05. El precepto de la mujer

Tal como ya vimos (halajá 2), si bien tanto el precepto de casarse como el de Oná recaen sobre el hombre, la mujer tiene plena coparticipación en su cumplimiento y si esta no accede a los pedidos de su marido, el precepto queda carente de contenido. Por lo tanto, tal como es preceptivo para el hombre expresar su amor y su deseo hacia su mujer, de igual manera la mujer esta preceptuada de hacerlo. Así es la naturaleza apropiada, tal como dijeron nuestros sabios (Bereshit Rabá 20:7): «la mujer no desea sino a su hombre, tal como está escrito (Bereshit-Génesis 3:16): «a tu marido desearás». Este deseo es sagrado pues por su intermedio se revela el amor entre los cónyuges y allí es donde el Sagrado Nombre Divino posa sobre ellos (arriba 1:5), siendo alegoría y expresión de la relación entre el pueblo de Israel y el Creador, tal como está escrito (Shir Hashirim-Cantar de los Cantares 7:11): «Yo soy de mi amado y su deseo es hacia mí».

Ya vimos que el precepto de «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» (Vaikrá-Levítico 19:18), respecto del cual Rabí Akiva dijo que se trataba de la regla central de toda la Torá (Safra allí), se cumple en completitud en el seno de la pareja (Arí Z´´l Sefer Halikutim Ekev); por lo tanto, la mujer también debe alegrar a su marido en todo aquello que ella sabe que le agrada, y cuanto más lo haga más cumple con el precepto.

Cuanto más aumente el deseo, la unión será más completa y tendrán mejores hijos. El Maharal de Praga escribió (Gvurot HaShem cap. 43) que cuando la mujer desea intensamente a su marido, esta se conecta a la raíz de la vida y a la unicidad, y por medio de ello da a luz hijos de elevada virtud, dignos de la redención y la libertad. Respecto de esto dijeron nuestros sabios (Talmud Babilonio Tratado de Sotá 11(B)) que «En mérito de las mujeres justas que vivieron en esa generación- el pueblo de Israel alcanzó la redención  de la esclavitud en Egipto». En virtud de su deseo hacia sus maridos cuidando del precepto de Oná a pesar de las dificultades de la esclavitud, dieron a luz a la generación de la libertad (arriba 1:8).

A los efectos de que se incremente el amor, las mujeres se adornan con  alhajas ante sus maridos, al punto que Ezrá dispuso que los vendedores ambulantes pudieran vender perfumes y joyas libremente por las aldeas sin que sus habitantes puedan impedirlo, pues «las joyas de la mujer están destinadas a que no sean aborrecidas por sus maridos» (Talmud Babilonio Tratado de Baba Kama 82(B)). Incluso el Creador embelleció a Eva trenzando su cabello para incrementar el amor de Adam hacia ella (ídem Eruvín 18(A)). El objetivo principal de los adornos de la mujer es el despertar el deseo en su marido  (Midrash Tanjuma Vaishlaj 12, Shir Hashirim Rabá 1:2). Rav Hai Gaón escribió que «sobrevendrá maldición sobre la mujer que tiene marido y no se arregla, y sobre la que no tiene marido y se arregla» (Shaarei Teshuvá LaGueonim 84). Tal como parece se refería a joyas que despiertan el deseo, y así aprendimos que el objetivo principal de los perfumes, joyas y vestidos bonitos es intensificar el amor en el seno de la pareja.

Cuando una mujer no ama a su marido no desea unirse a él ni le alegra la idea de hacerlo, privándole de su alegría de vivir. Respecto de esto dijeron nuestros sabios (Midrash Tehilim 59): «Una buena mujer no tiene límite a sus bondades, y si es mala, no hay límite a su maldad». El Talmud (Tratado de Ievamot 63(A)) nos cuenta que Rabí Jía bendijo a su alumno Rav deseándole que el Eterno lo salve de algo que es peor que la muerte, o sea, de una mala mujer, tal como está escrito (Kohelet-Eclesiastés 7:26): «Y encontré que la mujer es más amarga que la muerte» (ver en la halajá 12 respecto de las dificultades en la conexión por parte de la mujer).

Esta entrada fue publicada en 02. Reglas referentes al cumplimiento del precepto de Oná. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *