05. La prohibición de castrar a una mujer

La prohibición de castración recae también sobre la mujer pero en su caso esta es de índole rabínica. La Torá prohíbe la castración del hombre, tal cual está escrito (Vaikrá-Levítico 22:24): «y animal con testículos aplastados, magullados, arrancados o cortados, no habréis de ofrecer ante HaShem y en vuestra tierra no lo habréis de hacer». Todas estas acciones implican un cercenamiento de los órganos de reproducción masculinos que son visibles y no de los femeninos que están ocultos a la vista. La prohibición de casamiento con un eunuco recae sobre un hombre que fue castrado, tal como está escrito (Devarim-Deuteronomio 23:2): «El que tuviere los órganos genitales aplastados o cortados no entrará en la congregación del Eterno». La Torá hace referencia a los órganos masculinos, «genitales aplastados» se refiere a una afectación de los testículos y «cortados» se refiere a una afectación del  pene. Sin embargo, una mujer que fue castrada es apta para casarse con cualquier judío. La única limitante es que un hombre que aún no cumplió con el deber de procrear tendrá prohibido desposarla.

La prohibición rabínica de castrar a una mujer se refiere a acciones directas, sean estas originadas en una cirugía o por heridas causadas mediante una agresión. Sin embargo, se permite la suspensión indirecta de la fertilidad, por ejemplo, mediante la ingestión de algún tipo de producto. Este permiso se otorga en caso de que exista un móvil o una necesidad importante, por ejemplo, si la mujer sufre mucho durante el parto o si sus hijos ya nacidos van por mal camino y ella teme que tener más hijos puede ser contraproducente en lo educativo, o si los métodos contraceptivos halájicamente aceptados no se adecuan a sus circunstancias (arriba 5:17-19).

Empero, de no mediar un motivo de peso, la esterilización de una mujer está prohibida aunque se lleve a cabo de modo indirecto, ya que está prohibido malograr algo en el mundo del Creador, tal como está escrito (Devarim-Deuteronomio 20:19): «no malograrás, no habrás de dañar» («bal tashjit»). Entonces, ¿cuánto más habrá de estar prohibido arruinar la capacidad reproductiva de una mujer?

La autorización para la esterilización de una mujer está también supeditada a la avenencia de su marido, ya que al haber ella aceptado desposarlo se comprometió implícitamente a participar completamente del cumplimiento del precepto de procrear (Jatam Sofer Even Haezer 20, arriba 5:14 y 5:6).

En los últimos años se ha despertado un gran interrogante respecto de la esterilización de la mujer mediante la desconexión de las trompas de Falopio y el útero. El óvulo pasa de los ovarios al útero a través de las trompas y de esa forma puede unirse al esperma y dar inicio a un embarazo. Cuando se bloquean las trompas o se les efectúa un corte ya no se podrá iniciar un embarazo. Surge la pregunta de si una mujer que sufre mucho los embarazos y no quiere dar más a luz puede pedir a un médico que la esterilice mediante la desconexión o ligazón de las trompas de Falopio. Hay juristas  que sostienen que este procedimiento es similar a la ingestión de una droga esterilizante pues no es visible exteriormente (Síaj Najum 100). Además, no se trata de una esterilización absoluta pues es reversible mediante una intervención quirúrgica que a veces puede devolver las trompas a la normalidad. En caso de que esto no sea posible, se puede extraer el óvulo directamente del ovario y fertilizarlo in vitro y luego ingresarlo al útero. Otros juristas entienden que por cuanto que se trata de un procedimiento que se lleva a cabo directamente sobre los órganos reproductivos femeninos está prohibido rabínicamente, y mientras sea posible evitar los embarazos mediante el uso de píldoras anti-conceptivas o del dispositivo intrauterino no se habrá de autorizar la desconexión de las trompas (Igrot Moshé Even Haezer 4:33-34, ídem 4:32:1). Actualmente existe un procedimiento que permite cerrar las trompas de un modo indirecto, el cual es aceptado también por los juristas más estrictos.

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