08. Pureza e impureza

Todavía nos queda pendiente aclarar dos halajot, una originada en la Torá y la otra de origen rabínico, de las cuales surge, aparentemente, que si bien el precepto de Oná es de carácter sagrado posee también un aspecto impuro.

Según la Torá, el esperma que sale de un judío es uno de los factores esenciales que originan impureza (Avot HaTum´á). Una pareja de judíos que mantuvo relaciones de acuerdo a lo prescrito por la Torá, dado que la unión implicó una eyaculación ambos se encuentran en situación de primer grado de impureza («rishón letumá»). A los efectos de purificarse ambos deben pasar por una inmersión en la Mikvé o baño ritual y esperar hasta la salida de las estrellas, para así recuperar el status de pureza que les permita ingresar al Templo de Jerusalém e ingerir de la carne de los sacrificios («basar kodashim»); y si son cohanim, una vez purificados pueden ingerir de las ofrendas sacerdotales. Otro tanto ocurre con los utensilios y las prendas que tuvieron contacto con el esperma del judío en cuestión. Estos quedaron impuros y no se pueden utilizar o vestir si se quiere tocar cosas puras o sagradas, y a los efectos de purificarlos es necesario que pasen una inmersión en la Mikvé. Esto se desprende de lo escrito en la Torá (Vaikrá-Levítico 15:16-18): «Si un hombre tuviera una pérdida de semen se lavará todo su cuerpo con agua y será impuro hasta el atardecer, y toda ropa y toda porción de piel donde haya caído el semen será lavada con agua, y el hombre quedará impuro hasta el atardecer. También se lavará la mujer con quien se acostase el hombre que tuviere efusión seminal. Ambos se bañarán en agua y serán impuros hasta el atardecer»

La impureza es una expresión de la pérdida de vida. El mayor origen de impureza es el muerto («Aví Avot HaTum´á»). La impureza menstrual es también una expresión de muerte pues hubo una posibilidad de generar un embarazo que se perdió y ahora feneció. La impureza asociada a la pérdida de esperma expresa la misma idea por cuanto que este pudo haber generado vida mas finalmente murió (Cuzarí 2:60-62). La Torá nos enseña que aun cuando el esperma salió a los efectos de cumplir con el precepto de Oná genera impureza. Asimismo, estudiamos que el parto impurifica a la parturienta. La cuestión radica en que cada descenso de una gran idea al mundo implica un cierto sentido de muerte, pues siempre la percepción es superior a su concreción en la práctica. Las esperanzas previas a un parto son maravillosas, el corazón se inclina a creer que tras el nacimiento todo el mundo cambiará para mejor y el nuevo niño será perfecto. En la práctica, tras el nacimiento la vida retoma su rutina acompañada de dolores y agotamiento. A pesar del   milagro del nacimiento, el neonato deberá enfrentarse también a los desafíos que acompañan la existencia humana. Incluso el cuerpo lo siente, se trata de la depresión que experimenta la parturienta tras el nacimiento.

El hombre pasa también por un cierto decaimiento una vez que eyacula a pesar de que esto ocurre en el marco sagrado del cumplimiento del precepto de Oná. Previo a la cópula estaba expectante en cuanto a que pronto se habrá de unir a su amada esposa y todo será estupendo por siempre. Su corazón se ve colmado de entusiasmo y emoción que fueron incrementándose hasta el momento de la eyaculación tras la cual el hombre siente que retorna a la cansina rutina de este mundo material quedando vacío y carente de regocijo. Las mujeres casi que no experimentan una sensación de caída tras finalizar la cópula, y tras alcanzar el máximo del placer el descenso a este mundo es suave y liviano. Cuando la unión se lleva a cabo con amor y alegría, una vez finalizada perdura una sensación de satisfacción y bienestar por largo tiempo. Efectivamente, la impureza se deriva del esperma del hombre y no de los flujos que la pasión femenina han hecho brotar.

Se puede decir que el decaimiento posterior al clímax expresa la carencia del hombre, el cual no es del todo completo. También cuando éste realmente ama logra unirse a su mujer por un breve lapso, aun cuando realmente desea alegrar a su esposa permanece en cierta medida dentro de sí mismo. El hombre no logra conectar todo su deseo al amor. Si lograse hacerlo no quedaría sensación de muerte en el mundo ni habría decaimiento alguno tras el nacimiento o la cópula.

Nuestros sabios insinuaron esta cuestión al analizar el tema de la impureza post parto (Vaikrá Rabá 14:5) refiriéndose al versículo de los Salmos (51:7): «He aquí que fui formado en iniquidad y en el pecado fui concebido». Rabí Aja dijo: «incluso en el caso de un varón piadoso entre píos es imposible que carezca de un aspecto pecaminoso. El Rey David dijo ante el Creador: Amo del Universo, ¿acaso mi padre Ishai no tuvo la intención de engendrarme sino únicamente de saciar su deseo? Efectivamente así fue, pues tras la cópula cada quien se voltea para su lado y se duerme y Tú haces ingresar cada gota y cuidas que el bebé sea engendrado. Sobre esto dijo David (ídem 27:10): porque aunque mi padre y mi madre me abandonaron, el Eterno me recogerá».

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