04. En la salida de Egipto la materia se transformó en el sostén (carruaje o «merkavá») de la Divina Presencia

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Naturalmente, en este mundo físico los aspectos materiales son los que se perciben en primera instancia y se manifiestan de un modo pleno e intenso, mientras que, por el contrario, las cuestiones espirituales se mantienen ocultas y lleva tiempo hasta que se perciben en su debida significación. Por ello, fue natural que en un inicio los egipcios prevalecieron sobre los hijos de Israel, pues el poderío de los opresores ya se había efectivizado por completo en la realidad, mientras que nuestros antepasados se asemejaban todavía a un embrión que no había nacido. Dado que el poderío de Israel no podía aun manifestarse, los egipcios se aprovecharon de la circunstancia y los esclavizaron para así glorificarse y satisfacer sus bajas pasiones.

Sin embargo, todo esto fue para bien ya que la espiritualidad no se puede manifestar en el mundo sin una base material y esta la obtuvimos en Egipto. Durante el período en el cual los egipcios sojuzgaron a los hijos de Israel y pensaron que nos dominaban por completo, nosotros absorbimos y captamos su poder, tal cual está escrito (Shemot-Éxodo 1:7): «Empero los hijos de Israel fructificaron y proliferaron, se multiplicaron y se fortalecieron mucho, mucho y se llenó la tierra de ellos«. Cuanto más quisieron someternos y doblegarnos, más nos multiplicamos, tal cual está escrito (ídem 12): «así como lo oprimían, así se acrecentaba y así se expandía«, hasta que llegamos a ser seiscientos mil hombres en edad de alistarse en el ejército (mayores de veinte). El Maharal de Praga explica (Guevurot HaShem cap. 4 y 12) que este número es indispensable para la constitución o conformación del pueblo de Israel, y por ello al alcanzarlo y estar capacitados para la recepción de la revelación Divina el imperio egipcio se desmoronó y logramos salir para recibir la Torá en el Monte Sinaí.

Al salir de Egipto, además de ser bendecidos con abundante progenie nos hicimos de un gran patrimonio que fue la recompensa por los largos años de trabajo forzado sufridos y por lo tanto el pueblo de Israel inició su camino como nación con una firme base material, tal como está escrito (Shemot-Éxodo 3:21-22): «…y ocurrirá que, cuando hayáis de partir, no partiréis vacíos. Pedirá cada mujer de su vecina y de aquella que mora en su casa, objetos de plata y objetos de oro y ropas. Los pondréis sobre vuestros hijos y sobre vuestras hijas y vaciaréis a Egipto»

De esta manera, se hizo justicia con Egipto pues si ellos hubiesen elegido comportarse con rectitud habrían ayudado al pueblo de Israel a crecer numéricamente y a consolidarse económicamente y en virtud de ello habrían resultado doblemente bendecidos, tal como se vieron beneficiados del actuar de Iosef quien contribuyera en su momento al florecimiento económico del reino en los difíciles años de la hambruna. Empero ellos eligieron el mal, sojuzgaron al pueblo de Israel cruelmente y por ello fueron castigados con diez plagas, y así el Nombre Divino fue consagrado en todo el mundo, los malvados fueron juzgados y los israelitas salieron en libertad.

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