Capítulo 02 – Lavado o ablución de manos previo a la comida

[catlist categorypage=»yes» order=ASC]

[catlist categorypage=»yes» order=ASC]

01) La impureza de las manos

El lavado o ablución de manos es uno de los siete preceptos establecidos por nuestros sabios. A los efectos de comprender el origen de este decreto es necesario aclarar primeramente que según la Torá todo el cuerpo humano es considerado como una sola unidad a los efectos de las leyes de pureza e impureza, todo este puede estar puro o impuro en su totalidad. Esto es, si un solo órgano corporal tuvo contacto con algo impuro, entonces todo el cuerpo pasa a ser impuro. Por ejemplo, quien toca un muerto con su pie no sólo éste se torna impuro sino su cuerpo todo. Asimismo, el proceso de purificación deberá abarcar a todo el cuerpo, por esa razón, cuando una persona realiza una inmersión en la Mikve a los efectos de purificarse debe sumergirse por completo.

A modo de apéndice a esta regla, nuestros sabios estipularon que las manos poseen un status particular y diferenciado, en virtud de que estas se ocupan de todas las cuestiones relativas a la acción y al plano material, por lo que suelen ensuciarse más que el resto del cuerpo y por ende por descuido pueden tocar objetos impuros. En virtud de ello, nuestros sabios establecieron que las manos en su estado común o regular -«stam yadáim»- son consideradas impuras y el modo de purificarlas es por medio de su lavado o ablución con agua (ver Rashí a Shabat 14(A)).

Esta directiva pasó por diferentes etapas. En días del primer Templo el Rey Shelomó decretó la impureza de las manos a los efectos de la ofrenda de sacrificios, esto es, ordenó que cada persona que se disponga a tocar una ofrenda con sus manos deberá primeramente purificarlas y en caso de tocar la ofrenda sin haberlas abluido, ha impurificado la carne del sacrificio y lo transforma en ritualmente no apto para su ingestión. En días del segundo Templo, los sabios de la escuela de Shamai y los de la escuela de Hilel decretaron que las manos, en su estado normal están impuras también a los efectos de tocar las ofrendas o presentes que se otorgan al cohen, de modo tal que todo aquel que los tocaba sin abluir sus manos los transformaba en no aptos para su ingestión, y a los efectos de evitar comerlos por error era necesario incinerarlos (Tratado de Shabat 14).

Posteriormente, los sabios extendieron la vigencia de esta norma y establecieron que no se puede ingerir pan sin previamente lavarse las manos (Talmud Babilonio Tratado de Julín 106(A)).

El lavado de manos previo a la ingesta de pan fue fundamentado por dos razones. La primera, a causa del «seraj terumá». Es decir, a fin de que los cohanim se acostumbren a la ablución de sus manos previo al contacto con las ofrendas o presentes destinados a ellos, decretaron los sabios que todas las personas lavasen sus manos antes de comer pan, y de esta manera se impuso en el seno del pueblo esta práctica. Así se fomentó en los cohanim la costumbre de abluir las manos antes de comer de sus ofrendas o presentes. Y a pesar de que hoy el Templo está destruido y que carecemos de la posibilidad de purificarnos de la impureza de la muerte, y ya van muchas generaciones en las que los cohanim no comen sus ofrendas o presentes, el decreto de la ablución de manos no ha sido derogado pues pronto nuestro Santuario será reconstruido y por lo tanto debemos estar listos y habituados en el cumplimiento de las leyes de la pureza. La segunda razón esgrimida es que en virtud del carácter activo de las manos que las lleva a tocar sitios sucios no corresponde comer estando estas en ese estado. De esto resulta que, a los efectos de preservar la pureza y la santidad de la ingesta de alimentos, nuestros sabios decretaron la ablución previa de las manos basándola en el siguiente versículo (Vaikrá-Levítico 11:44): «Y os santificareis y seréis santos porque Yo Soy Santo». «Y os santificareis’ se refiere a las aguas primeras (lavado de manos antes de comer n. de t.)» (Talmud Babilonio Tratado de Berajot 53(B)). Incluso aquel cuyas manos están limpias por haber terminado de lavarlas con agua y jabón debe abluirlas antes de comer pan a los efectos de purificarlas y santificarlas de cara a la comida (ver Shulján Aruj Oraj Jaím 158:1, Mishná Berurá 1).

02) La explicación espiritual del precepto

Cuanto más esencial o indispensable es una acción para la persona, mayor es su influencia sobre ella tanto positiva como negativamente. Es por ello que en torno a la comida, un aspecto fundamental de la existencia humana, fueron legisladas numerosas halajot. Esto se debe a que la persona puede comer para obtener un placer momentáneo o para obtener las energías necesarias para vivir una vida plena de contenido y significado. Todas las halajot que se dictaron sobre temas vinculados al comer apuntan a un solo objetivo: que el alimento potencie en nosotros buenas sensaciones y nos de fuerzas para elevarnos y dedicarnos a la reparación del mundo, mas no nos haga caer en la baja pasión de la simple gula carente de todo contenido espiritual. Dado que el pan es el principal alimento humano nuestros sabios decretaron que lavemos nuestras manos antes de ingerirlo.

La mayor parte de las acciones humanas se llevan a cabo por medio de las manos y de los dedos. Las manos tienen el poder de realizar acciones buenas y útiles, así como también malas y perniciosas. Esto se manifiesta por su capacidad especial de movimiento, se las puede alzar por encima de la cabeza y también hacerlas descender. Las manos sostienen, tocan y palpan todo, y por ello pueden ensuciarse más que cualquier otro órgano del cuerpo. Dado que el objetivo final de la comida es incrementar la fuerza y la vitalidad, abluimos nuestras manos de la impureza que se adhirió a estas por medio de las diferentes ocupaciones mundanas y las santificamos previo a comer, para poder extraer del alimento la vitalidad necesaria para una vida llena de valores.

