1 – El precepto de asentarse en la Tierra de Israel.

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El día 5 de Iyar del año cinco mil setecientos ocho desde la creación del mundo, cuando se estableció el Estado de Israel, el pueblo judío tuvo el mérito de poder cumplir con el precepto de asentarse en la Tierra de Israel. Si bien con anterioridad cada judío que habitaba la Tierra de Israel cumplía un precepto, tal como está escrito (Talmud Tratado de Ktuvot 110(B)): «Un judío debe siempre vivir en la tierra de Israel aunque esté solo en medio de una ciudad de idólatras y no habrá de vivir fuera de la Tierra de Israel aunque sea en una ciudad de mayoría judía, ya que todo judío que habita en la Tierra de Israel es como si tuviese D´s y todo judío que habita fuera de la Tierra de Israel es como si no tuviese D´s». De todas maneras el precepto se cumple principalmente por intermedio de todo el pueblo de Israel mediante el ejercicio de la soberanía judía sobre la tierra patria, y el precepto individual de cada judío de habitar en ella, se deriva del precepto colectivo que pende sobre toda la nación.

Sobre esto está escrito (Números 33:53): «Y desposeeréis a los habitantes de la tierra y morareis en ella porque Yo os la he dado a vosotros». «Desposeeréis» implica conquistar la tierra y ejercer sobre ella la soberanía, y «morareis» implica, habitarla para que no permanezca desolada. Asimismo está escrito: (Deuteronomio 11:31): «y la poseeréis y viviréis en ella». Najmánides describió el precepto a cumplir de la siguiente manera: «se nos ordenó heredar la tierra que D´s dio a nuestros ancestros Abraham Itzjak y Yaakov y no debemos abandonarla a manos de otra nación o dejarla desolada» (agregados a los preceptos positivos 4).

Este precepto recae sobre el pueblo de Israel en todas las generaciones, aunque por muchos años no pudimos cumplir el precepto pues carecíamos de ejército y armamento para conquistar nuestra tierra y asentarla. Gracias a D´s, en las últimas generaciones, el espíritu nacional se despertó y los judíos se reunieron paulatinamente en la Tierra de Israel, plantaron en ella árboles, desarrollaron su economía, organizaron una fuerza de defensa, lucharon contra un gobierno extraño y así cuando el Mandato Británico sobre la Tierra de Israel llegó a su fin, nuestros representantes pudieron declarar el establecimiento del Estado de Israel. Desde entonces el pueblo judío comenzó colectivamente a cumplir con el precepto de asentarse en la Tierra de Israel y si bien aún, no todo el territorio patrio está en nuestras manos, y todavía dependemos en cierto grado de las naciones del mundo, volvimos al cumplimiento real del precepto de asentarnos en nuestra patria ancestral.

Las leyes referentes al duelo por la destrucción de la Tierra de Israel, tienen una estrecha relación con el grado de soberanía judía que sobre la misma se ejerce. Nuestros sabios dispusieron que todo aquél que ve las ciudades de Judea destruidas ha de recitar: «tus ciudades sagradas se transformaron en desierto», y paso seguido debe rasgar sus vestiduras. Los juristas explican que la definición de destruidas depende del gobierno, ya que cuando la Tierra de Israel está regida por extraños, aunque la mayoría de los habitantes de las localidades sean judíos se les considera destruidas y se rasgan las vestiduras al divisarlas. Por el contrario, cuando la Tierra de Israel está gobernada por judíos, aunque la mayoría de los habitantes sean no judíos no se las considera destruidas y no se rasgan las vestiduras al contemplarlas (Beit Iosef y Bait Jadash Oraj Jaím 561, Maguén Abraham 1, Mishná Berurá 2).

Nuestros sabios elogiaron de sobremanera el precepto de asentarse en la Tierra de Israel al grado de que la hicieron equivalente al cumplimiento de todos los preceptos (Sifrí Reé 53).

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