02. El motivo del recitado de las ofrendas y las distintas fases del rezo.

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Las ofrendas expresan la conexión absoluta entre el pueblo de Israel y su Padre Celestial. Esta relación de intenso anhelo por conectarse con el origen de la vida y la completa perfección, llega al punto de estar dispuestos a entregarlo todo a D´s, inclusive la vida misma. A veces, cuando el ser humano percibe la profunda contradicción entre su alma pura y su cuerpo físico cargado de deseos que lo empujan a la bajeza y al pecado, surge en él la voluntad de expiación en pos de la cual la persona llega a estar dispuesta a morir santificando el Nombre Divino, sacrificándose así a D´s. Empero, El Santo Bendito Sea creó al hombre para que viva y sea un socio activo en la corrección del mundo, por lo que el anhelo de apegarse y conectarse a lo divino tiene su expresión en la ofrenda de sacrificios. En lugar de que la persona se sacrifique a sí misma, ofrece un animal de su propiedad. Esto se asemeja a lo ocurrido con nuestro patriarca Abraham, que estaba dispuesto a cumplir con el decreto divino de sacrificar a su único hijo Itzjak hasta que D´s le ordenó no tocarlo y ofrendar en su lugar un carnero.

En el orden del rezo hay cuatro fases, siendo la primera el recitado de las ofrendas. En virtud del sueño nocturno el hombre se hunde en su materialidad y para poder pararse ante D´s y rezar necesita despertarse y ofrendar su alma al Creador mediante el recitado de los Korbanot. Por medio de ellos podrá después purificarse con canciones y alabanzas. Así también podrá aceptar sobre sí el Yugo Celestial durante el recitado del Shemá y sus bendiciones. De esta forma podrá elevarse al nivel superior de la plegaria durante la Amidá, en la cual la persona se para ante D´s para alabarlo, pedirle y agradecerle. De esta manera se incrementa la bendición en el  mundo.

En la Kabalá se explica que estas cuatro fases del rezo se corresponden con los cuatro mundos, y a través de ellos se asciende desde el inferior al superior. Las ofrendas se corresponden con el mundo de la acción (olam haasiá), los cánticos de alabanza se corresponden con el de la formación (olam haietzirá), las bendiciones del Shemá con el mundo de la creación (olam habriá) y la Amidá con el mundo superior, el de la emanación (olam haatzilut).

El comienzo de la labor espiritual pasa por que el hombre acepte de modo claro y contundente que D´s es el soberano y por lo tanto la materialidad de este mundo, así como la vida en éste, carecen de todo valor mientras se encuentren desconectados del servicio al Eterno. El presentar ofrendas es la expresión más palpable del sacrificio de la materialidad y la vida mundana ante D´s. Por lo tanto, el recitado de las ofrendas tiene que ver con el mundo de la acción (olam haasiá), puesto que en éste se manifiestan de modo concreto todas las grandes ideas.

Luego recitamos los cánticos de alabanza que tienen que ver con el mundo de la formación (olam haietzirá). Luego de sacrificar la materialidad, el espíritu (ruaj) se libera de sus ataduras y puede contemplar las maravillas de la creación y entonar alabanzas a D´s.

Desde ese estado de elevación espiritual que se alcanza en el recitado de los cánticos de alabanza, somos capaces de reconocer el Origen Divino y aceptar sobre nosotros el Yugo Celestial por completo. En las ofrendas aún no percibimos por completo los principios de la fe, solamente expresamos nuestra predisposición de entregarlo todo en pos de esta. Empero, una vez que completamos las ofrendas y los cánticos de alabanza, somos capaces de elevarnos y alcanzar la fe completa en el Creador, tal como está postulada en el recitado del Shemá y explicitada en sus bendiciones. Esto se corresponde con el mundo de la creación (olam habriá), en el cual percibimos las raíces espirituales de las cosas.

Es así que ascendemos al nivel más encumbrado, el del mundo de la emanación o proximidad (olam haatzilut), en el cual nos apegamos al Creador y nos identificamos plenamente con los ideales de la Divinidad. Previamente nos paramos ante Él y estuvimos dispuestos a sacrificarnos en sus aras.  Elevamos cánticos ante Él, aceptamos el Yugo Celestial y ahora en el rezo de la Amidá alcanzamos el mayor punto de fusión e identidad con Su Voluntad, que es la de revelar Su Nombre en el mundo, por lo que Le bendecimos y atraemos así bendición sobre el universo todo.

Posteriormente descendemos por los distintos mundos. El Tajanún nos encuentra todavía en el nivel del mundo de la emanación (atzilut). En el Ashrei y la Kedushá de Sidrá hacemos descender  la influencia del rezo al mundo de la creación; luego en el cántico del día desciende al mundo de la formación (ietzirá) y en la quema del incienso, finalmente, al mundo de la acción (asiá) (ver en Kaf HaJaím 48:1 al final en el párrafo que inicia con las palabras ודע הקדמה”).

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