Sobre esto, nuestros sabios dijeron (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 4(B)): «Todo aquel que come pan sin abluir sus manos es como si copulase con una prostituta». Tanto la comida como el amor entre un hombre y una mujer son esenciales para la existencia humana, y al igual que todo en esta vida, se lo puede realizar con santidad o, D´s no lo quiera, del modo inverso. Así como la Torá prohíbe amar por medio de la prostitución y nos ordena hacerlo por medio del matrimonio («Jupá y Kidushín»), de igual manera nuestros sabios nos ordenaron que lavemos nuestras manos antes de comer para de esa forma purificar y santificar nuestra alimentación. Empero quien come sin abluir sus manos se asemeja a quien come pan impuro, pues se remite únicamente al aspecto material del pan (Maharal de Praga, Netiv HaAvodá 16).

El precepto de lavar las manos recae sobre todo aquel que come del pan, aunque no llegue a tocarlo con la mano y lo coma con cuchillo y tenedor o, aunque otra persona lo coloque directamente en su boca. Sin embargo, una persona que no se dispone a comer ella misma, aunque toque el pan para alimentar a otra persona- no precisa lavar sus manos. Esto se debe a que el decreto del lavado de manos está destinado a purificar y santificar a la persona previo a que esta coma y por ende debe abluir las manos únicamente aquel que se dispone a comer (Shulján Aruj Oraj Jaím 163:2).

03) Lugar del lavado de manos

Según Rashí, el Rosh y numerosos juristas el agua de la ablución debe lavar todos los dedos hasta su sitio de unión con la mano, empero no es necesario lavar esta última. Por el contrario, según la opinión de Rif, Rambám y otros juristas, el deber del lavado de manos incluye toda la mano, desde la punta de los dedos hasta la muñeca.

Si bien por la base de la norma es posible adoptar una actitud más flexible pues el precepto de lavar las manos es de origen rabínico, la sentencia halájica final indica que es bueno adoptar una actitud más estricta y abluir toda la mano hasta la muñeca. Esto se deriva de lo que explica el Talmud Babilonio (Tratado de Shabat 62(B)) en cuanto a que todo aquel que desprecia (no es cuidadoso) el lavado de manos cae en la indigencia, y Rav Jisda atestiguó de su persona que solía abluir sus manos con abundante agua y en mérito de ello se tornó una persona rica. Por lo tanto, corresponde esmerarse en lavar toda la mano con abundante agua y no hacerlo mezquinamente vertiendo agua solamente sobre los dedos (Beit Iosef y Shulján Aruj 161:4, ver Beur Halajá).

Sin embargo, en caso de necesidad, cuando hay poca agua o cuando la palma de la mano exhibe lastimaduras, se puede confiar en la opinión flexible y lavar únicamente los dedos recitando la bendición correspondiente (Mishná Berurá 161:22).

Es oportuno aclarar que todos coinciden en que los dedos deben ser abluidos, existiendo discusión únicamente respecto de la palma de la mano. La regla general indica que la impureza se adhiere más fuertemente a las extremidades del cuerpo humano y por ello es claro que esta reside en los dedos en mayor medida que en el resto de la mano. Esta norma admite también la explicación de que la esencia interior del ser humano es pura, su intención interior está orientada hacia el bien, siendo que los conflictos y la impureza surgen de su encuentro con el mundo exterior. Por esta razón, la impureza reside más intensamente en las extremidades del cuerpo humano, lejos de su centro, lejos del corazón que alude a su pureza interior.

La misión última y principal del ser humano es la de confrontar con el mundo exterior, repararlo y elevarlo, siendo esta una función ejercida principalmente por las manos, pues por su intermedio se actúa, se hace y se comercia. Empero, durante la salida a su enfrentamiento con el mundo exterior, el hombre puede contaminarse e impurificarse del mal existente. Esta impureza se adhiere a los dedos que son la extremidad del cuerpo y se ocupan de las cuestiones mundanas. Los juristas debatieron si toda la mano se considera como extremidad corporal que absorbe impureza o únicamente los dedos.

04) Bendición por el cumplimiento de un precepto rabínico

El lavado de manos es uno de los siete preceptos dictados por nuestros sabios. La Torá otorgó a nuestros sabios la potestad de establecer preceptos, tal como está escrito (Devarim-Deuteronomio 17:10-11): «Y guardarás de hacer todo tal como te lo indiquen», «no te apartarás ni a la derecha ni a la izquierda». Por esta razón nosotros recitamos una bendición por la ablución de manos: «Baruj Atá Ad-onai Eloh-einu Melej Haolám Asher Kideshanu Bemitzvotav Vetzivanu Al Netilat Iadaim» (Bendito eres Tú Adonai Rey del Universo que nos consagró con Sus preceptos y nos ordenó la ablución de manos). Si bien este precepto no figura en la Torá escrita, se nos ordenó cumplir con los decretos de los sabios.

En términos generales, los preceptos originados en la Torá escrita son más importantes que los originados en los sabios. Existe una regla halájica en virtud de la cual, para todo caso de duda, si el precepto es originado en la Torá escrita se debe adoptar una actitud estricta, en cambio si este es de origen rabínico, se debe adoptar una actitud flexible. Empero, desde cierto punto de vista los dictámenes de los sabios son más a preciados o valorados o más queridos que las palabras de la Torá (Talmud Jerosolimitano Tratado de Berajot 1:4), pues sus decretos expresan la voluntad de la grey de Israel de adoptar y aceptar sobre nosotros más preceptos para santificarnos y acercarnos más a la completitud.

Es necesario saber, que en virtud de la superioridad y santidad de la Torá escrita nos resulta difícil percibir la profundidad de sus ideas y por ello nos cuesta cumplir con sus preceptos. Para que podamos llevar la Torá a nuestras vidas, HaShem les ordenó a los sabios que establezcan un cerco en torno a esta y que emitan decretos por cuyo intermedio podamos observar todos sus mandamientos. O sea, los preceptos de los sabios son un puente necesario e indispensable entre el ser humano y la Torá celestial, pues estos mandamientos expresan la Idea Divina tal como se recibe en este mundo, por medio de la conciencia humana de los sabios de Israel.

