se dirigió primero a las mujeres (Rashi a Éxodo 19:3 según nuestros sabios). De la misma manera, el respeto por la Torá lo aprendemos de una mujer (ver adelante 7:1). Los hombres estudian Torá gracias al profundo  reconocimiento de las mujeres (ver Berajot 17(A) y adelante 7:1). Las mujeres no participaron del pecado del becerro de oro (Pirkei de Rabí Eliezer 45), ni del pecado de los espías (Tanjuma Pinjas 7). Respecto del futuro, nuestros sabios dijeron que «por el mérito de mujeres justas los judíos serán redimidos» (Midrash Zuta Rut 4:11).

La virtud de la mujer tiene su expresión también en el idioma hebreo, la lengua sagrada, puesto que los temas generales se expresan en femenino, como ser «jadashot» (lo nuevo), «niflaot» (lo maravilloso), «nisgavot» (lo excelso). También otros vocablos como «haemuná» (la fe), «haTorá» (La Torá), «hamitzvot» (los preceptos), «hatefilá» (la plegaria), «hasegulá» (la virtud), «haiahadut» (el judaísmo), «hakehuná» (el sacerdocio), «hamelujá» (el reinado) son en femenino. Esto se debe a que la naturaleza femenina está más próxima a lo Divino (Sijot Haratzia, Bereshit p. 77).

Esta misma cualidad la cual permite a la mujer captar y recibir sobre sí las cuestiones espirituales, les posibilita también asimilar los principios masculinos y aplicarlos a la vida diaria. Los hombres son capaces de definir mejor una idea, mas las mujeres pueden efectivizarla mejor en la vida real. El inicio de la concepción de un niño está en el hombre, sin embargo la mujer desarrolla el embrión en su útero, lo hace nacer, lo amamanta y lo cría. Por ello la mujer es el principal miembro del hogar y es quien tiene el mérito de dedicarse más al gran ideal de la conformación de una familia.

06. El orden de la revelación de los diferentes niveles.

En un principio debe existir el reconocimiento del valor de la Torá y su estudio, así como también del valor de los preceptos marcados por el tiempo que son los que iluminan nuestras vidas a diario. El rol de los hombres es el de ser responsables por la preservación de los valores generales que tienen expresión en estos preceptos y proclamarlos públicamente en tiempos fijos tal como indica la Torá. A partir del reconocimiento del rol masculino, las mujeres pueden atraer la luz de estos preceptos  a todos los ámbitos de la vida.

A primera vista el status de los hombres aparenta ser superior al de las mujeres, los hombres dirigen e influencian mientras que las mujeres aceptan y son influenciadas. Sin embargo, en la medida que lo miremos a largo plazo, comprobaremos que la influencia femenina está en franco ascenso. Nuestros sabios (Bereshit Rabá 17:7) nos cuentan que «Un piadoso se casó con una piadosa y no podían tener familia. Se dijeron para sí: no contribuimos en nada con el Creador. Decidieron divorciarse. Él se casó con una malvada que lo llevó por mal camino, ella se casó con un malvado y lo transformó en justo, ¡Ay,  todo proviene de la mujer!»

El hombre se destaca más en los aspectos humanos, el intelecto es la cúspide de la humanidad, sin embargo la mujer se destaca más en la percepción de lo Divino. Por lo tanto a pesar de que el marido tiene el precepto de estudiar Torá y fijar los valores, la actitud general ante estos depende más de la mujer, de su respeto o falta de él por estos principios que se proyectan posteriormente en su marido. En el largo plazo, la actitud general ante la fe es la más decisiva. Si la mujer es piadosa y la relación con su marido es buena, al final éste se hará piadoso, en cambio si ella se comporta con maldad, al final su marido también lo será.

Y así está insinuado en la literatura esotérica, al principio se manifiesta más la cualidad del hombre, empero en el futuro se manifestará más la cualidad de la mujer, tal como insinúa el versículo (Irmiahu 31:21): «Porque el Eterno ha creado algo nuevo en la tierra, una mujer cortejará a un hombre». En este mundo material nuestra visión es superficial y por lo tanto vemos que el status del hombre que estudia y dirige es superior al de la mujer. Empero en el futuro, nuestra percepción será más aguda y profunda y entonces se revelará la cualidad de la fe y la percepción intuitiva hasta que las posiciones de hombres y mujeres se inviertan y el status de la mujer sea superior al del hombre. En ese entonces todavía habrá necesidad de estudiar la Torá analíticamente mediante definiciones racionales mas la percepción emocional femenina será de mayor importancia.

Se puede decir que tras el pecado de Adam y Javá y el ingreso en el seno del ser humano de la inclinación al mal («ietzer hará«) es más difícil confiarse en la intuición y las emociones naturales. La principal herramienta a los efectos de superar la inclinación al mal es el uso del intelecto racional que debe dominar a la emoción y dirigirla. Empero cuanto más corregido y ordenado esté el mundo y tanto la fe como la ética se difundan a todos sus confines, paulatinamente habrá de declinar el temor de que la emoción natural irrumpa de manera incontrolada y  dañina y por lo tanto los frenos a su manifestación serán retirados, su virtud se revelará y junto a ésta la de la mujer.

