04) Bendición por el cumplimiento de un precepto rabínico

El lavado de manos es uno de los siete preceptos dictados por nuestros sabios. La Torá otorgó a nuestros sabios la potestad de establecer preceptos, tal como está escrito (Devarim-Deuteronomio 17:10-11): «Y guardarás de hacer todo tal como te lo indiquen», «no te apartarás ni a la derecha ni a la izquierda». Por esta razón nosotros recitamos una bendición por la ablución de manos: «Baruj Atá Ad-onai Eloh-einu Melej Haolám Asher Kideshanu Bemitzvotav Vetzivanu Al Netilat Iadaim» (Bendito eres Tú Adonai Rey del Universo que nos consagró con Sus preceptos y nos ordenó la ablución de manos). Si bien este precepto no figura en la Torá escrita, se nos ordenó cumplir con los decretos de los sabios.

En términos generales, los preceptos originados en la Torá escrita son más importantes que los originados en los sabios. Existe una regla halájica en virtud de la cual, para todo caso de duda, si el precepto es originado en la Torá escrita se debe adoptar una actitud estricta, en cambio si este es de origen rabínico, se debe adoptar una actitud flexible. Empero, desde cierto punto de vista los dictámenes de los sabios son más a preciados o valorados o más queridos que las palabras de la Torá (Talmud Jerosolimitano Tratado de Berajot 1:4), pues sus decretos expresan la voluntad de la grey de Israel de adoptar y aceptar sobre nosotros más preceptos para santificarnos y acercarnos más a la completitud.

Es necesario saber, que en virtud de la superioridad y santidad de la Torá escrita nos resulta difícil percibir la profundidad de sus ideas y por ello nos cuesta cumplir con sus preceptos. Para que podamos llevar la Torá a nuestras vidas, HaShem les ordenó a los sabios que establezcan un cerco en torno a esta y que emitan decretos por cuyo intermedio podamos observar todos sus mandamientos. O sea, los preceptos de los sabios son un puente necesario e indispensable entre el ser humano y la Torá celestial, pues estos mandamientos expresan la Idea Divina tal como se recibe en este mundo, por medio de la conciencia humana de los sabios de Israel.

A los efectos de que las personas no sean negligentes en el cumplimiento de los preceptos rabínicos nuestros sabios fueron más enérgicos en su aplicación que en la de los preceptos de la Torá (Talmud Babilonio Tratado de Eruvín 77(A)). Es así como la Mishná nos cuenta (Eduiot 5:6) que Elazar Ben Janoj dudó de la validez del decreto de la ablución de manos y en virtud de ello nuestros sabios lo excomulgaron. Cuando falleció, el Beit Din envió una piedra que fue colocada sobre su ataúd ya que todo aquel que muere excomulgado su féretro es apedreado. Asimismo, el Talmud nos relata (ídem Eruvín 21(B)) que Rabí Akiva, siendo ya anciano, fue encarcelado por los romanos y su ayudante Rabí Iehoshúa a diario le traía alimentos y agua para beber y abluir las manos. Un día el carcelero derramó la mitad del agua no dejándole suficiente como para beber y también lavarse las manos. Rabí Akiva prefirió usar el agua restante para abluir sus manos y no para beber. Si bien de acuerdo con la norma, en un caso de necesidad mayor como ese, Rabí Akiva estaba exento del deber de lavar sus manos y podía haberla bebido, prefirió adoptar para sí una actitud más estricta y prácticamente poner en peligro su vida con tal de cumplir con un precepto de los sabios quienes ordenaron lavar las manos antes de la comida. En virtud de su entrega Rabí Akiva nos enseñó a todos cuán importante es cumplir puntillosamente con los preceptos de los sabios.

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