A los efectos de que las personas no sean negligentes en el cumplimiento de los preceptos rabínicos nuestros sabios fueron más enérgicos en su aplicación que en la de los preceptos de la Torá (Talmud Babilonio Tratado de Eruvín 77(A)). Es así como la Mishná nos cuenta (Eduiot 5:6) que Elazar Ben Janoj dudó de la validez del decreto de la ablución de manos y en virtud de ello nuestros sabios lo excomulgaron. Cuando falleció, el Beit Din envió una piedra que fue colocada sobre su ataúd ya que todo aquel que muere excomulgado su féretro es apedreado. Asimismo, el Talmud nos relata (ídem Eruvín 21(B)) que Rabí Akiva, siendo ya anciano, fue encarcelado por los romanos y su ayudante Rabí Iehoshúa a diario le traía alimentos y agua para beber y abluir las manos. Un día el carcelero derramó la mitad del agua no dejándole suficiente como para beber y también lavarse las manos. Rabí Akiva prefirió usar el agua restante para abluir sus manos y no para beber. Si bien de acuerdo con la norma, en un caso de necesidad mayor como ese, Rabí Akiva estaba exento del deber de lavar sus manos y podía haberla bebido, prefirió adoptar para sí una actitud más estricta y prácticamente poner en peligro su vida con tal de cumplir con un precepto de los sabios quienes ordenaron lavar las manos antes de la comida. En virtud de su entrega Rabí Akiva nos enseñó a todos cuán importante es cumplir puntillosamente con los preceptos de los sabios.

05) Lavado de manos previo a la ingestión de un alimento sumergido en líquido

En el marco del decreto de lavar las manos antes de comer pan, nuestros sabios estipularon que se laven las manos antes de ingerir un alimento que está sumergido en un líquido. No hemos de explayarnos en detalle sobre todas las leyes de esta cuestión, solamente mencionaremos que el agua o cualquiera de los siete líquidos (vino, miel, aceite, leche, rocío, sangre y agua) causan que la impureza se transfiera y se incremente. Por ello, nuestros sabios establecieron que todo aquel que ingiere una fruta o un alimento portador de humedad proveniente de alguno de los siete líquidos antes mencionados deberá lavar sus manos para purificarlas, pues de no hacerlo, las manos estarán impurificando el fruto o el alimento a consumir.

Según la opinión mayoritaria de los juristas, incluso hoy en día que no están vigentes o no se aplican las reglas de pureza e impureza, es necesario abluir las manos antes de consumir un alimento embebido en alguno de los siete líquidos. De igual manera, según las opiniones de Rambám, Rashí, Rabenu Ioná, Rosh y otros juristas, la regla respecto de la ingestión de un alimento embebido en líquido sigue en pie también en nuestros días.

Sin embargo, según las opiniones del Maharam de Rotenburg, el Baal HaYtur y Tosafot (Pesajim 115(A)) existe una diferencia entre las abluciones de manos, pues la previa a la ingestión del pan fue establecida también en aras de incrementar la santidad y la higiene y por ello en nuestros días debemos santificar nuestras manos e higienizarlas antes de la comida. Empero la regla de la ablución de manos previo a ingerir un alimento sumergido o embebido en líquido es solamente una medida que viene a reforzar el cumplimiento de la purificación previa a la ingestión de sus ofrendas o presentes por parte de los cohanim («Seraj terumá»), y dado que hoy en día las reglas de pureza e impureza no se aplican, esta ablución ya no es necesaria.

La mayoría de los juristas de las últimas generaciones sentenciaron que la halajá final debe ser conforme la opinión mayoritaria de los eruditos medievales o rishonim, por lo que se debe lavar las manos previo a ingerir un alimento sumergido o embebido en uno de los siete líquidos antes mencionados. Empero, dado que hay autoridades que adoptan a este respecto una actitud más flexible, la ablución no es acompañada del recitado de la bendición correspondiente (Shulján Aruj 158:4, Mishná Berurá 158:20). Según esto, quien por ejemplo come uvas o manzanas que tienen todavía gotas de agua que quedaron de su lavado, es necesario que abluya sus manos sin recitar la bendición previo a ingerirlas.

Sin embargo, en la práctica, muchos acostumbran a no lavar sus manos antes de ingerir un alimento sumergido o embebido en líquido. Algunos juristas (Divrei Jamudot, Maguén Abraham 158:8) escribieron que quienes así proceden tienen en quien respaldarse por cuanto que el lavado de manos es un precepto de origen rabínico y como en cualquier caso de duda respecto de un precepto rabínico, también en este caso, la halajá se sentencia de acuerdo con la opinión más flexible.

06) ¿Qué cantidad de pan hace necesario lavar las manos para ingerirlo?

Los juristas debatieron respecto de cuál es la cantidad de pan que torna necesaria la ablución de las manos. Algunos dicen que la cantidad es similar a la necesaria para poder recitar la bendición de «Hamotzí» por lo que tal como quien ingiere una cantidad ínfima de pan debe recitar Hamotzí, de igual manera debe también lavar sus manos (Lejem Jamudot y Maguén Abraham). Otros opinan que la ablución fue establecida para quienes tienen la intención de ingerir por lo menos un «kezait» de pan. Según esta idea el lavado de manos está vinculado al recitado de Birkat HaMazón y entonces tal como se debe recitar bendición final por un alimento si se ingirió por lo menos un «kezait», de igual manera esta es la cantidad de alimento que torna necesario abluir las manos (Ritba y Gaón de Vilna). Hay también quienes consideran que el lavado de manos fue establecido para quienes tienen la intención de ingerir una cantidad equivalente a un volumen de «kabeitzá» (Beit Iosef según HaRokeaj).

A la hora de dictar halajá, es correcto tomar en cuenta todas las opiniones, por lo tanto, quien tenía la intención de ingerir una cantidad ínfima de pan debe también lavar sus manos. Empero la bendición la recitará únicamente quien tiene la intención de ingerir una cantidad equivalente a «kabeitzá», pues la regla general indica que en todo caso de duda relativo al recitado de bendiciones se ordena no recitarlas (Shulján Aruj 158:2-3, Mishná Berurá 10). Todas las personas saben cuál es el tamaño de un huevo («kabeitzá») y por ello quien considere que el trozo de pan a ingerir tiene por lo menos ese tamaño, habrá de recitar la bendición correspondiente al lavado (ver adelante 10:6).

