10. El hombre y la mujer

01. El fundamento de la vida de pareja según la Torá

El fundamento de la vida de pareja fue establecido durante la creación, tal como está escrito (Bereshit-Génesis 1:27-8): «Creó Elokim al Ser Humano a Su imagen, a la imagen de Elokim le creó: macho y hembra Él los creó. Los bendijo Elokim y les dijo Elokim: fructificaos y multiplicaos, llenad la tierra y conquistadla; dominad los peces del mar y las aves de los cielos y todo animal que se mueve sobre la tierra«. Del relato de la creación aprendemos cuatro cuestiones centrales: la primera – que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de HaShem; la segunda – que esta imagen y semejanza Divina se manifiesta a través del hombre y la mujer conjuntamente; la tercera – que su cometido es crecer y multiplicarse y la cuarta – que su función es liderar el mundo y preocuparse tanto por su existencia como por su preservación, tal como está escrito posteriormente (ídem 2:15): «Tomó HaShem Elokim al hombre y lo estableció en el huerto de Edén para cultivarla y preservarla (su tierra n. de t.)«. Por lo tanto el ser humano completo está compuesto de varón y mujer, tal como dijeron nuestros sabios (Talmud Babilonio Tratado de Ievamot 63(A)): «Todo hombre que carece de mujer no es considerado persona», tal como está escrito (Bereshit-Génesis 5:2): «Macho y hembra los creó y los bendijo y los llamó con el nombre de Adam, cuando fueron creados«.

Tras la descripción general de la creación del Hombre, la Torá vuelve a explicar que en un inicio este fue creado como uno solo y poseía dos rostros, uno de varón y otro de mujer. En esto el Hombre se diferenciaba de los demás animales, ya que estos fueron creados, desde un principio,  diferenciados en machos y hembras y solamente el ser humano fue creado inicialmente como varón y mujer incluídos. Este ser humano con dos rostros es el que llamamos «Primer Hombre» o «Adám HaRishón», y a este se le ordenó reparar el mundo y preservarlo, ´cultivarlo y preservarlo´, y dar nombres a las demás creaturas. Hete aquí que el ser humano se dio cuenta que de todos los seres creados él es el único que está solo y carece de pareja, lo cual lo entristeció profundamente. «Dijo HaShem Elokim: No es bueno que el hombre esté solo, haré para él una ayuda, frente a él» (Bereshit-Génesis 2:18). «Hizo caer HaShem Elokim un sopor sobre el hombre y éste se durmió y tomó uno de sus costados y cerró la cavidad de la carne que había debajo. Modeló HaShem Elokim el costado que había tomado del hombre – como mujer – y la condujo hasta el hombre. Dijo el hombre: Esta vez: hueso de mis huesos y carne de mi carne. A esta se la llamará: Ishá (mujer n. de t.), pues del Ish (hombre n. de t.) fue tomada ésta» (Bereshit-Génesis 2:21-23).

Y si bien el Creador tenía la intención de separar a Adam en varón y mujer esperó hasta que éste sienta su carencia. Esto se debe a que el Eterno cuando creó el mundo, dispuso que el ser humano sea partícipe en su dirección y liderazgo, de modo tal que HaShem dirija Su creación en concordancia con la iniciativa humana (Zohar II 265:1). Por lo tanto, sólo una vez que Adam se sensibilizó de su soledad, HaShem aparentemente «se dio cuenta» que no es bueno que el Hombre esté solo, le separó a su mujer y de esa manera pudieron desarrollar una vida de pareja amorosa y prolífica.

Lo que equivocadamente fue traducido como «costilla», la palabra hebrea «tzela» (צלע) significa lado o costado, por ejemplo «el lado del tabernáculo»- צלע המשכן (Shemot-Éxodo 26:27), por ello cuando se dice que HaShem tomó un «tzela» del hombre significa que tomó uno de sus dos lados. Esto se debe a que inicialmente el varón y la mujer en toda su completitud  estaban unidos espalda con espalda y el rostro del varón sobresalía más (ver Talmud Babilonio Tratado de Eruvín 18(A)).

Dado que el varón y la mujer están unidos en su origen, una vez separados y al adquirir conciencia se despierta en su interior un fuerte deseo de volver a reunirse, sobre lo que está escrito (Bereshit-Génesis 2:24): «Por ello, el hombre deja a su padre y a su madre y se adhiere a su mujer y se tornan en una sola carne«. Por lo tanto se nos ordenó el precepto de Oná que expresa el vínculo completo entre ambos, amén de la cuestión de la procreación que es común a los demás seres vivos.

Al ser creado el Hombre como varón y mujer la creación quedó completa, pues hasta entonces, sobre todo lo creado fue dicho: «y vio D´s que era  bueno» mientras que al concluir la creación del ser humano dijo (ídem 1:31) «y vio el Eterno todo lo que hizo y he aquí que era muy bueno«. Nuestros sabios, de bendita memoria, dijeron que la expresión «muy bueno» pertenece a la relación entre  el varón y su mujer cuando esta incluye amor y deseo (Bereshit Rabá 9:7).

