01. El marco del precepto – alcanzar la cúspide de la alegría

El precepto de Oná consiste en que el hombre brinde placer a su mujer y la satisfaga cuanto más pueda, uniéndose a ella por completo con gran amor y alegría (tal como se explicó anteriormente 1:2). Cada hombre debe cumplir este precepto con la asiduidad que le permiten sus energías y su ocupación laboral (como se verá en la halajá 7). Asimismo, la mujer también debe unirse a su marido y alegrarlo, y cuanto más feliz esté al momento de la unión, el nivel de cumplimiento del precepto es mayor.

Esta unión debe ser muy placentera y alegre, por ello el precepto recibe la denominación de «alegría de la Oná» («Simjat Oná») y el abstenerse de la misma es considerada una aflicción (Talmud Babilonio Tratado de Pesajim 72(B), Avodá Zará 5(A), arriba 1:3).

El cumplimiento del precepto de Oná no depende del de «Prú Urbú» («Creced y Multiplicaos») y se lleva a cabo también en el caso de que con certeza la unión no habrá de redundar en un embarazo, como por ejemplo durante el período del embarazo, mientras la mujer amamanta o en virtud de su edad avanzada (arriba 1:4).

El quid del precepto consiste en que el marido brinde a su mujer una alegría completa hasta el punto en que ella alcance el apogeo de su satisfacción y beneplácito. De no ser así, la unión puede provocar frustración pues el acercarse al clímax provoca tensión tanto física como emocional que se libera con mayor felicidad al arribar al orgasmo, y si esto no ocurre la mujer habrá de sentirse tensa y frustrada.

La mujer está preceptuada de participar de buena gana en el cumplimiento del precepto con todas sus capacidades, pues de no mediar su buena voluntad y esmero en cuanto a aumentar la alegría en la pareja, es imposible cumplir el precepto de Oná. Sin embargo, cuando la mujer está extenuada o tensa al punto de que le resulta difícil alcanzar el clímax, tiene permitido contentarse con una unión que implique placer aunque este no sea completo, pues de esa forma igualmente se cumple con el precepto. Sin embargo, es correcto procurar que esto no ocurra muy frecuentemente.

Es muy bueno que la pareja se alegre asiduamente en el cumplimiento del precepto de Oná. Esto se desprende del cumplimiento del mandato preceptivo de la Torá de «Amarás a tu prójimo como a tí mismo», según el cual cada cónyuge ha de esmerarse lo más posible en aras del beneficio de su pareja. Dado que el mayor goce tanto emocional como físico es aquel que surge de la relación marital, si el hombre priva a su esposa de un placer que le alegra la está perjudicando, pues ella no tiene otro hombre que pueda brindarle este tipo de bienestar. En caso de que la esposa prive a su marido de este placer también lo habrá de perjudicar,  ya que ninguna otra mujer en el mundo puede brindárselo.

Este precepto es llamado «Derej Eretz» lo cual se puede traducir como «el modo natural de conducirse» ya que todo ser humano sano desea la unión placentera entre hombre y mujer pues se trata de la mayor y más concreta alegría que puede disfrutar un ser humano en este mundo. Obviamente, la intención de la Torá al ordenar el precepto de Oná es que las personas alcancen el placer máximo que desean, y quien por alguna razón carece de este deseo debe procurar sanarse para poder así llevar a cabo esta unión con alegría.

Los kabalistas dijeron que quien carece de este deseo es peor que un burro y no podrá alcanzar el grado de amor a HaShem (Reshit Jojmá Shaar Haahavá final del cap. 4). Esto es así ya que el ser humano puede elevarse en pos del amor a HaShem únicamente a partir de la naturaleza humana sana que fue creada por el Eterno, y todo aquel que se aparta del impulso vital se encuentra por ende alejado de la fe y la santidad y le es imposible actuar en aras del mejoramiento de este mundo.

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