3 – Los decretos griegos y la rebelión.

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En el año hebreo 3591 (169 A.E.C.), unos ciento sesenta años posterior a la conquista de Eretz Israel a manos de Alejandro Magno, Antíoco IV Epifanes comenzó a intensificar el yugo opresor sobre el pueblo de Israel. Bajo su mando, los griegos saquearon los utensilios del Templo, derribaron las murallas de Jerusalém, mataron a miles de judíos y vendieron a muchos como esclavos. En el año 3593 (167 A.E.C.) Antíoco Epifanes decretó que los judíos debían abandonar la Torá y sus preceptos y pasar a rendir culto a ídolos so pena de muerte. Anuló los sacrificios en el Templo y lo transformó en un recinto de idolatría. Rollos de la Torá fueron quemados, los soldados griegos iban de aldea en aldea y obligaban a los judíos a erigir altares idólatras y comer cerdo. Se prohibió la circuncisión y las mujeres que osaron circuncidar a sus bebés fueron condenadas a muerte. En virtud de estos decretos persecutorios, muchos de los judíos fieles a la tradición (jasidim) se fugaron al desierto, a las cavernas y a los países vecinos y muchos murieron santificando el Nombre Divino.

La presión fue cada vez mayor y esto provocó que se encienda en el alma judía una chispa de rebelión, y cuando los griegos llegaron a la aldea de Modiín y procuraron obligar a Matityahu hijo de Iojanán el Sumo Sacerdote a rendir culto idólatra, éste mató al griego y al helenizante que le acompañaba. La novedad fue que en vez de inmolarse y morir santificando el Nombre de Dios como lo hicieron muchos judíos fieles, Matityahu prefirió matar al griego y junto con sus hijos, enarbolaron el estandarte de la rebelión contra los griegos y los judíos helenizantes.

La guerra fue difícil. Iehudá el Macabeo, que era el más valiente de los hijos de Matityahu, lideró la revuelta. Con heroísmo y talento, lograron derrotar a los ejércitos griegos, y aproximadamente dos años más tarde lograron conquistar la ciudad de Jerusalém y el día 25 de Kislev del 3596 (164-5 A.E.C.) comenzaron a purificar el Templo restituyendo así los sacrificios. Fue entonces que aconteció el milagro de la jarra de aceite.

A continuación, los griegos contraatacaron con numerosas tropas reconquistando Jerusalém, e imponiendo el nombramiento de Sacerdotes (Cohanim) helenizantes a cargo del Templo. Empero para no aumentar la tensión con los judíos, anularon los decretos iniciales y permitieron cumplir con la Torá y sus preceptos. De todas maneras, la rebelión que ya había estallado no habría de cesar, los Hasmoneos siguieron luchando contra los griegos y los judíos helenizantes. La guerra supo de altos y bajos, los hermanos Hasmoneos combinaron heroísmo con diplomacia e ingenio, hasta que decenas de años más tarde se obtuvo la independencia política. Si bien esta independencia dependía del apoyo de potencias mayores como los griegos al comienzo y Roma posteriormente, de todas maneras el gobierno era de judíos y para judíos.

Aparentemente, si los griegos hubiesen sido más pacientes, Iehudá se hubiera helenizado como los demás pueblos. Pero la mano oculta de Dios en la historia provocó el enfrentamiento. Similar al endurecimiento del corazón del Faraón en su momento, en este caso fue el corazón de Antíoco Epifanes el que al endurecerse permitió que se revelaran la fe, la entrega y el heroísmo judíos.

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