02. En cuanto a su manifestación exterior, el varón es responsable a priori del cumplimiento del precepto común a ambos

Todas las virtudes, bondades y preceptos incluídos en la institución matrimonial son comunes al hombre y la mujer; sin embargo, sobre el varón recae el deber de tomar la iniciativa en la relación. Esto se origina en lo que ya mencionamos respecto de que en un inicio el primer Hombre o «Adam HaRishón» poseía dos rostros, pero el masculino era más notorio mientras que el femenino se hallaba más oculto; por ello, cuando se separaron, la conciencia de sí de este primer Hombre quedó en el varón. Es así que él es quien recuerda el dolor de la soledad y él es quien entiende que la mujer le fue separada de sí mismo, por ello está escrito: «Esta vez: hueso de mis huesos y carne de mi carne.  A ésta se la llamará: Ishá (mujer), pues del Ish (hombre) fue tomada ésta«.

Lo que aconteció con Adam HaRishón ocurre en todas las parejas. En su raíz superior –Celestial diríamos- se trata de almas unidas que en su proceso de descenso al mundo se separaron y la conciencia primaria quedó mayormente en el varón, por lo que comúnmente él es quien siente un impulso más intenso y extrovertido de unirse a su pareja y por esta razón él es quien corteja a la mujer que se le separó, tal como «aquella persona que busca lo que se le perdió» (Talmud Babilonio Tratado de Kidushín 2(B)).

Es por esto que la Torá encomendó al varón el deber y la responsabilidad de cortejar a la mujer a los efectos de casarse, él es quien debe desposarla y llevarla bajo el palio nupcial, él es quien debe tomar la iniciativa en cuanto a la unión para cumplir así con los preceptos de Oná y el de procrear. En el cumplimiento mismo del precepto él es quien sale de sí e ingresa en ella y ella es quien accede a recibirlo.

Dado que no es posible cumplir los preceptos de contraer matrimonio, el de Oná y el de procrear sin la participación de la mujer, resulta que todos estos mandamientos y todas las bondades incluídas en su cumplimiento pertenecen al varón y la mujer por igual. Empero, por cuanto que sobre el varón recae la responsabilidad de abrir primero el camino, tomar la iniciativa de casarse y de cumplir con los preceptos de Oná y procrear, las virtudes del matrimonio son descritas bajo forma masculina para así incentivar al hombre a asumir su rol de cortejar a una dama y desposarla. Sobre esto nuestros sabios dijeron (ídem Ievamot 63(A)): «Todo hombre carente de mujer no es persona», además dijeron que «todo hombre que carece de mujer carece de alegría, de bendición, de bien, de Torá, de muro protector y de paz» (ídem 62(B)).

Dado que todas las virtudes del matrimonio son comunes a hombres y mujeres por igual, cuando el varón no cumple su rol y no pide matrimonio a su pareja, es deber de la mujer buscar la manera de acercarlo a tal fin. Otro tanto ocurre después del matrimonio, si el varón descuida tomar la iniciativa de la unión como indica la Torá, es deber de su esposa encontrar la manera de atraerlo a ella hasta que la unión se consuma.

03. La segunda etapa de la mujer

Tras cada etapa que el varón inicia, la mujer al recibirlo o aceptarlo transforma su relación en más profunda y completa y por ende la eleva. Si prestamos atención, vemos que el lado fuerte del varón radica en la capacidad de tomar la iniciativa, en abrir el camino y en cortejar hasta consumar el matrimonio. Sin embargo, ocurre en algunas ocasiones que una vez que el hombre consagró a su mujer su ímpetu decae y entonces es la mujer quien tiende a invertir mayores esfuerzos en la relación y así profundizarla. Lo mismo ocurre en el cumplimiento del precepto de Oná, el varón aventaja en cuanto a su deseo e impulso por unirse físicamente a su mujer. Empero, una vez unidos la capacidad femenina de materializar la relación y disfrutar de la misma es superior a la del hombre. Esto se manifiesta también en el hecho de que la mujer es aquella que recibe el esperma y lo continúa desarrollando durante toda la gestación hasta el nacimiento.

Desde lo manifiesto, el varón es quien toma la iniciativa y lidera por lo que él es quien debe comenzar la relación. Por otra parte, dado que el varón es el continuador de Adám y la mujer lo es de Javá, en cierta forma la mujer se encuentra en un escalón más elevado, pues el material del cual fue creado el hombre es el polvo de la tierra tal como está escrito (Bereshit-Génesis 2:7): «Formó HaShem Elokim al Ser Humano del polvo de la tierra y le insufló en sus narices hálito  de vida y se convirtió Adám en un ser viviente«, mientras que la mujer fue hecha de un material superior pues fue tomada del hombre, tal como está escrito: «y tomó uno de sus costados y cerró la cavidad de la carne que había debajo«. Además, HaShem hizo a la mujer de un modo especial a los efectos de embellecerla, tal como está escrito: «Modeló HaShem Elokim el costado que había tomado del hombre – como mujer- …» (Talmud Babilonio Tratado de Eruvín 18(A)). Por ello, la mujer tiene la capacidad de profundizar y elevar la relación de pareja y llevarla a un estadío superior.

El vigor varonil es más exterior y manifiesto, el de la mujer es interior y oculto. El orden natural del mundo indica que primeramente se manifieste el aspecto exterior y luego el interior. Es por ello que en un inicio el rol masculino es más predominante, él es quien corteja a la dama, él es quien la consagra como su esposa y él es quien toma la iniciativa en el cumplimiento de los preceptos de Oná y de procrear. Sin embargo, con el correr de los años, en virtud de la cualidad de la mujer que es capaz de tomar la iniciativa varonil y transformarla en algo completo, su status en la familia se encumbra al punto que si se observa con detención se percibe que su influencia es mayor que la del marido.

