1 – El decreto del ayuno del 9 de Av.

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Tal como vimos anteriormente (en el capítulo 6 inciso 1) tras la destrucción del Primer Templo, los profetas dispusieron cuatro ayunos, siendo el más estricto de estos el del 9 de Av, pues en esa fecha fue destruido el Templo (sobre la significación del ayuno se puede leer en el capítulo 6 inciso 4). Estos ayunos fueron establecidos inicialmente con carácter similar al de Yom Kipur, esto es, con una duración de un día entero, además de las cinco prohibiciones. Al construirse el Segundo Templo estos ayunos fueron anulados y se transformaron en días de alegría y regocijo, y al ser éste destruido, volvieron los cuatro ayunos a ser vigentes.

La destrucción fue acompañada de durísimas medidas persecutorias por parte del Imperio Romano, y una vez que estas cesaron, nos encontramos ante una nueva realidad: por una parte, el Templo seguía destruido, pero por la otra, los dracónicos decretos contra los judíos quedaron suspendidos, por lo que los sabios de la época decretaron que la ley respecto a tres de los ayunos: el 10 de Tevet, el 17 de Tamuz y el ayuno de Guedalia dependerían de la voluntad del pueblo de Israel, de modo tal que “si quieren ayunan y si no, no lo hacen”.

Empero el 9 de Av, fecha en la cual los dos Templos fueron destruidos y se acumularon las desgracias sobre el pueblo de Israel, se debe ayunar indefectiblemente. Más aún, inclusive en tiempos de calma y bienestar, el cumplimiento no depende de la voluntad popular, sino que mientras que el Templo siga destruido, debemos mantener el decreto de los profetas de guardar ayuno (Talmud Tratado de Rosh Hashaná 18(2)).

Esta es la base de la diferencia entre el ayuno del 9 de Av y los ayunos más leves. El 9 de Av ayunamos por decreto de los profetas, y por eso recaen sobre nosotros todas las leyes relativas al ayuno, mientras que en los otros tres ayunos que son más leves, estamos obligados a ayunar porque el pueblo de Israel aceptó hacerlo hasta que se reconstruya el Templo. Es de notar que desde que se decidió cumplir con los ayunos leves, se acostumbró a no hacerlos tan rigurosos como el ayuno del 9 de Av (ver arriba capítulo 7 inciso 1).

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