06. Los preceptos como cerco que aleja de la trasgresión

Amén del valor intrínseco del precepto de Oná por medio del cual se manifiesta el amor en el seno de la pareja, se trata también de un escudo protector ante el adulterio. Por ello, quien no está casado está más expuesto a las tentaciones de la inclinación al mal y por ello debe reforzarse más en el estudio de la Torá y el cumplimiento de los preceptos para preservar su capacidad de amar de cara a su enlace matrimonial verdadero y sagrado. A veces el deseo se exacerba al punto que es muy difícil hacerle frente, y entonces, cuanto más se haya fortificado la persona en el estudio de la Torá y su cumplimiento, mayores serán sus posibilidades de salvarse de su impulso, mediando por supuesto la ayuda de D´s.

El Talmud Babilonio (Menajot 44(A)) nos cuenta: «Rabí Natán dijo: no hay precepto en la Torá por leve que parezca que no es recompensado en este mundo, y en el venidero ¡no se estimar cuánto! Ve y aprende del precepto del tzitzit. Había una vez un hombre muy cuidadoso en el cumplimiento del precepto del tzitzit quien escuchó que hay una ramera en las ciudades de la costa que pide cuatrocientas monedas por sus favores; le envió el importe y agendó cita. Cuando llegó su turno fue y se sentó en la entrada de la casa de la meretriz. La criada de esta ingresó y le dijo a su patrona: aquel que os envió las cuatrocientas monedas y agendó cita está sentado en la entrada. Le respondió: hazlo pasar. Pasó. Ella le tendió siete camas, seis de plata y una de oro, entre cada una de estas colocó una escalera de plata y la superior de oro, se subió a la más alta de todas completamente desnuda y él también subió y se sentó desnudo frente a ella. Vinieron sus cuatro tzitziot («flecos» n. de t.) y le golpearon en el rostro, cayó y se sentó sobre el suelo; también ella se cayó y se sentó sobre el suelo. Le dijo la ramera: juro por Roma que no te dejaré ir hasta que no me  digas qué defecto encontraste en mí. Él le dijo: juro no haber visto jamás una mujer bella como tú, lo que ocurre es que D´s nuestro Señor nos ordenó un precepto llamado tzitzit sobre el que está escrito dos veces (Bamidbar-Números 15:41): «Yo Soy el Eterno vuestro D´s», Yo Soy aquel que te habrá de castigar en un futuro y también quien te habrá de recompensar, y en ese momento los tzitziot me parecieron cual cuatro testigos. Ella le dijo: no te dejaré ir hasta que me digas tu nombre, el nombre de tu ciudad, el de tu rabino y el del Beit Midrash donde estudias Torá. Él escribió y le entregó los datos. Entonces ella dividió sus propiedades en tres partes, un tercio se lo entregó al reino (para que le permitan convertirse al judaísmo), otro tercio lo entregó a los pobres (como expiación por sus pecados) y un tercio se lo quedó ella salvo las sábanas que había tendido. Fue donde el Beit Midrash de Rabí Jía y le dijo: Rabí, ordéname los preceptos y convertidme. Él le dijo: hija mía, ¿acaso has puesto tus ojos en alguno de mis alumnos?». Rabí Jía temía que ella quería casarse con alguno de los alumnos por cuanto que no había encontrado pareja entre los hombres de su nación o porque deseaba el dinero de alguno de los estudiantes y su conversión no obedecía a intenciones puras. «Ella extrajo el papel con los datos del muchacho y se lo entregó». En el papel estaba escrita la anécdota, el hecho de que ella era una mujer rica y muchos hombres la deseaban, empero eligió a uno de sus alumnos en virtud de la grandeza de espíritu que había exhibido  el muchacho. Siendo así, Rabí Jía aceptó convertirla y le dijo: «Ve y obtén tu recompensa. Las mismas sábanas que tendiste prohibidamente ahora las tendrás de modo lícito. Esa es la recompensa en este mundo, y para el mundo venidero ¡no se estimar cuánto!».

Vemos en esta historia que cuando el deseo irrumpe y se encamina hacia la prostitución es dañino. En cambio cuando se efectiviza de manera correcta en el marco del matrimonio es bueno y sagrado e incluso es considerado una recompensa celestial.

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