Si profundizamos, veremos que así como la iniciativa del hombre en la primera etapa es la que motiva el actuar reservado de la mujer, en la segunda, la mujer a su vez activa discretamente cuanto ocurre en la primera. Si bien el cortejo visible es de parte del varón, la mujer con su mero bello y bondadoso existir es quien atrae al hombre a tomar la iniciativa. Si bien el hombre es quien consagra a la mujer, ésta, en su profundo deseo de formar una pareja y una familia es quien lo induce a hacerlo. Hay casos en los cuales el hombre quiere unirse a una mujer sin asumir responsabilidades de largo plazo, y sólo en virtud de que ella no está dispuesta a hacerlo de esa manera él finalmente la desposa. Otro tanto ocurre con el precepto de Oná, si bien su cumplimiento es deber del varón, si la mujer no accede a recibirlo con alegría el precepto queda sin efecto (arriba 2:2).

04. El ascenso del status de la mujer en el marco del matrimonio

«Había una vez un hombre piadoso casado con una mujer piadosa y no pudieron traer juntos niños al mundo. Dijeron: de esta manera no le somos de ninguna utilidad al Creador. Se divorciaron. El hombre desposó una mujer malvada que lo transformó en malvado, la mujer desposó un hombre malvado y lo transformó en piadoso, de aquí vemos que todo proviene de la mujer» (Bereshit Rabá 17:7). De estos dos casos resulta que la influencia de la mujer es discreta o encubierta. Si habrían de discutir entre ellos acerca del camino óptimo a tomar, el hombre rechazaría las palabras de su mujer y más bien se empecinaría en hacer lo opuesto. Sin embargo, la fuerza de la influencia  de la mujer nace de su interior. La mujer piadosa en virtud de su humildad y amor, accedía a todas las iniciativas buenas de su malvado marido, se regocijaba con estas, las ampliaba y profundizaba, y de esa manera el hombre iba tras ella pues todas las cosas buenas que la mujer desarrollaba provenían de él. De esta manera en un proceso lento y paulatino, sus aspectos perversos y oscuros fueron desapareciendo y los positivos se tornaron dominantes. Por el contrario, la nueva malvada esposa no respondió a las iniciativas positivas de su marido piadoso, y cuando este por propia iniciativa realizaba algún acto malo ella de inmediato le correspondía con alegría, lo alentaba y ampliaba hasta que paulatinamente lo fue transformando en un malvado.

No obstante, por lo general, no hay grandes diferencias entre los cónyuges pues ambos están orientados en pos de metas comunes y mediante un mutuo enriquecimiento logran alcanzar un proceso de elevación;  cuando el hombre propone un camino positivo y la mujer le da continuidad, lo profundiza y desarrolla. De esta manera él vuelve a tomar la iniciativa y ella vuelve a desarrollarla ingresando así en un círculo virtuoso. A veces, ellos cambian de roles por lo que el desarrollo o ampliación resulta a la postre ser una iniciativa y esta deriva en desarrollo o ampliación. Empero, la melodía principal de hombre y mujer, innovador y promotora, permanece vigente en la mayoría de las parejas y con el correr de los años el valor del rol de la mujer se manifiesta más intensamente y su status asciende.

Encontramos una indicación o insinuación de esta dinámica en las palabras de nuestros sabios, de bendita memoria, cuando se refieren a la relación entre el Eterno y el pueblo de Israel. «Se asemeja a un rey que tenía una única hija y la quería más de la cuenta y la llamaba «hija mía». Continuó amándola hasta que comenzó a llamarla «hermana mía» (en plano de igualdad), continuó amándola hasta que comenzó a llamarla «madre mía» (aludiendo a su superioridad). De igual manera el Creador en un inicio llamó al pueblo de Israel «hija mía…», no dejó de amarlo hasta que lo llamó «hermana mía…» continuó amándolo hasta que lo llamó «madre mía» (Shemot Rabá 52:5).

05. El proceso histórico

Así como en toda pareja se da un proceso por el cual el status de la mujer asciende, lo mismo ocurre en general desde un punto de vista histórico. En un inicio el status del hombre era notoriamente superior al de la mujer y en el marco de un proceso gradual el status de esta última fue ascendiendo. Este proceso tiene por cometido construir un mundo mejor, ya que HaShem lo creó incompleto para permitir al ser humano participar de su mejoramiento. En una primera etapa fue necesario definir el bien y el mal así como establecer la orientación general a la que habría de tender la humanidad. En esta primera etapa las virtudes masculinas eran más apropiadas pues el hombre tiende naturalmente a separar entre los diferentes temas, a dividir el intelecto del sentimiento y a enfocarse principalmente en el desafío inmediato a enfrentar. Las cualidades femeninas, entre las que se encuentra la tendencia a integrar ámbitos diferentes pueden resultar contraproducentes en esa primera etapa, pues el sentimiento puede interferir en los pensamientos e inclinarlos a caminos inconducentes tal como ocurrió durante el pecado de Adám y Javá. Además, esto se puede explicar a la luz de que el hombre por inclinarse naturalmente al intelecto racional tiende a lo objetivo, mientras que la mujer por incorporar el sentimiento en su pensar tiende naturalmente más a lo subjetivo. Es por ello que en una primera etapa, en la cual era necesario establecer lo que es bueno y lo que es malo, el hombre es quien debía liderar y lo hacía por medio del estudio de la Torá y de esa manera el mundo en su totalidad avanzó. Cuanto más claros y aceptados resultan los conceptos de bien y mal, más rápidamente avanzamos hacia una etapa en la cual es necesario comprender estos valores con mayor profundidad en todos sus matices y materializarlos en la plenitud de la vida real. Es entonces cuando las cualidades femeninas se tornan preferibles y prevalecen en su  importancia.

