02. En cuanto a su manifestación exterior, el varón es responsable a priori del cumplimiento del precepto común a ambos

Todas las virtudes, bondades y preceptos incluídos en la institución matrimonial son comunes al hombre y la mujer; sin embargo, sobre el varón recae el deber de tomar la iniciativa en la relación. Esto se origina en lo que ya mencionamos respecto de que en un inicio el primer Hombre o «Adam HaRishón» poseía dos rostros, pero el masculino era más notorio mientras que el femenino se hallaba más oculto; por ello, cuando se separaron, la conciencia de sí de este primer Hombre quedó en el varón. Es así que él es quien recuerda el dolor de la soledad y él es quien entiende que la mujer le fue separada de sí mismo, por ello está escrito: «Esta vez: hueso de mis huesos y carne de mi carne.  A ésta se la llamará: Ishá (mujer), pues del Ish (hombre) fue tomada ésta«.

Lo que aconteció con Adam HaRishón ocurre en todas las parejas. En su raíz superior –Celestial diríamos- se trata de almas unidas que en su proceso de descenso al mundo se separaron y la conciencia primaria quedó mayormente en el varón, por lo que comúnmente él es quien siente un impulso más intenso y extrovertido de unirse a su pareja y por esta razón él es quien corteja a la mujer que se le separó, tal como «aquella persona que busca lo que se le perdió» (Talmud Babilonio Tratado de Kidushín 2(B)).

Es por esto que la Torá encomendó al varón el deber y la responsabilidad de cortejar a la mujer a los efectos de casarse, él es quien debe desposarla y llevarla bajo el palio nupcial, él es quien debe tomar la iniciativa en cuanto a la unión para cumplir así con los preceptos de Oná y el de procrear. En el cumplimiento mismo del precepto él es quien sale de sí e ingresa en ella y ella es quien accede a recibirlo.

Dado que no es posible cumplir los preceptos de contraer matrimonio, el de Oná y el de procrear sin la participación de la mujer, resulta que todos estos mandamientos y todas las bondades incluídas en su cumplimiento pertenecen al varón y la mujer por igual. Empero, por cuanto que sobre el varón recae la responsabilidad de abrir primero el camino, tomar la iniciativa de casarse y de cumplir con los preceptos de Oná y procrear, las virtudes del matrimonio son descritas bajo forma masculina para así incentivar al hombre a asumir su rol de cortejar a una dama y desposarla. Sobre esto nuestros sabios dijeron (ídem Ievamot 63(A)): «Todo hombre carente de mujer no es persona», además dijeron que «todo hombre que carece de mujer carece de alegría, de bendición, de bien, de Torá, de muro protector y de paz» (ídem 62(B)).

Dado que todas las virtudes del matrimonio son comunes a hombres y mujeres por igual, cuando el varón no cumple su rol y no pide matrimonio a su pareja, es deber de la mujer buscar la manera de acercarlo a tal fin. Otro tanto ocurre después del matrimonio, si el varón descuida tomar la iniciativa de la unión como indica la Torá, es deber de su esposa encontrar la manera de atraerlo a ella hasta que la unión se consuma.

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