Asimismo, quien tiene la intención de hacer su comida con alimentos que entran en la categoría de «mezonot», debe primeramente abluir sus manos recitando la bendición correspondiente y luego recitar tanto «Hamotzí» como «Birkat Hamazón» (tal como se explica en Mishná Berurá 158:8, Kaf HaJaím 158:7 y a continuación 6:7).

07) El agua

El lavado (Netilá) debe ser realizado empleando un recipiente que contenga por lo menos un «reviít halog» de agua, lo cual equivale al volumen de un huevo y medio (75 ml., adelante 10:11). Quien lava sus manos con una cantidad de agua inferior a esta, no cumplió con su deber (adelante en las halajot 11-12).

El agua debe ser transparente tal como se ve habitualmente y si su aspecto se vio alterado deja de ser apta para lavarse. Según esto, está prohibido lavar las manos con jugo pues se trata de agua cuyo color se vio alterado (Shulján Aruj Oraj Jaím 160:1).

Agua que fue empleada para alguna labor, deja de ser apta para lavar las manos pues entra en la definición de aguas residuales. Por ello, no se puede lavar las manos con agua empleada para lavar los platos. Agua en la que se introdujo un biberón o mamadera a los efectos de atemperarlo y poder alimentar con este a un bebé, deja de ser apta para lavar las manos pues ya fue usada para una labor (Shulján Aruj 160:2).

A los efectos de explicar un poco la cuestión de la virtud purificadora del agua es necesario primeramente recordar que la impureza está vinculada a la muerte y el deceso, y por ello un cuerpo muerto es el origen de la impureza. Por el contrario, el agua es el líquido de la vida, por medio del cual todos los vegetales y animales subsisten. Más aún, el agua es anterior a la creación pues previo al inicio de la obra creadora leemos: «y el espíritu de Elokim flotaba sobre las aguas», de esto se desprende que el agua es un elemento primigenio. Quizás por ello la Torá ordenó que aquella persona que pecó y se alejó de la fuente de su vida – que sumerja su cuerpo completamente en una Mikve con agua que es el fundamento primero de la vida en la creación y en virtud de ello se despierten las raíces vitales que anidan en su interior y su alma pura se fortifique y la impureza adherida a su cuerpo se retire. Además, el agua sirve para limpiar la suciedad adherida al cuerpo por lo que el acto de la inmersión encierra un simbolismo especial que alude a que tal como por efecto del agua la suciedad se aparta del cuerpo, la impureza adherida a la faz exterior de la persona se retira.

Este motivo está vinculado también a la ablución de manos previo a la comida, pues el acto de comer puede degradar a la persona hacia el aspecto material, empero cuando purifica primeramente sus manos con agua que es el fundamento de la vida, eleva su ingestión llevándola a un plano ideal en el cual el alimento y su buen sabor le confieren energías y alegría para una vida plena de contenido.

Quizás por esta razón nuestros sabios alabaron a quien lava sus manos con abundante agua (Talmud Babilonio Tratado de Shabat 62(B)). La intención de los sabios es alabar a quien cumple el precepto del lavado de manos con excelencia, de modo tal que el agua pasa por toda la mano. Sin embargo, su intención no fue alentar el desperdicio de agua por parte de quien lava sus manos, ya que en ese caso se incurre en la prohibición de malograr o «bal tashjit».

08) El recipiente

El lavado que purifica las manos antes de la comida debe realizarse mediante un recipiente, emulando a los cohanim quienes santificaban sus manos y pies con agua proveniente del «kior» que era un utensilio que contenía agua. De no mediar el uso de un recipiente, la ablución de manos no es válida. Por ejemplo, si una persona recoge agua en sus palmas y la vierte sobre las manos de su compañero este último no cumplió con su deber, por cuanto que en el lavado no medió un recipiente. Asimismo, quien llena una bolsa de nylon con agua y desde esta vierte agua sobre sus manos – no cumplió con su deber, por cuanto que la bolsa no es considerada un recipiente.

El recipiente debe contener por lo menos un «reviít» (un huevo y medio que equivale a unos 75 ml.). Si el recipiente no posee esta capacidad no es apto para la acción de la ablución (Shulján Aruj 159:1).

Un recipiente que está averiado o perforado, si al ser sumergido en líquido este puede ingresar a través del orificio de la avería («konés mashké») – no es apto para la acción de la ablución. Cuando el recipiente contiene en su interior agua y esta gotea de modo constante, sin dudas que esta avería entra en la categoría de «konés mashké», por lo que no es apto para ser usado en la ablución (Shulján Aruj 159:1, Mishná Berurá 7).

Si el orificio de la avería es más amplio y a través de este sale agua en una cantidad que permite lavar las manos y hasta la altura del orificio el recipiente puede contener un volumen equivalente a un reviít, se podrá realizar la ablución vertiendo el agua a través del orificio (Shulján Aruj 159:2).

De existir una quebradura en el borde del recipiente, este sigue siendo apto para realizar la ablución empero es necesario tener la precaución de verter el agua a través del sitio donde el borde se quebró, pues sólo hasta la altura de la rotura el agua permanece dentro del recipiente sin fluir hacia afuera; lo que está por encima de la rotura, por cuanto que no puede retener el agua en su interior, no se lo considera recipiente y no es apto para la ablución. Asimismo, se permite lavar las manos vertiendo agua de una jarra que tiene una suerte de embudo o tubo estrecho de salida en su borde, empero si este tubo se encuentra en un sitio de la jarra más bajo que su borde habitual se debe verter el agua sobre las manos a través del tubo. Asimismo, se permite verter agua sobre las manos desde una caldera o pava; sin embargo si el pico vertedor se encuentra más abajo que el resto del borde de la tapa, se deberá necesariamente verter el agua sobre las manos desde el pico vertedor, pues la pava o caldera retiene agua solamente hasta esa altura (Mishná Berurá 159:24).