Esto está insinuado en la sabiduría mística judía. Según ésta en este mundo físico el status del hombre es más encumbrado que el de la mujer, en el futuro reinará la igualdad y en el mundo venidero el status de la mujer estará por encima del masculino. En este mundo abundan la maldad, los pleitos y las guerras. A los efectos de combatir los aspectos negativos de la personalidad es necesario estudiar Torá, clarificar los fundamentos del bien y de la verdad y materializarlos en todos los ámbitos de la realidad. En esta etapa de la historia a la que denominamos «Olam Hazé» o «este mundo» se da también un proceso de ascenso en el status de la mujer  y en la medida que el bien es discernido la situación de la mujer asciende, empero el status del hombre aún es más encumbrado pues todavía es necesario batallar para materializar el bien en la realidad.

En una segunda etapa, en el futuro por venir o «Atid Lavó» el pueblo de Israel retornará a su tierra, el Templo de Jerusalém será reconstruído y la luz de la Torá y la fe iluminarán al mundo entero, el Mashíaj hijo de David reinará sobre Israel «Y juzgará entre las naciones, y decidirá por muchos pueblos. Y convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ninguna nación levantará espada contra otra nación ni aprenderán más la guerra» (Ieshaiahu-Isaías 2:4). Entonces, el status del hombre y de la mujer será igual. Aun será necesario discernir entre el bien y el mal para entronizar el bien y para ello serán necesarias las virtudes masculinas. Por otra parte, para ese entonces habremos llegado a la etapa en la cual podremos revelar en la práctica los valores de la fe y el bien en la vida real en todas sus facetas y componentes, para lo cual se hacen necesarias las cualidades femeninas, y en virtud de ello su status se igualará al del hombre.

La tercera etapa es la del mundo venidero, el mundo posterior a la resurrección de los muertos en la cual la lucha entre el bien y el mal ya no será necesaria, por lo que las cualidades femeninas podrán manifestarse en su plenitud y el status de la mujer superará al del hombre, tal como lo insinúa el versículo (Irmiahu-Jeremías 31:21): «Porque el Eterno ha creado algo nuevo en la tierra: una mujer cortejará a un hombre«. Si bien consideramos que al hombre siempre le quedará la iniciativa de definir un principio, cortejar a su mujer, consagrarla como su esposa y alegrarla mediante el precepto de Oná. Empero, entonces la perspectiva de la realidad será más profunda y se hará evidente que la virtud femenina es más importante pues  es capaz de captar y revelar todo lo que está oculto en la iniciativa masculina, logrando así la mujer percibir en el accionar del hombre más de lo que él mismo comprende. Esta capacidad permite asimismo captar de un modo profundo, rico y completo las chispas de Divinidad que se  encuentran ocultas en el mundo. Esta es la meta principal de la creación, y todas las definiciones apropiadas a las que arribaron los hombres mediante el estudio no son sino un avance de cara a la revelación completa de la que las mujeres serán sus principales partícipes. Por ello el status de la mujer será más encumbrado. Esto no implica que entonces la humildad y el recato femeninos habrán de decrecer, pues es entonces que se manifestará su cualidad superior, la que le permite captar toda la realidad de un modo más profundo.

06. Descenso del status de la mujer a raíz del pecado de Adám y Javá

Según el orden original de la creación del ser humano, en una primera instancia el status del hombre fue más encumbrado que el de la mujer y a raíz del pecado en el que Javá se tentó a comer del fruto del árbol del conocimiento y dio también a su hombre, el status femenino descendió aún más respecto del masculino, tal como está escrito (Bereshit 3:16-19): «A la mujer dijo: Incrementar habré de incrementar tu tensión en tu gravidez, con tensión  parirás hijos, a tu marido desearás mas él te dominará. A Adam, dijo: Puesto  que has atendido la voz de tu mujer, comiendo del árbol del que te ordené diciendo: ¡No comerás de él!, maldecida será la tierra por tu causa, con esfuerzo comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá y comerás las plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás pan, hasta que vuelvas a la tierra –pues de ella procedes- ya que polvo eres tú, y al polvo habrás de volver«.

Adám y Javá fueron amonestados con tres castigos principales, y los tres afectaron a la mujer. El primero consiste en que tanto el embarazo como el parto y la crianza de los hijos impliquen sufrimiento y sacrificios que debilitan el cuerpo de la mujer y la fuerzan a permanecer más apegada al hogar dependiendo del marido que es quien la provee de alimento, refugio y protección. El segundo castigo es que tras la expulsión del jardín de Edén la obtención del alimento se tornó dificultosa y sujeta a esfuerzo físico, aspecto en el cual el hombre cuenta con una ventaja evidente. La necesidad imperiosa de construir una casa que los resguarde de las inclemencias del tiempo como la lluvia y el frío, amén de protegerlos de enemigos y animales salvajes agudizó la dependencia de la mujer respecto del hombre.  El tercer castigo es el decreto de muerte que se sentenció sobre el ser humano, y es justamente durante el parto, en el momento en que la mujer puede traer al mundo una nueva vida, que este riesgo mortal se incrementa. Entonces, lo que le resta a la parturienta es esperar que su marido siga preocupándose por sus hijos.

