5 – Logros espirituales para todas las generaciones.

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A pesar de todas sus falencias, las victorias macabeas fueron de inconmensurable valor. Si bien la independencia política era parcial, contribuyó al florecimiento de la población judía en todos los parámetros. Si hasta la revuelta, los griegos se llevaban un cuarenta por ciento de la cosecha, a partir de la victoria hasmonea, ésta quedaba en su totalidad en el territorio de Iehudá (Judea), contribuyendo así al fortalecimiento económico de la población. En virtud de las victorias militares, la población judía se expandió a lo largo y a lo ancho de la Tierra de Israel, los judíos retornaron desde la diáspora, aumentó la natalidad y el pueblo Judío que había sufrido una destrucción y el exilio posterior, se recuperó de sobremanera.

En el marco de la independencia política, la Tierra de Israel volvió a ser el centro nacional y espiritual del pueblo de Israel. Las academias de estudio florecieron y se expandieron. El testamento de los sabios de la Gran Asamblea (Tratado de Avot 1:1):”Instruid a muchos discípulos y alzad un cerco protector a la Torá” se cumplió con creces. En esos días se establecieron las bases espirituales de la Torá Oral, que es aquella que preservó al pueblo de Israel en los oscuros dos mil años del exilio.

Por lo tanto, el milagro de la jarra de aceite es el que mejor expresa lo acontecido en los días de Januca. Si bien el Segundo Templo fue destruido y los logros políticos de la dinastía hasmonea fueron suprimidos, el estudio de la Torá Oral que se comenzó a desarrollar en esos días, perduró para siempre. En virtud del milagro de la jarra de aceite, se reveló la eternidad de la Torá, que es capaz de iluminar en la oscuridad más allá de los límites de las leyes naturales y es en su mérito que pudimos resistir la oscuridad del prolongado exilio. El milagro de la jarra de aceite reveló que el pueblo de Israel no es como las demás naciones, no se le puede doblegar y su fe no se puede suprimir.

Matityahu y sus hijos tuvieron el mérito de que en virtud de su arrojo, se revelara el fundamento más profundo de la Torá y la peculiaridad del pueblo de Israel. Empero la dinastía hasmonea con todas sus complicaciones y complejidades, fue un gobierno temporal, cuya existencia no conmemoramos con un día festivo específico.

Es así que se comprenden las palabras de los sabios de bendita memoria (Tratado de Rosh Hashaná 18(B)), en cuanto a que en mérito del milagro de la jarra de aceite y el precepto establecido por los sabios de encender velas los días de Januca perduraron por todas las generaciones. Mediante el milagro de la jarra de aceite, se dejó en claro que los frutos de la victoria militar sobre los griegos no fueron solo temporarios sino para todas las generaciones. Por lo tanto los sabios establecieron que se continúen conmemorando los días de Januca, a pesar de que los demás días festivos que aparecen en Meguilat Ta´anit se suspendieron al destruirse el Templo. Es así que junto al precepto de encender velas durante los ocho días de Januca, alabamos a Dios y le agradecemos con el recitado de “Al Hanisim” y del “Halel” por la salvación, la victoria y la redención.

Con el correr de los años, se entendió que el milagro fue aún mayor, no solo porque logramos sobrevivir en el seno del océano cultural heleno que se expandió por el mundo, sino que además, en el marco de un proceso lento y complejo, el judaísmo logró socavar la mayor parte de los cimientos de la idolatría del helenismo. El judaísmo impuso la concepción abstracta de un Dios único, un sistema moral y la pretensión de mejorar al mundo, que son los principios básicos de la Torá, imponiéndolos entre las naciones, al punto de que tanto por caminos rectos como por sendas sinuosas (cristianismo e islam), se transformaron en los principios básicos de todo lo bueno y lo bello de la civilización universal.

Y por más prolongado que sea el exilio, la luz de Israel y la de la Torá son más poderosas e iluminan más, y estas luces son las que nos iluminarán hasta el día en que tengamos el mérito de obtener un aceite nuevo y puro de los olivares de la Tierra de Israel, del cual encendamos la menorá de nuestro sagrado Templo, y se llene la Tierra de conocimiento de Dios, prontamente en nuestros días, ¡Amén!

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