Hay quienes dicen que, a priori, no se debe usar un vaso desechable de plástico o cartón para abluir las manos, dado que no se lo considera como recipiente duradero ya que será arrojado a la basura inmediatamente después de ser utilizado. Sin embargo, en la práctica, la opinión mayoritaria de los juristas considera que no hace diferencia si se usa un recipiente una o varias veces, y dado que el vaso desechable es usado como recipiente pues se bebe de él – se lo considera así a los efectos de abluir las manos (Tzitz Eliezer 12:23). Sin embargo, a los efectos de cumplir el precepto con excelencia, es mejor usar siempre un mismo recipiente que no esté destinado a ser arrojado a la basura (Az Nidberú 6:48, ver Pninei Halajá Shabat 5).

Está permitido lavarse las manos vertiendo agua desde una botella y aunque esto lleve algo más de tiempo la demora no implica problema alguno. De ser posible, es mejor que el agua fluya de modo continuo hasta alcanzar a mojar la totalidad de la mano (Mishná Berurá 162:30, ver Shaar Hatziún 27-28).

De esta halajá se puede aprender que todo ideal, por encumbrado que sea requiere de un marco definido que permite su concreción. El agua representa el contenido y el recipiente el marco sin el cual el agua no puede purificar las manos.

09) La fuerza que proviene de un hombre («Koaj Gavra») y la canilla o llave

Nuestros sabios establecieron que el agua debía ser vertida sobre las manos desde un recipiente y que el acto del vertido debía involucrar la acción (‘fuerza’) de la persona que se lava. Ellos respaldaron esta idea en el versículo que reza (Bamidbar-Números 19:17): «…cuando haya puesto sobre él agua surgente en una vasija«. Empero una persona que mojó sus manos bajo la lluvia no cumplió con su deber, pues el agua llegó a él sin que medie la vasija o recipiente y sin el concurso de su fuerza o accionamiento personal.

Por ejemplo, calentadores de agua («samovares») que poseen una canilla o llave en su parte inferior son unánimemente considerados recipientes, por lo que está permitido inclinar el calentador hasta que el agua salga del mismo y en un caso así se considera que medió la fuerza de la persona y por ende se cumplió con la ablución. Surge la pregunta de si es válido abluir las manos abriendo la canilla o llave del agua que se encuentra en la parte inferior del calentador. Por una parte, el agua sale por efecto de la fuerza personal de quien abrió la canilla o llave, por la otra, su acción solamente retiró un obstáculo que impedía la salida del agua y esta salió por sí sola. En un caso así surge la pregunta de si esta acción implica o no la participación de la fuerza de la persona o «Koaj Gavra». La halajá final considera la apertura de la canilla o llave como un acto en el cual participa el vigor personal, empero una vez que esta es abierta se considera que el agua fluye por sí sola por lo que no es apta para la ablución de las manos. Por lo tanto, quien desee lavar sus manos usando agua que sale de la canilla o llave del calentador, debe colocar su mano bajo esta, con la otra abrirla y una vez que el agua comenzó a fluir – deberá cerrarla y así repetir esta acción hasta que el agua alcance a mojar toda la mano, pues es posible culminar la ablución vertiendo agua varias veces de manera continua (Shulján Aruj 159:9, Mishná Berurá 162:30).

Todo esto aplica cuando se trata de una canilla o llave que es parte de un recipiente, empero de una canilla o llave común como la que tenemos en la pileta de la cocina o el fregadero, no se puede abluir las manos pues, aunque el agua que fluye tras abrir la canilla es el resultado de la fuerza personal, el caño o tubo del agua no entra en la categoría de recipiente y ya vimos que la ablución requiere del uso de este.

Se puede lavar las manos sin usar recipientes y sin recurrir a la fuerza personal introduciéndolas en una Mikve, en un manantial, en un río o en el mar. Esto obedece a que la Mikve posee un mayor poder purificador que la ablución pues purifica el cuerpo entero y por lo tanto obviamente que purifica las manos. Por la inmersión de las manos en una Mikve se debe recitar la bendición «Al Netilat Iadaim» (ver Shulján Aruj 159:14-20).

10) Objetos que se interponen entre el agua y las manos («jatzitzá»)

Si se adhiere a la mano suciedad o pintura estos se interponen entre el agua y la mano. Si esta interposición abarca la mayoría de la mano deja sin efecto la validez de la ablución.

Sin embargo, si la suciedad o mancha que se interpone cubre la minoría de la superficie de la mano – la decisión de si la ablución será o no válida dependerá de la percepción que las personas tengan de la mancha en cuestión. Si tanto la persona que porta la mancha así como las personas que lo rodean acostumbran a considerarla como interposición, por ejemplo en el caso de una mancha de pintura, aunque sólo ocupe una pequeña porción de la superficie de la mano será obligatorio lavarla antes de realizar la ablución. En caso de haber realizado la ablución sin retirar la mancha, esta no tiene validez y deberá eliminar la suciedad y posteriormente volver a abluir las manos recitando la bendición correspondiente.

En caso de que la mancha que lleva la persona en su mano es tal que la mayoría de las personas tienen el recaudo de retirarla antes de abluir sus manos y la persona en cuestión no acostumbra a hacerlo o, si en caso contrario, la persona en cuestión acostumbra a tener el recaudo de eliminar ese tipo de mancha antes de abluir sus manos y el resto de las personas no acostumbran a hacerlo – deberá retirar la mancha previo a la ablución. En caso de equivocarse y haber realizado la ablución sin retirar previamente la mancha, volverá a realizarla sin recitar la bendición correspondiente pues según la opinión de algunos de los juristas no se trata de una interposición («jatzitzá») que priva a la ablución de validez.

Personas que se dedican a pintar y poseen en sus manos, de modo permanente, manchas difíciles de retirar a diario, si bien para la mayoría de las personas se trata de una interposición que priva de validez a la ablución no es así para estos profesionales de la pintura, pues es sabido que para ellos no son manchas considerables. Lo mismo ocurre en el caso de «sofrei stam» («escribas rituales») cuyas manos suelen estar manchadas de tinta (Shulján Aruj 161:2).

Algo similar ocurre en el caso de las mujeres que pintan sus uñas, no se considera al esmalte como interposición pues se trata de una mancha deseada. En caso de que el esmalte se descascare en un grado tal que las mujeres no acostumbran a salir con este en ese estado – es su deber retirarlo previo a la realización de la ablución.