Estos castigos, con todo el sufrimiento que implican, llevan al ser humano a su reparación última y completa. A raíz del primer pecado de Adám y Javá quedó en claro que la cualidad femenina de integrar todos los aspectos en su toma de decisiones puede llevar a la trasgresión. Esto ocurre porque al hacerlo, en la decisión final participan también todo tipo de sentimientos e inclinaciones negativas. La manera de corregir esto es mediante la separación entre el pensamiento y el sentimiento, rebajando el status de este último para que el intelecto pueda sopesar cada cuestión de forma separada y poder entonces controlar tanto a la emoción como al instinto. Esto se trata de una desventaja o carencia por cuanto que en un estado de completitud todas las fuerzas y potencialidades humanas deben manifestarse en perfecta armonía, empero a los efectos de consolidar los principios de la justicia y la moral es indispensable entronar primeramente al intelecto por sobre los sentimientos y los instintos. Dado que naturalmente el hombre tiende más a la razón y la capacidad de separar temas y áreas, cualidades indispensables para triunfar en la guerra contra los bajos instintos, es al hombre que se le encomendó el mandato de estudiar Torá y ocupar los puestos de liderazgo. En la medida en que el mundo se vaya reparando y la Torá ilumine más intensamente su devenir, se habrá de temer menos que el sentir natural pueda irrumpir de un modo equivocado y destructivo, por lo que los frenos a su libre manifestación se irán retirando y la ventaja de la cualidad femenina que combina conjuntamente a todos los ámbitos de la realidad se habrá de manifestar, por lo que el status de la mujer operará un ascenso.

El proceso de la reparación o corrección moral sucede en paralelo con el desarrollo de la ciencia, la tecnología y la economía que permiten la obtención del sustento con menor esfuerzo y redimen al hombre de los pesares de su castigo y a la mujer de su dependencia respecto al marido. Este proceso viene operando paulatinamente por miles de años y en las últimas generaciones se ha visto acelerado exponencialmente al surgir la posibilidad de ganarse el diario vivir por medio del puro talento, sin necesidad de que medie la fuerza física. El desarrollo de las ciencias médicas ha reducido notoriamente los riesgos del parto y ha contribuido al ascenso del status de la mujer.

07. La Providencia manifiesta y la Providencia oculta en este mundo

Incluso en períodos en los cuales la predominancia masculina se encontraba en su máximo histórico era dable de notar la gran influencia que ejercían las mujeres. Es de notar que aun cuando el liderazgo manifiesto estaba en manos de los hombres, la cualidad oculta de la mujer que se hallaba latente en las profundidades confería de potencias e impulso a los hombres para que estos cumplan su rol. Si bien la función de liderazgo les fue adjudicada a los hombres para que estos definan los objetivos y lleven al mundo a un avance, en los grandes momentos en que hubo necesidad de una comunicación más profunda con la fe, fueron justamente las mujeres quienes lograron alcanzarla en mayor medida que los hombres.

Cuando Moshé demoró en descender del Monte Sinaí los hombres impulsaron la elaboración de un becerro de oro similar a los ídolos de los egipcios y exigieron para ello a sus mujeres que donasen sus joyas. Sin embargo, las mujeres no aceptaron entregar sus joyas y dijeron: ¿Entregar nuestras joyas para hacer una abominación que a nadie puede salvar? ¡No les haremos caso! El Creador las recompensó en este mundo observando la santidad del novilunio en mayor medida que los hombres. En el mundo venidero las recompensó con una capacidad de renovación semejante a la de la luna, tal como está escrito (Salmos- Tehilim 103:5): «Quien satisface tu vejez con joyas para que tu juventud sea renovada como el águila» (Pirkei De Rabí Eliezer 45).

Cuando los hombres temían conquistar la tierra de Israel y pecaron por escuchar el consejo de los espías, las mujeres se abstuvieron de participar junto a ellos en el pecado, por lo cual la prohibición de entrar a la tierra prometida recayó únicamente sobre los varones. Asimismo, vemos que las hijas de Tzlofjad amaban la tierra de Israel y querían tener su parcela en ella (Midrash Tanjuma Pinjas 7). «Así enseñaba Rabí Akiva: en mérito de las mujeres justas que vivieron en esa generación el pueblo de Israel se pudo redimir  de la esclavitud en Egipto» (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 11(B), ver arriba 1:8). Respecto del futuro dijeron: «Las generaciones no se habrán de redimir sino por el mérito de las mujeres justas que vivan en ese tiempo» (Midrash Zuta Rut 4:11).

Es por ello que en la entrega de la Torá HaShem se dirigió primeramente a las mujeres, tal como está escrito (Shemot-Éxodo 19:3): «Así dirás a la casa de Yaakov y te dirigirás a los hijos de Israel«, lo cual fue explicado por nuestros sabios de la siguiente manera: «dirás a la casa de Yaakov» se refiere a las mujeres a quienes hay que hablar tiernamente, «te dirigirás a los hijos de Israel» se refiere a los hombres a quienes hay que hablarles más duramente y especificarles los castigos previstos por la Torá y todos sus detalles. Del hecho que el versículo antecede el «decir» al «dirigirse» aprendemos que es importante  respetar el orden, esto es, hablar primero a las mujeres y luego a los hombres (Mejilta, citado por Rashí). Esto se debe a que la intención última de la Torá es ser cabalmente comprendida y que la realidad sea reparada mediante el habla tierna. Si bien habremos de llegar a esto solamente en el futuro, y de mientras es necesario primar al hombre y su estilo de conducción, al momento de entregar la Torá se anticipó a las mujeres pues estas expresan la completitud de la intención final del Creador.

