08. El proceso de ascenso del status de la mujer desde el punto de vista halájico

El proceso ascendente en el status de la mujer ha tenido expresión en la halajá. Según la Torá un hombre puede desposar más de una mujer y asimismo puede divorciarla por propia decisión. Si bien el hombre no  puede desposar una mujer de no contar con su anuencia, puede divorciarla sin esta. Alcanza con que le escriba una carta de divorcio o «guet» y se la entregue.

Antes de comenzar a explicar el aspecto halájico de la cuestión es oportuno recordar primeramente que la Torá no obliga al ser humano a actuar en contra de su naturaleza, sino que por el contrario, la naturaleza humana es la base sobre la cual el hombre puede corregirse, superarse y hacerse más completo. Es por esto que la Torá no interviene en la actividad económica y los mercados sino que les permite a sus diferentes agentes actuar dentro del marco de una serie de normas éticas y a la luz de una visión moral. Por ello la Torá no prohibió la esclavitud, pues en épocas de hambre  y carestía era preferible que la persona se someta a la servidumbre si esto le permitía comer y subsistir. De no mediar la institución de la servidumbre, aquellas personas que no lograron auto sustentarse por ser holgazanes, carecer de ingenio o porque sus tierras fueron conquistadas habrían perecido por inanición. Ellos sobrevivieron gracias a la servidumbre, pudieron engendrar descendientes que hoy en día son seres libres. Por ello la Torá se limitó a establecer límites morales a esta institución.

Otro tanto ocurre con respecto a la institución del matrimonio. Dado que no todas las personas podían auto sustentarse adecuadamente, de no habérsele permitido a los hombres económicamente exitosos desposar más de una mujer, muchas de aquellas que no habrían podido encontrar un marido que las mantenga habrían muerto de hambre sin haber engendrado descendencia. Más aún, en tiempos en los cuales ganarse el pan implicaba realizar tareas físicas muy duras y el hombre se veía en la necesidad de trabajar de sol a sol para poder mantener a su esposa e hijos y proveerles de techo, abrigo y alimentos, no era posible limitarlo a una sola mujer y someterlo a esta. El hecho de que se permitía divorciar una mujer sin su consentimiento o desposar otra le confirió al hombre la sensación de libertad necesaria para poder comprometerse a cargar con el pesado yugo de la manutención del hogar, incluído el compromiso de alimentar a sus hijos pequeños.

De todas maneras la Torá estableció que en caso de desposar una segunda mujer el hombre debe continuar alegrando a la primera por medio del precepto de Oná y satisfaciendo todos sus menesteres, tal como está escrito (Shemot-Éxodo 21:10): «No la privará de manutención, vestimenta y satisfacción«. Nuestros sabios estipularon una medida importante y es la prohibición de desposar una mujer sin firmar previamente un contrato nupcial o «ketuvá», esto es, sin que el marido se comprometa a que en caso de querer divorciar a su mujer le habrá de indemnizar por una suma que equivale por lo menos a un año de manutención, para que de esa forma no sienta que divorciarla es algo trivial (Talmud Babilonio Tratado de Ktuvot 39(B), Rambám Ishut 10:7).

Generalmente, el monto estipulado en la «ketuvá» era superior al mínimo antes mencionado, en concordancia con la negociación que mantenían previo al matrimonio el novio y la familia de la novia. Había casos en los que el monto de la «ketuvá» era muy elevado y un hombre tras la boda se daba cuenta que había desposado una mala mujer, que lo afligía y había tornado su vida en difícil ya que debía proveerla de todos sus menesteres sin tener la posibilidad de divorciarla. Nuestros sabios dijeron que sobre mujeres como esas el profeta dijo (Irmiahu-Jeremías 11:11): «He aquí que traeré mal sobre ellos del que no podrán escapar» (Eijá-Lamentaciones). Y sobre una mujer así el rey Shlomó dijo (Eclesiastés–Kohelet 7:26): «Y encontré que la mujer es más amarga que la muerte… el que complace al Eterno escapará de ella pero el pecador será atrapado«. Dijo Raba: «Una mala mujer con una ketuvá onerosa es una desgracia». Por lo tanto, en un caso así se aconsejaba al hombre desposar una segunda mujer tal que la primera, a raíz de la envidia y la competencia, mejore su conducta.  Por supuesto que esto es posible únicamente si el hombre en cuestión es capaz de mantener dos mujeres y adjudicarle a cada una de ellas una habitación separada (Talmud Babilonio Tratado de Ievamot 63(B)).

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