En el caso de un anillo que se lleva en el dedo y se acostumbra a no retirarlo nunca – se lo considera parte de la mano y no hace de interposición con el agua. Empero en el caso de anillos que en determinadas circunstancias sí son retirados – no se los considera parte de la mano por lo que en estas situaciones hay interposición con el agua de la ablución. Por lo tanto, una mujer que acostumbra retirar su anillo cuando amasa, debe quitárselo para la ablución de manos. Si bien de acuerdo con la norma en caso de colocar el anillo de manera holgada en el dedo no se considera que este se interponga entre la mano y el agua, dado que en la práctica es dificultoso definir con exactitud cuándo el anillo está holgado y cuándo está ajustado, se acostumbra adoptar una actitud más estricta y quitar antes de la ablución todo anillo que en alguna oportunidad es retirado para algún menester (Shulján Aruj y Ramá 161:3).

Quien se lastimó al grado de que tuvo que aplicarse una «curita», banda protectora o vendaje, si es posible retirarlos con facilidad para la ablución es necesario hacerlo. Empero si retirarlo implica dolor o afecta negativamente a la herida – que realice la ablución en el resto de la mano y cumpla así con su deber (Shulján Aruj 162:10). En este caso debe tenerse la precaución de verter de una sola vez un reviít de agua sobre la mano (un volumen equivalente al de un huevo y medio), pues de no ser así se despiertan dudas respecto de la validez de la ablución (tal como se explicará en la próxima halajá, en cuanto a que al verterse un reviít de modo continuo el agua no adquiere impureza).

En el caso de una lastimadura que cicatrizó, si la cascarilla o costra molesta y es fácil de retirar – deberá hacerlo previo a la ablución. Empero si la misma es tan diminuta que no molesta, o si retirarla puede reabrir la lastimadura y hasta doler – no es necesario quitarla previo a ella (Shulján Aruj HaRav 161:6).

11) Orden práctico de la ablución de manos

Así es el orden de la ablución: primero se lava la mano derecha dos veces ininterrumpidamente y luego se hace lo mismo con la mano izquierda. Se anticipa la mano derecha pues alude o insinúa la virtud del jesed o generosidad. Durante toda la ablución hasta el secado de las manos se acostumbra alzar levemente los dedos (hay quienes acostumbran lavar cada mano tres veces según la tradición del Aríz»al y luego elevan sus manos hasta la altura de la cabeza y recitan la bendición, Kaf HaJaím 162:2).

Esta ablución es diferente a la de la mañana pues en esta última se debe verter alternadamente el agua tres veces sobre cada mano, o sea, primero sobre la derecha y luego sobre la izquierda y así sucesivamente hasta completar las tres veces. Esto obedece a que tras dormir, reposa sobre las manos un espíritu negativo y nuestros sabios indicaron que la forma de quitarlo es justamente verter agua alternadamente tres veces (Talmud Babilonio Tratado de Shabat 109(A)). Empero en el caso de la ablución previa a la comida, no sólo no es necesario verter el agua alternadamente, sino que por el contrario es preferible verter dos veces seguidas e ininterrumpidas sobre cada una de las manos. Esto obedece a la posibilidad que la primera vez que vertió agua lo hizo en una cantidad inferior a un reviít (menos que el volumen de un huevo y medio), si bien la mano habrá quedado purificada, mas el agua empleada (la que quedó sobre la mano) estará impura y solamente por medio de la segunda netilá, los restos del agua que permanecieron sobre la mano habrán de purificarse. A los efectos de acelerar el proceso de purificación, se tiene el cuidado de verter agua dos veces ininterrumpidamente sobre cada mano.

Si bien se vierte agua dos veces sobre cada mano, es bueno tener la precaución de que la primera vez caiga sobre cada una por lo menos un «reviít halog» (volumen equivalente al de un huevo y medio) y de esa forma, de acuerdo a la opinión de todos los juristas, se purifican completamente ambas manos.

El recipiente de uso común para la ablución posee un volumen aproximado de un litro y con la mitad de este se puede cumplir adecuadamente con el precepto con suma excelencia. El problema radica en el hecho de que no todos vierten el agua con eficiencia y exactitud, y entonces hay situaciones en las que por más que se vierta sobre la mano abundante cantidad de agua, esta no alcanza a mojar todos los dedos ni toda la mano y por ende la purificación no tiene lugar. Por ello, es necesario aprender a verter el agua correctamente, de modo tal que en cada vuelta alcance a mojarse la completitud de la mano.

Corresponde señalar que es posible abluir las manos con un vaso común. Acostumbramos a verter agua sobre toda la mano por lo que tenemos la precaución de utilizar cada vez por lo menos un reviít con cada mano y por ello el agua contenida en un vaso normalmente alcanza para una sola mano, por lo que tras abluir la mano derecha es posible volver a llenarlo para abluir la izquierda. Solamente es necesario poner atención en que mientras se rellena el vaso, la mano que ya fue lavada no toque la que aún no lo fue.

12) Detalles para tener en cuenta a la hora de lavar o abluir las manos

El proceso de eliminación de la impureza de las manos y su purificación es de carácter complejo y mientras este tiene lugar es necesario tomar precaución de no malograrlo. Por este motivo, quien terminó de abluir su mano derecha debe tener el recaudo de que esta no toque la otra mano, ya que, si la mano que aún no fue abluida toca la que ya lo fue, la primera habrá de impurificar los restos de agua que se encuentran sobre la segunda y por ende impurificará la mano ya abluida.

Dado que la impureza llega a cada una de las manos proveniente de la otra, no es posible continuar purificándolas mediante otra ablución, pues esta ablución suplementaria puede purificar únicamente el agua primera que fue impurificada al purificar la mano, pero el agua impurificada por contacto con la otra mano no puede ser purificada por efecto de otra ablución, sino que es necesario secar las manos y comenzar el proceso nuevamente. Tras la finalización del proceso de ablución de ambas manos, esto es, tras abluir cada mano dos veces, estas pueden tocarse y muchos acostumbran a restregarlas una con la otra. Empero si otro judío cuyas manos no fueron abluidas toca una de las manos ya lavadas, estas volverán a impurificarse y para purificarlas será necesario secarlas y volver a iniciar el proceso (Shulján Aruj 162:4, Mishná Berurá 45 y 48).