De la mujer de Shunem o «la shunamita» hemos aprendido el respeto que se debe tener por la Torá y los estudiosos de la misma. Esta señora iba a las clases del profeta tanto en sábados como en novilunios (Reyes – Melajim II 4:23, Talmud Babilonio Tratado de Rosh Hashaná 16(B)). No es mera casualidad que se aprenda la correcta actitud de respeto hacia la Torá de la conducta de una mujer, ya que las mujeres judías son aquellas que están más íntimamente ligadas al aspecto general y superior de la Torá (Sijot HaRav Tzví Iehuda Shemot pp. 178-181). En este mismo sentido, nuestros sabios dijeron (Talmud Babilonio Tratado de Berajot 17(A)): «el Eterno prometió a las mujeres una recompensa mayor que la que prometió a los hombres«. Según explican nuestros sabios esto se debe a que las mujeres son quienes mandan a los niños a estudiar Torá, incentivan a sus maridos a que acudan al Beit Midrash o casa de estudio y les esperan alegremente hasta su retorno sin instarlos a volver más temprano. Aparentemente el status del hombre que estudia Torá es superior al de la mujer que lo espera, pero desde una perspectiva interior, por cuanto que ellas son las causantes de que el estudio prospere en el pueblo de Israel su nivel excede al masculino. Exteriormente, su virtud es la de incentivar el estudio, pero interiormente esta conducta se debe a su conexión más  íntima y profunda con la Torá.

08. El proceso de ascenso del status de la mujer desde el punto de vista halájico

El proceso ascendente en el status de la mujer ha tenido expresión en la halajá. Según la Torá un hombre puede desposar más de una mujer y asimismo puede divorciarla por propia decisión. Si bien el hombre no  puede desposar una mujer de no contar con su anuencia, puede divorciarla sin esta. Alcanza con que le escriba una carta de divorcio o «guet» y se la entregue.

Antes de comenzar a explicar el aspecto halájico de la cuestión es oportuno recordar primeramente que la Torá no obliga al ser humano a actuar en contra de su naturaleza, sino que por el contrario, la naturaleza humana es la base sobre la cual el hombre puede corregirse, superarse y hacerse más completo. Es por esto que la Torá no interviene en la actividad económica y los mercados sino que les permite a sus diferentes agentes actuar dentro del marco de una serie de normas éticas y a la luz de una visión moral. Por ello la Torá no prohibió la esclavitud, pues en épocas de hambre  y carestía era preferible que la persona se someta a la servidumbre si esto le permitía comer y subsistir. De no mediar la institución de la servidumbre, aquellas personas que no lograron auto sustentarse por ser holgazanes, carecer de ingenio o porque sus tierras fueron conquistadas habrían perecido por inanición. Ellos sobrevivieron gracias a la servidumbre, pudieron engendrar descendientes que hoy en día son seres libres. Por ello la Torá se limitó a establecer límites morales a esta institución.

Otro tanto ocurre con respecto a la institución del matrimonio. Dado que no todas las personas podían auto sustentarse adecuadamente, de no habérsele permitido a los hombres económicamente exitosos desposar más de una mujer, muchas de aquellas que no habrían podido encontrar un marido que las mantenga habrían muerto de hambre sin haber engendrado descendencia. Más aún, en tiempos en los cuales ganarse el pan implicaba realizar tareas físicas muy duras y el hombre se veía en la necesidad de trabajar de sol a sol para poder mantener a su esposa e hijos y proveerles de techo, abrigo y alimentos, no era posible limitarlo a una sola mujer y someterlo a esta. El hecho de que se permitía divorciar una mujer sin su consentimiento o desposar otra le confirió al hombre la sensación de libertad necesaria para poder comprometerse a cargar con el pesado yugo de la manutención del hogar, incluído el compromiso de alimentar a sus hijos pequeños.

De todas maneras la Torá estableció que en caso de desposar una segunda mujer el hombre debe continuar alegrando a la primera por medio del precepto de Oná y satisfaciendo todos sus menesteres, tal como está escrito (Shemot-Éxodo 21:10): «No la privará de manutención, vestimenta y satisfacción«. Nuestros sabios estipularon una medida importante y es la prohibición de desposar una mujer sin firmar previamente un contrato nupcial o «ketuvá», esto es, sin que el marido se comprometa a que en caso de querer divorciar a su mujer le habrá de indemnizar por una suma que equivale por lo menos a un año de manutención, para que de esa forma no sienta que divorciarla es algo trivial (Talmud Babilonio Tratado de Ktuvot 39(B), Rambám Ishut 10:7).

