02) La explicación espiritual del precepto

Cuanto más esencial o indispensable es una acción para la persona, mayor es su influencia sobre ella tanto positiva como negativamente. Es por ello que en torno a la comida, un aspecto fundamental de la existencia humana, fueron legisladas numerosas halajot. Esto se debe a que la persona puede comer para obtener un placer momentáneo o para obtener las energías necesarias para vivir una vida plena de contenido y significado. Todas las halajot que se dictaron sobre temas vinculados al comer apuntan a un solo objetivo: que el alimento potencie en nosotros buenas sensaciones y nos de fuerzas para elevarnos y dedicarnos a la reparación del mundo, mas no nos haga caer en la baja pasión de la simple gula carente de todo contenido espiritual. Dado que el pan es el principal alimento humano nuestros sabios decretaron que lavemos nuestras manos antes de ingerirlo.

La mayor parte de las acciones humanas se llevan a cabo por medio de las manos y de los dedos. Las manos tienen el poder de realizar acciones buenas y útiles, así como también malas y perniciosas. Esto se manifiesta por su capacidad especial de movimiento, se las puede alzar por encima de la cabeza y también hacerlas descender. Las manos sostienen, tocan y palpan todo, y por ello pueden ensuciarse más que cualquier otro órgano del cuerpo. Dado que el objetivo final de la comida es incrementar la fuerza y la vitalidad, abluimos nuestras manos de la impureza que se adhirió a estas por medio de las diferentes ocupaciones mundanas y las santificamos previo a comer, para poder extraer del alimento la vitalidad necesaria para una vida llena de valores.

Sobre esto, nuestros sabios dijeron (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 4(B)): «Todo aquel que come pan sin abluir sus manos es como si copulase con una prostituta». Tanto la comida como el amor entre un hombre y una mujer son esenciales para la existencia humana, y al igual que todo en esta vida, se lo puede realizar con santidad o, D´s no lo quiera, del modo inverso. Así como la Torá prohíbe amar por medio de la prostitución y nos ordena hacerlo por medio del matrimonio («Jupá y Kidushín»), de igual manera nuestros sabios nos ordenaron que lavemos nuestras manos antes de comer para de esa forma purificar y santificar nuestra alimentación. Empero quien come sin abluir sus manos se asemeja a quien come pan impuro, pues se remite únicamente al aspecto material del pan (Maharal de Praga, Netiv HaAvodá 16).

El precepto de lavar las manos recae sobre todo aquel que come del pan, aunque no llegue a tocarlo con la mano y lo coma con cuchillo y tenedor o, aunque otra persona lo coloque directamente en su boca. Sin embargo, una persona que no se dispone a comer ella misma, aunque toque el pan para alimentar a otra persona- no precisa lavar sus manos. Esto se debe a que el decreto del lavado de manos está destinado a purificar y santificar a la persona previo a que esta coma y por ende debe abluir las manos únicamente aquel que se dispone a comer (Shulján Aruj Oraj Jaím 163:2).

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