Tras secar las manos concluye el proceso de purificación y estas ya no vuelven a adquirir impureza, y aunque toque a otro judío que no abluyó sus manos, las manos abluidas y secas ya no se impurifican. Aunque las manos del judío que no las abluyó estén húmedas, las manos del que concluyó el proceso de purificación ya no se impurifican y puede continuar comiendo.

Hay quienes tienen el cuidado de secar por completo las asas del recipiente de ablución («natlá»), pues según su opinión quien emplee el recipiente posteriormente, al asirlo, el agua que permanece en el recipiente se verá impurificada y tras abluir su mano derecha tomará el recipiente con esa mano para abluir la mano izquierda, la mano derecha volverá a impurificarse del agua impura que se encuentra sobre el asa. A los efectos de evitar la impureza del agua que se encuentra sobre el recipiente se secan las asas de toda humedad (Pitjei Shearim y Shulján Shelomó).

Empero en la práctica, la opinión mayoritaria de los juristas indica que no es necesario secar el recipiente previo a la ablución y que toda la precaución de no tocar una mano que no fue aún abluida se refiere solamente al agua que se encuentra sobre las manos al momento mismo de la ablución. Empero el agua que se encuentra sobre las manos, previo al inicio de la ablución no se impurifica. Por ejemplo, quien tenía sucias las manos y las lavó previo a la ablución, el resto de agua que se encuentra sobre sus manos no está impura por lo que puede llenar el recipiente y abluir sus manos sin necesidad de haberlas secado previamente (Beur Halajá 162:2, ‘הנוטל’). Otro tanto ocurre con la cuestión de tocar el asa del recipiente («natlá») antes de la ablución; el agua que se encuentra sobre el asa no se impurifica por contacto con la mano aún no abluida y por lo tanto tampoco se impurificará después cuando, durante el proceso de purificación la mano toque la humedad que se encuentra en el asa. Sin embargo, es importante guardar recaudo de que cada mano sea abluida dos veces ininterrumpidamente, pues de ese modo el agua que queda sobre la mano se purifica por completo. Empero cuando se abluye la mano una sola vez con menos de un reviít, el agua impura que se encuentra sobre la mano pasa al asa y cuando la otra mano lo sostiene se impurifica por lo que será necesario secar las manos y comenzar nuevamente el proceso (Mishná Berurá 162:49, Sha´ar Hatziún 41).

13) El momento del recitado de la bendición

Se recita la bendición «Al Netilat Iadaim» tras la ablución y previo al secado de las manos. Aparentemente cabría preguntar por qué si comúnmente solemos recitar las bendiciones antes de realizar la mitzvá, de modo tal que consagramos nuestra intención ante la mitzvá, en el caso de la ablución de manos este orden se ve invertido.

Un motivo estriba en el hecho de que a veces no es posible recitar la bendición antes de la ablución, porque las manos están sucias y no corresponde bendecir en ese estado y por ello se bendice después del lavado. A los efectos de no generar confusión en el seno de quienes lavan sus manos, se fijó la costumbre de que todos deben recitar la bendición después de la ablución. Algo similar se da cuando un prosélito que se sumerge en la Mikve para completar su proceso de conversión recita la bendición por la inmersión después de realizarla, por cuanto que antes de la inmersión todavía era gentil y no podía recitar la bendición por la conversión (ver Tosafot Berajot 51(A)), Tur y Beit Iosef 158:11).

Además, el secado de las manos es parte del cumplimiento del precepto ya que no es agradable comer pan con las manos mojadas y la finalidad de la ablución es limpiar y purificar las manos antes de la comida (Rashí a Sotá 4(B), Mishná Berurá 158:45-46). Según esto, mientras se recite la bendición previo al secado de las manos se considera que se bendice antes de concluir el cumplimiento del precepto.

Dado que la bendición aplica o refiere a todo el proceso de la ablución, está prohibido interrumpir mediante el habla desde el comienzo de la ablución hasta la finalización del secado de las manos. Es necesario apresurarse en recitar la bendición inmediatamente después de la ablución así como apresurarse a secar las manos tras haber bendecido.

14) Interrupción entre el secado de las manos y el recitado de la bendición de «Hamotzí»

Los juristas debatieron respecto de si es o no permitido hablar entre el final del secado de manos y el recitado de la bendición de «Hamotzí». Según Rambám mientras la persona no se distraiga y olvide que está a punto de comer – puede hablar sobre cualquier tema sin que se lo considere interrupción. Empero en el caso de quien se distrajo tanto en virtud de palabras como de acciones, al punto de que olvidó que está por iniciar la comida – perdió la ablución de manos y deberá volver a efectuarla. Según la opinión del Rosh no se debe interrumpir hablando entre la ablución y el recitado de «Hamotzí», y sólo en caso de que las palabras se ocupen de algo relativo a la comida estará permitido hablar. Por ejemplo, si a la persona le hace falta sal, un cuchillo o pan podrá pedir que se lo traigan a la mesa.

En la práctica, los juristas escribieron que corresponde adoptar una actitud más estricta y no interrumpir entre la finalización del secado de las manos y el recitado de «Hamotzí», hablando de cosas no relativas o necesarias para la comida que se está por ingerir (Shulján Aruj 166:1, Mishná Berurá 2-3). Sin embargo, en este lapso está permitido responder «Amén» (Kitzur Shulján Aruj 41:2). Asimismo, si una persona importante pregunta algo y en caso de no responderle esto implicaría una ofensa – habrá de respondérsele brevemente.

Hay juristas que consideran (Ramá según Tosafot Sotá 39(A)) que es conveniente que el tiempo que transcurra entre que la persona culmine la ablución y recite la bendición de «Hamotzí» sea inferior al que lleva caminar veintidós codos, esto es, unos once metros. Empero si la pileta o fregadero se encuentra a una distancia de once metros de la mesa se puede lavar en esta las manos a priori sin que se lo considere como una interrupción. Esto obedece a que esta precaución extra se refiere a no interrumpir hablando sobre cosas innecesarias durante el lapso que lleva andar los once metros, empero de mediar necesidad, esto no se considera interrupción ni siquiera de acuerdo a la opinión más estricta (Aruj HaShulján 166:2).