Generalmente, el monto estipulado en la «ketuvá» era superior al mínimo antes mencionado, en concordancia con la negociación que mantenían previo al matrimonio el novio y la familia de la novia. Había casos en los que el monto de la «ketuvá» era muy elevado y un hombre tras la boda se daba cuenta que había desposado una mala mujer, que lo afligía y había tornado su vida en difícil ya que debía proveerla de todos sus menesteres sin tener la posibilidad de divorciarla. Nuestros sabios dijeron que sobre mujeres como esas el profeta dijo (Irmiahu-Jeremías 11:11): «He aquí que traeré mal sobre ellos del que no podrán escapar» (Eijá-Lamentaciones). Y sobre una mujer así el rey Shlomó dijo (Eclesiastés–Kohelet 7:26): «Y encontré que la mujer es más amarga que la muerte… el que complace al Eterno escapará de ella pero el pecador será atrapado«. Dijo Raba: «Una mala mujer con una ketuvá onerosa es una desgracia». Por lo tanto, en un caso así se aconsejaba al hombre desposar una segunda mujer tal que la primera, a raíz de la envidia y la competencia, mejore su conducta.  Por supuesto que esto es posible únicamente si el hombre en cuestión es capaz de mantener dos mujeres y adjudicarle a cada una de ellas una habitación separada (Talmud Babilonio Tratado de Ievamot 63(B)).

09. La prohibición de la bigamia

A lo largo de las generaciones la situación económica fue mejorando y paralelamente fue disminuyendo el número de casos de bigamia al punto de que en tiempos de la Mishná, hace unos dos mil años, no se registran casos de hombres que desposaron dos mujeres. En tiempos del Talmud, hace unos mil seiscientos años, la norma de que un hombre no desposa una segunda mujer era tan clara que los amoraítas debatieron si esto está o no permitido. Según Rabí Emi está prohibido pues toda mujer a la hora de casarse con un hombre lo hace ya que asume que este no habrá de desposar otra mujer, por lo que se puede desposar una segunda mujer únicamente a condición de que la primera esté de acuerdo o si previamente la divorcia pagándole la suma estipulada en la «ketuvá». Sin embargo, la halajá se fijó de acuerdo a la opinión de Raba quien entendía que el hombre puede desposar una segunda mujer sin el consentimiento de la primera ya que el matrimonio no tiene implícito un compromiso de monogamia (ídem 65(A)).

Hace unos mil años, Rabenu Guershom -la luminaria del exilio («Maor HaGolá»)- estableció en Ashkenaz la prohibición de la bigamia. Además, prohibió divorciar a una mujer sin su previo consentimiento, y esto sería posible únicamente mediante las autorizaciones firmadas de cien rabinos de tres países diferentes.

El decreto que prohíbe la bigamia fue aceptado de inmediato en las comunidades ashkenazíes pero en España el decreto no se adoptó como obligatorio. Empero, en la práctica esta prohibición fue la que regía en la mayoría de las comunidades ya que el  novio en la «ketuvá» se comprometía a no desposar una segunda mujer. Tras el establecimiento del Estado de Israel, en el año 5710 (1949-50 n. de t.) el Consejo del Superior Rabinato de Israel decidió prohibir la bigamia para todas las comunidades judías por igual.

Aparentemente, cuesta entender todo esto ya que la regla aceptada indica que los sabios no pueden prohibir algo expresamente permitido por la Torá (Turei Zahav Ioré Deá 117:1). ¿Cómo pudo entonces Rabenu Guershom prohibir la bigamia y cómo es que su decreto fue aceptado por las diferentes comunidades? Mi rabino y maestro el Rav Tzví Iehuda HaCohen Kuk, de bendita memoria, explicó que del contexto en el cual la Torá permite la bigamia se puede inferir que esto no es deseable, tal como está escrito (Devarim-Deuteronomio 21:15): «Si un hombre tuviere dos mujeres, una amada y la otra aborrecida y de ambas tuviere sendos hijos y el primogénito fuere de la mujer odiada…«. El primer problema radica en el hecho de que una mujer es amada y la otra no, y en hebreo a estas se les denomina «tzarot» que significa rivales o enemigas. A raíz de estos conflictos pueden sobrevenir pleitos por la herencia que pueden desgarrar a la familia, al punto de que la Torá se vio en la necesidad de advertir que «no podrá declarar heredero privilegiado al hijo de la amada, sino al otro. Reconocerá la primogenitura del hijo de la mujer aborrecida dándole porción doble de la herencia, porque es el principio de su vigor masculino y por ende tiene el derecho a la primogenitura» (ídem 16-17). Posteriormente la Torá trae el caso del hijo rebelde lo cual, según explican nuestros sabios, viene a enseñarnos que la situación lamentable en la que se encuentra el muchacho se debe a que el padre tenía dos mujeres (Rashí a Devarim-Deuteronomio 21:11, Sijot HaRatziá Devarim p. 361). Resulta entonces que el permiso para desposar dos mujeres se concede a posteriori cuando se trata de una necesidad de fuerza mayor. Empero en caso de no mediar un imperativo los judíos acostumbraban a desposar una sola mujer.

Es importante destacar que las instrucciones de la halajá se fueron acompasando a la mejora paulatina en la capacidad de los hombres de ganarse el sustento, adelantándose así en cientos y miles de años a la mejora del status económico de la mujer. Solamente en los tiempos modernos, con la mejora en la maquinaria y el pasaje de trabajo físico extenuante a trabajo que requiere talento intelectual y emocional, fue posible el ascenso económico de las mujeres y la mejora en su nivel de ingreso. Por lo tanto, el cambio halájico no sobrevino en virtud del incremento del poder económico de las mujeres sino por la mejora en la situación económica del conjunto de la población. Es por eso que a partir del momento en que fue posible mantener a todas las mujeres sin necesidad de permitir la bigamia esta fue prohibida por completo o se transformó en un fenómeno raro. Así fue en los días de nuestros sabios, de bendita memoria, quienes instituyeron la «ketuvá» a partir del momento en que era posible exigirle al hombre un compromiso nupcial.