No se debe decir que el mundo venidero está lejano y no influye en nuestras vidas pues ya hoy está oculto en la profundidad de nuestra intimidad. El espíritu exterior (nefesh) se corresponde con este mundo físico, mientras que el espíritu interior (ruaj) se corresponde con el mundo futuro (atid lavó) y el alma (neshamá) que es más interior aún, se corresponde con el mundo venidero. Por lo tanto, hoy día, cuanto más profundicemos mejor veremos la influencia de la mujer. Empero, el orden correcto es que la humildad de la mujer al aceptar el status del hombre y su influencia le permiten revelar más y más sus virtudes y atributos.

Podríamos explayarnos en este tema, mas no corresponde hacerlo aquí. Simplemente señalaremos, brevemente, que la relación entre el Sol que ilumina y la Luna que es iluminada se corresponde con la relación entre el hombre y la mujer. En un inicio eran iguales y en virtud de su vanidad la Luna fue empequeñecida. Sin embargo, si lo vemos en profundidad vemos que su virtud es superior ya que capta la luz del Sol aquí en la Tierra. En cierta manera esa es la relación entre los cielos y la tierra, ya que en una primera instancia los cielos son superiores, empero desde la perspectiva del objetivo final la creación toda tiene por finalidad la tierra y el acto final se encuentra incluido en el primer pensamiento («Sof maasé bemajshavá tejilá«). Asimismo, esta es la relación entre la tribu de Iehudá y la tribu de Iosef. Por un lado la tribu de Iehudá es la que detenta el cetro real empero el hijo más querido es Iosef, que era bello como una mujer y tenía la capacidad de manifestar los más excelsos ideales en este mundo, con esplendor y riqueza.

07. El amor y el compartir.

En toda cualidad particular vista separadamente de las demás radica una carencia. El intelecto que investiga y define puede perder su vitalidad derivada de su conexión con su origen Divino. Así es que  de tanto ocuparse de los principios generales este puede perder contacto con la vida real. Por otra parte, la intuición emocional, a la hora de organizar la vida en el mundo puede equivocarse y verse arrastrada desviándose del justo juicio.

Por lo tanto, se le confirió al hombre el rol de establecer las reglas generales y los principios, se le ordenó dedicarse al estudio de la Torá y cumplir los preceptos positivos marcados por el tiempo y de esa manera fijar las bases de la vida israelita. En cambio, las mujeres revelan la conexión general con la fe natural y la vida concreta inspirada en la Torá. En mérito de éstas, los hombres también logran conectarse con la fe natural y entienden mejor el valor del estudio.

Exteriormente percibimos que el rol masculino es más importante ya que desde el punto de vista del cumplimiento de los preceptos recibieron el deber de estudiar la Torá y de cumplir las mitzvot positivas marcadas por el tiempo. Por esta razón el liderazgo está confiado en manos de los hombres. Empero si observamos más profundamente veremos que el valor de las mujeres es mayor, ya que si bien el hombre se dedica a fijar las reglas generales y a la conducción, la formación de la familia que es lo más importante en la vida está confiada en las manos de las mujeres. Más aún, el objetivo final de la creación es captar la luz Divina y plasmarla en la vida real experimentándola en toda su potencia, y en esto, las mujeres llevan ventaja y son más meritorias.

Es justamente la cualidad de la humildad de la mujer la que le permite captar lo Divino, percibir la luminosidad que se desprende del estudio de la Torá y de los preceptos positivos marcados por el tiempo, y de esta manera revelar sus virtudes superiores. Por lo tanto, no es casual que la virtud masculina es más manifiesta mientras que la femenina es más oculta e interior. «Toda la gloria de la hija del Rey, dentro de sus aposentos» (Salmos 45:14). De esta forma se puede entender el significado de la bendición matinal «Que me hizo conforme a Su voluntad» (ver adelante 6:2).

Cuando se desdibuja la particularidad de cada género o se induce a la fricción entre estos, no hay mutuo enriquecimiento entre hombre y mujer, los jóvenes tienen dificultad en construir sus hogares y las familias existentes se desarman.

Por el contrario, cuando se percibe cabalmente el valor de cada género y a partir de esta valoración se llega a la unión y al amor, la Divina Presencia reside en el seno de la pareja (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 17(A)), la fe y la alegría abundan en el mundo y las cualidades intelectuales y emocionales se desarrollan y unifican. Entonces el pueblo de Israel y todas sus familias se construye y relata la gloria del único D´s en el mundo.