15) Quien abluye sus manos tras haber hecho sus necesidades

A veces, una persona hace sus necesidades antes de sentarse a comer y entonces al salir del baño debe abluir sus manos por dos razones: la primera para purificarse tras haber evacuado y la segunda de cara a sentarse a comer. Surge entonces la pregunta de si es posible o no contentarse con una sola ablución.

Hay juristas que sostienen que es preferible abluir las manos dos veces, pues de hacerlo una sola vez deberá recitar dos bendiciones, «Asher Iatzar» y «Al Netilat Iadaim». Inmediatamente después de recitar «Al Netilat Iadaim» no podrá recitar «Asher Iatzar» pues está prohibido interrumpir entre la ablución de manos y la bendición correspondiente, y tampoco podrá recitar «Asher Iatzar» inmediatamente después de secarse las manos para no interrumpir entre la ablución y el recitado de la bendición por el pan («Hamotzí»). Postergar el recitado de «Asher Iatzar» para después de haber recitado la bendición del pan y comenzado a comer implica una demora excesiva. Por lo tanto, deberá lavarse las manos primeramente sin emplear para ello el recipiente o «natlá», de modo tal que el lavado no sea apto como ablución previa a comer y recitar la bendición de «Asher Iatzar». Luego, sin que medie necesidad de secarse las manos habrá de lavarlas por segunda vez empleando para ello el recipiente y recitará la bendición de «Al Netilat Iadaim» (ver Shulján Aruj Oraj Jaím 165:1 y Mishná Berurá 2).

Hay juristas que sostienen que es posible contentarse con una sola ablución empleando para ella el recipiente recitando la bendición de «Al Netilat Iadaim» antes de secarse las manos y tras secarlas recitar «Asher Iatzar» para recién después recitar la bendición por el pan y comer. Según esta opinión la bendición de «Asher Iatzar» no se considera una interrupción entre la ablución y la ingestión del pan. Según la opinión de algunos de los principales eruditos de las últimas generaciones se puede actuar de esta forma a priori. Quien desee respaldarse en esta opinión y actuar así puede hacerlo (Aruj HaShulján 165:2, ver Mishná Berurá 165:2).

16) Quien va al baño en medio de la comida

Una persona que durante la comida toca una parte cubierta de su cuerpo que tiene algo de transpiración, debe volver a abluir sus manos pues la intención del lavado es la de limpiar y santificarlas previo a comer, y al tocar una parte sucia del cuerpo se pierde la ablución ya realizada. Según la opinión de muchos, es necesario incluso recitar la bendición correspondiente tras esta nueva ablución (Rashbá, Shulján Aruj 164:2), empero dado que hay autoridades halájicas que disienten, habrá de lavarse las manos sin recitar la bendición (Rabí Shelomó Luria, Shiurei Kneset HaGuedolá). Aunque la persona haya ido al baño únicamente para orinar, al salir deberá abluir sus manos sin recitar la bendición.

Empero si fue al baño para ir de cuerpo y tiene la intención de continuar comiendo un volumen de pan equivalente a un huevo – deberá abluir sus manos y recitar la bendición. En un caso así se habrá de proceder de la siguiente forma: inmediatamente después de la ablución se habrá de recitar «Al Netilat Iadaim» y tras secarse las manos se recitará «Asher Iatzar». Si bien hay quienes dudan respecto de este proceder, el mismo es conforme a la opinión mayoritaria de los juristas y es la práctica habitual de muchos (Mishná Berurá 164:13, Beur Halajá ‘לחזור’).

Quien se ausentó del sitio donde se come por una hora o más y se distrajo del cuidado de la limpieza de sus manos, aunque tenía la intención de continuar comiendo pan, se lo considera como quien comienza a comer nuevamente y debe abluir sus manos y recitar la bendición de «Al Netilat Iadaim», empero no habrá de recitar «Hamotzí», ya que tenía la intención de continuar comiendo pan. Asimismo, quien se fue a dormir a su cama en medio de la comida durante más de media hora, en caso de que luego quiera continuar comiendo y desee ingerir pan – deberá abluir sus manos y recitar la bendición correspondiente (ver arriba 6). En caso de haber dormido menos de media hora, al retornar, que abluya sus manos sin recitar la bendición (Shulján Aruj 170:1, Mishná Berurá 170:9, Mishná Berurá 178:48, ver Piskei Teshuvá 164:5).

17) En caso de gran necesidad

Una persona que desea comer pan y carece de agua para la ablución de manos, nuestros sabios lo obligan a caminar una distancia de hasta un «mil» (aproximadamente un kilómetro), para cumplir con el precepto del lavado de manos. Empero si el agua se encuentra a una distancia aún mayor, que envuelva sus manos en guantes o alguna prenda que se interpongan entre estas y el pan, que recite la bendición de «Hamotzí» y coma (Shulján Aruj 163:1).

Quien va por el camino y sabe que hay agua a algunos kilómetros de distancia más adelante, si el agua está a menos de cuatro «mil» (unos 4 kilómetros) deberá continuar con su camino y al llegar al sitio del agua que abluya sus manos y coma.

En caso de que el agua se encuentre a los costados del camino o detrás suyo, siempre y cuando se trate de una distancia inferior a un «mil» (aproximadamente un kilómetro) deberá dirigirse hacia el sitio del agua y abluir sus manos.

Sin embargo, si el agua se encuentra delante suyo a una distancia superior a los cuatro «mil» o a sus costados a una distancia mayor de un «mil» y está hambriento – puede envolver sus manos en guantes o una prenda y comer sin abluir sus manos. En caso de carecer de una prenda para envolver las manos podrá comer el pan por medio de una cuchara o un tenedor para no tocarlo directamente (ver Ramá 163:1, Mishná Berurá 7).

Contents

[catlist categorypage=»yes» order=ASC]