03. El precepto del hombre

Es conveniente que unas horas previo a la unión el marido exprese a su mujer su amor y su anhelo por el encuentro, para que de esa manera  se despierte en su seno el deseo y lo reciba con amor y pasión. Ambos deben evitar, en esas horas previas, sacar a colación temas que puedan resultar divergentes o crear tensión  para que así no se estropee la atmósfera de cara a la unión. Nuestros sabios dijeron que quien habla de algo que pueda generar asperezas que alteren la alegría del cumplimiento del precepto deberá en un futuro rendir cuentas ante la Corte Celestial, tal como está escrito (Amos 4:13): «He aquí que Él es quien forma las montañas y crea el viento, y declara al hombre cuál es su palabra», esto es, incluso «palabras innecesarias entre el marido y su mujer» (Talmud Babilonio Tratado de Jaguigá 5(A) comentario de Raabad, Bait Jadash a Oraj Jaím 280:2).

Al comenzar a acercarse el uno al otro, es preceptivo que el hombre exprese verbalmente su amor hacia su esposa, y bien hará de no escatimar en halagos hacia su belleza y sus virtudes conforme a lo que él sabe que a ella le gusta escuchar (Zohar I 49:2, Tikunei Zohar 57:1). Empero, no habrá de inventar halagos falsos sino que habrá de profundizar en su amor y le habrá de dirigir elogios verdaderos. Sin embargo, está permitido exagerar elogios verdaderos pues son nuestras limitaciones las que nos impiden percibir que en realidad estas exacerbaciones se aproximan mucho a la verdad (ver Talmud Babilonio Tratado de Ketuvot 17(A)).

El precepto incluye el deber de abrazar, besar, acariciar en toda zona que sea del agrado de la mujer y de toda manera que le provoque alegría. Es preceptivo avanzar paso a paso desde las zonas a las que el tacto agrada a aquellas altamente erógenas, hasta finalmente llegar al sitio más sensible al contacto. Toda mujer debe saber dónde está ubicado este sitio para en caso de necesidad, poder orientar a su marido cómo alegrarla de manera completa. Dado que cada persona es diferente, es preceptivo que la pareja converse respecto de cuáles son las acciones placenteras preferidas por cada uno, que el marido consulte a su esposa cómo brindarle mayor placer y ella debe responderle de modo abierto. Así, una vez que el marido alegra y da placer a su mujer habrán de alcanzar la unión máxima y completa. En la generalidad de los casos es bueno que el hombre ponga cuidado en que primero su mujer llegue al clímax y luego él, pues de no ser así corre riesgo de perder su deseo y entonces no podría alegrarla como corresponde. Es de destacar que, aparentemente, en el pasado las mujeres lograban alcanzar el clímax durante la relación misma, mientras que hoy día, por diversas razones, muchas no logran alcanzarlo durante el coito sino mediante caricias sobre el sitio en cuestión, por lo que esto resulta preceptivo y mediante esta acción se alcanza la unión completa.

Desde siempre los estudiosos de la Torá se caracterizaron por alegrar cabalmente a sus mujeres, por lo que nuestros sabios advirtieron a los padres no desposar a sus hijas con personas legas en cuestiones de Torá («am haaretz»), ya que quien lo hace es como si la amarrase y colocase a disposición de un león. Tal como el león arremete y devora sin vergüenza, otro tanto el lego golpea y copula sin vergüenza» (ídem Pesajim 49(B)). O sea, así como el león se arroja sobre su presa y comienza a devorarla estando esta aún con vida, igualmente el lego («am haaretz») copula para satisfacer su deseo sin esperar a que su mujer alcance el clímax.

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