13. La senda media hacia la santidad

En la práctica, de acuerdo a lo que estudiamos de nuestros sabios, de bendita memoria, y de los juristas, la senda central en el cumplimiento del precepto de Oná indica que cuanto más ame y alegre el hombre a su mujer más se santifica. Esta santidad incluye la abstinencia por cuanto que así el hombre se abstiene de pensar en cualquier otra mujer salvo la suya y la mujer por su parte hace otro tanto. Esta santidad incluye también la revelación de la raíz Divina de sus almas, ya que por medio de su conexión con amor y pasión una chispa de la unicidad Divina se revela en ellos sumándoles vida en todos los mundos.

Asimismo, el Zohar en la porción de Kedoshim (III 81:1-2) explica el versículo (Vaikrá-Levítico 19:2): «Diles a los hijos de Israel Santos seréis porque Yo el Eterno vuestro Dios Soy santo» y dice que HaShem escogió al pueblo de Israel y lo hizo una sola nación unificada por cuyo intermedio pueda manifestarse Su unicidad en el mundo, y por ello Su santidad reposa en el pueblo de Israel y los conduce de un modo particular. «¿Cuándo se denomina a alguien Adam? Cuando lo masculino y lo femenino  se unen, entonces la persona se santifica con una santidad superior y se concentra en consagrarse en su cópula… entonces se lo considera íntegro y carente de defecto. A esos efectos el hombre debe alegrar a su mujer en ese momento, debe prepararla para que ambos estén en comunión de voluntades y ambos posean la misma intención. Al estar ambos juntos, todo se unifica tanto en lo físico como en lo espiritual. Se unen espiritualmente ya que ambas voluntades se apegan y se unen en lo corporal, tal cual estudiamos que un hombre no casado se asemeja a alguien dividido y  al unirse varón y mujer se transforman en un solo cuerpo. Por lo tanto, vemos que se transforman en un solo espíritu y un solo cuerpo y por ende se les denomina un solo Adam («Adam ejad»). En virtud de ello el Eterno se encuentra en esta unidad y transmite espíritu de santidad al niño que es engendrado y entonces estas criaturas son llamados hijos del Kadosh Baruj Hú…»

Todo hombre sabe que posee capacidades físicas limitadas y su cuerpo no puede manifestar todo el amor y la verdad que encierra el matrimonio; y si la relación entre los cónyuges se basa en las pasiones corporales es de suponer que habrá de acabarse pronto. Es por ello que la pareja debe también basar su relación en el aspecto espiritual. Para ello es necesario abstenerse parcialmente del aspecto físico. Esta separación confiere importancia a lo espiritual y se lleva a cabo principalmente durante los días de impureza ritual (nidá) tal como lo ordena la Torá. Además, el precepto de Oná se debe cumplir en los límites de la posibilidad de alegrar y alegrarse como corresponde. A veces el hombre se deja arrastrar por su pasión e intenta unirse a su mujer con una frecuencia mayor que la habitual, pensando que esto habrá de incrementar la alegría y el apego en el seno de la pareja. Hete aquí que en ese preciso momento, a veces el hombre puede percibir cómo el amor se escurre de entre sus manos, la gran unión espiritual desaparece y su deseo se transforma más y más en exterior o superficial. En ese caso el hombre debe volver a la frecuencia de unión estipulada por nuestros sabios y de esa manera habrá de otorgar un espacio equilibrado tanto al alma como al cuerpo, y así el amor y la alegría que anidan entre los cónyuges se revelarán de modo completo en el marco del cumplimiento del precepto de Oná.

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