08. El fundamento general frente al personal a la hora de rezar.

Según lo ya estudiado podemos entender mejor el significado del rezo femenino. La plegaria contiene dos fundamentos centrales, uno general y el otro personal. El fundamento personal implica el dirigirse a la fuente de la vida, a HaShem, y pedir ante Él clemencia. El fundamento general tiene por cometido manifestar la conexión permanente entre el Creador y el pueblo de Israel, y de esa manera consagrar Su Nombre en el mundo y prodigar bendición para las creaturas. Es también la continuación de la labor de los sacrificios en el Templo de Jerusalém y por esa razón los rezos fueron establecidos en correspondencia con las ofrendas permanentes («Korbán Hatamid«) que eran sacrificadas sobre el altar a diario, al amanecer y al atardecer.

A veces surge algún tipo de tensión entre el fundamento personal y el general. Desde el punto de vista personal podría ser bueno que el rezo  se derrame espontáneamente desde el corazón sin límite ni forma pre establecida, sin tiempos fijos, y de esa forma expresar con calidez y emoción los anhelos por acceder a la cercanía Divina. Esa era la práctica en los días del Primer Templo. Sin embargo, los miembros de la Gran Asamblea («Anshei Hakneset Haguedolá«) pusieron en sus decretos un marcado énfasis en el fundamento general, pues entendieron que sin un orden fijo la mayoría de las personas irían cayendo presas de su propia rutina, y al final no rezarían ni siquiera una plegaria personal al día. Más aún, a veces el sentimiento individual adolece de defectos y carencias, mas cuando la persona reza con el  público, en mérito de la virtud general, sus carencias personales son compensadas y su plegaria resulta íntegra. Por esta razón los sabios decretaron que se rece en tiempos fijos que se corresponden con los horarios de los sacrificios permanentes en el Templo. A la plegaria le adjudicaron una redacción exacta que incluye todos los valores importantes para el pueblo de Israel en su totalidad. El rezo fue redactado en plural y se estableció que se recite en la sinagoga con Minián (quórum de diez). Esta es la mayor virtud del pueblo de Israel, la capacidad de revelar la santidad en público y de esa manera revelar el Nombre Divino en el mundo y corregirlo.

Sin embargo, por efecto del énfasis puesto en los fundamentos generales y fijos  del rezo se corre el riesgo de que la plegaria pueda perder su calidez  y espontaneidad iniciales. Respecto de esto advirtió Rabí Shimón: «No hagas de tu plegaria un acto rutinario sino un ruego de piedad y una súplica ante D´s» (Mishná Avot 2:13). En el mismo sentido dijo Rabí Eliezer: «Quien hace de su plegaria un acto rutinario su ruego carece de piedad (Talmud Babilonio Tratado de Berajot 2(B)).

 

A pesar de esto, nuestros sabios establecieron que se ponga énfasis en el fundamento general del rezo, para que de esta forma afianzar los principios de la fe en la vida. Desde este punto de vista el rezo es la continuación de las ofrendas del Templo, y así como los sacrificios expresaban la estrecha relación entre el pueblo de Israel  y el mundo entero con el Creador de la misma manera las plegarias expresan esto en todas las comunidades judías. En los días del Segundo Templo, en el área del Monte del Templo había también una sinagoga. Si bien los rezos pre establecidos pueden causar que la calidez y el sentimiento de la plegaria pasen a un segundo plano, la influencia benéfica de rezos públicos ordenados sobre el mundo entero y sobre cada individuo en particular es enorme. Por esta razón los sabios prefirieron conferirle al rezo un marco definido (ver arriba 1:8).

09. La plegaria de la mujer.

En el rezo de la mujer sobresale el fundamento personal. Esto se debe a que la mujer está exenta de los preceptos positivos marcados por el tiempo, razón por la cual no tiene necesidad de recitar los salmos de alabanza o el recitado del Shemá y sus bendiciones, ni todos los demás pasajes del rezo que los hombres deben recitar. Sin embargo, las mujeres deben rezar la Amidá («Shemoné Esré«) tal como fue redactada por los sabios de la Gran Asamblea, y dado que el conjunto de su plegaria es más breve existe menos temor a que la rutina desgaste el fervor  y la concentración. En la práctica, respecto de la Amidá la mujer puede decidir rezarla dos veces al día según la opinión más estricta o una sola de acuerdo con la opinión más flexible (ver arriba 2:5).

Además, dado que la mujer no necesita rezar en la sinagoga o con Minián, puede decidir el momento de su plegaria cuando considere que pueda concentrarse mejor y el ritmo de su rezo no está dictado por el público sino que ella lo escoge. Todo esto trae como consecuencia que en el rezo femenino sobresalen con mayor notoriedad las súplicas y los ruegos. Más aún, para los hombres que no saben rezar, nuestros sabios establecieron que acudan a la sinagoga y cumplan con su deber respondiendo la repetición del oficiante. En cambio, mujeres que no saben rezar no tienen la necesidad de escuchar la repetición del oficiante, esto implica que no se le puede causar esfuerzo con ese deber, empero se puede también decir que en la plegaria de las mujeres sobresale más la intención del corazón y se destaca menos el deber de la minuciosidad, de modo tal que quien no sabe recitar la versión fija pre establecida puede orar con sus propias palabras, ya que lo más importante en los ruegos femeninos son las súplicas y pedidos de clemencia ante D´s.

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