10) Las implicancias de este cambio para el precepto de Oná

A raíz del pecado de Adám y Javá y los castigos que fueron decretados en virtud de este se generó un defecto en el vínculo entre el hombre y la mujer. Según el Plan Divino el hombre debió haber sido el primero en tomar la iniciativa y luego la mujer habría de igualarlo y de esa manera el amor entre ambos habría de alcanzar su más alto nivel. Tras el pecado, ambos descendieron de nivel, y a raíz de haberse alejado de D´s y Su abundante luz el amor entre ambos no pudo manifestarse como correspondía y la bendición en su sustento se vio afectada, razón por la cual el status de la mujer respecto al hombre se vio más perjudicado aún, al punto de pasar a depender de este para poder subsistir. Desde el punto de vista emocional la dependencia de la mujer respecto del hombre se vio incrementada, al punto de necesitar sentirse más halagada y mimada para estar segura de su cariño y alegrarse plenamente. Sobre esto está escrito (Bereshit-Génesis 3:16): «…y a tu marido desearás y él te dominará» (ver arriba 2:2).

A raíz de la gran caída surgirá un ascenso aún mayor, tal como dijeron nuestros sabios (Talmud Babilonio Tratado de Berajot 34(B)): «Aquellos quienes retornan –»Ba´alei Teshuvá»- alcanzan un nivel al que no llegan los justos que no trasgredieron», pues al final del proceso de retorno el status de la mujer habrá de superar al del hombre. La dependencia de la mujer hacia su marido da inicio en ambos a un proceso de profundo perfeccionamiento moral. La mujer se perfecciona al aceptar la prevalencia del pensamiento de la Torá representado por su marido. El hombre se supera al tener que profundizar más en sus sentimientos y expresarlos para poder cumplir así el precepto de Oná y alegrar a su mujer como corresponde. De esta manera, a pesar de la dura realidad que arrastra a las personas a preocuparse únicamente por sí mismas, tanto el hombre como la mujer se elevan por sobre los impedimentos que generó el pecado primigenio y revelan su amor y así una chispa de la unicidad Divina vuelve a anidar entre ambos y en el mundo todo que se refina paulatinamente de cara a su redención.

Conjuntamente con el florecimiento de la redención, la reunión de las diásporas y la construcción de la tierra de Israel que vuelve a dar sus frutos abundantemente, presenciamos un ascenso en el status de la mujer y junto a este el gran anuncio que nos llega desde el futuro respecto de una relación más completa y armónica entre el hombre y la mujer. Como en todo proceso los primeros frutos resultan agrios, los nuevos vientos del ascenso del status de la mujer resquebrajan la estabilidad de la institución familiar haciendo que muchos queden solos y miserables. Estas personas desechan los valores familiares tradicionales, y sin Torá no logran alcanzar una vida de pareja fiel y sagrada.

Empero, quienes logran mantenerse fieles a los valores de la Torá y las instrucciones de la halajá logran perpetuar el pacto matrimonial, y de esta forma saborean los buenos frutos que comienzan a revelarse con el avance del proceso de la redención. De todas maneras, la estructura básica de la relación hombre mujer originada en la Torá no habrá de cambiar. El hombre es quien debe cortejar a su pareja, desposarla, alegrarla mediante el  precepto de Oná, cumplir con el deber de procrear; por su parte el deber de la mujer es sumársele en este proyecto. Empero, conforme avancemos veremos que en virtud de su capacidad especial de recepción, la mujer puede elevar las iniciativas masculinas a un plano mucho más profundo, en una dimensión mucho más amplia y a un nivel muy superior para así prodigar mayor bendición tanto a su marido como al mundo entero. Entonces quedará en evidencia que también en la etapa en la cual el hombre es quien lleva la iniciativa, es la mujer quien haciendo uso de sus virtudes lo impulsa a hacerlo. Y también en etapas en las cuales la mujer es quien lidera y desarrolla, es el hombre quien la motiva mediante la expresión de su aprecio y sus expectativas. Entonces se revelará el lado masculino de las mujeres y el femenino de los hombres.

Desde el punto de vista halájico y moral, conforme asciende históricamente el status de la mujer tanto en la sociedad como en la dinámica de la pareja, debe esta tomar mayor consciencia de su responsabilidad en la preservación del pacto matrimonial. Al escuchar atentamente, descubrirá, junto a  su marido los mensajes ocultos de las profundidades, y por medio de la  sensibilidad, delicadeza y humildad participará del proceso de construcción de la relación. De esa manera podrán abundar en amor y alegría, cumplirán el precepto de Oná de modo completo – y serán bendecidos con bien y con paz.

El mundo será irradiado por su amor y se liberará de la tensión entre los sexos. Entonces, las cualidades femeninas de humildad, recepción, anhelo y sed por el vínculo, que a veces, por error, parecen originarse en la debilidad y falta de status, cual páramo yermo carente de existencia propia, se transformarán en la fuente de la bendición para el mundo entero. «Porque el Eterno ha consolado a Sión. Ha consolado a todos sus desiertos y los ha hecho como el jardín del Edén y la estepa en paraíso de HaShem. Regocijo y alegría se hallarán en ellos, alabanza y rumor de cánticos» (Ieshaiahu-Isaías 51:3).

«Y retornarán los rescatados del Eterno y vendrán con cánticos a Sión, y alegría eterna será sobre sus cabezas. Tendrán gozo y regocijo, y huirán la tristeza y la aflicción» (ídem 11).

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