01. El valor del precepto

Procrear es uno de los grandes preceptos de la Torá, ya que se trata de un fundamento  de la Creación y es el primero de los mandamientos  mencionados por esta. Tal como les fue dicho a Adám y Javá al finalizar la Creación (Bereshit-Génesis 1:28): «Y los bendijo Dios y les dijo: ´Creced y multiplicaos y colmad la tierra y sojuzgadla y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo y a todo animal que repta sobre la tierra´». Además, tras el diluvio, está escrito en la porción de Noaj (ídem 9:1): «Y bendijo Dios a Noaj y a sus hijos y les dijo: ´sed fructíferos y multiplicaos y colmad la tierra´». Tras advertirles respecto de la prohibición de asesinar, D´s además les dijo, (ídem vers.7): «Procread y multiplicaos. Diseminaos en la tierra en abundancia»

Mediante este precepto la persona se encamina por las sendas de HaShem ya que así como el Eterno creó el mundo y lo sostiene, de igual manera el ser humano trae hijos al mundo, los cría y se ocupa de ellos. Mediante esto se transforma en socio del Creador, tal como dijeron nuestros sabios (Talmud Babilonio Tratado de Nidá 31(A)): «Tres socios hay en la creación de un ser humano, D´s, su padre y su madre».

Se trata del primer y más básico impulso de la Creación, tal como dijeron nuestros sabios en la Mishná (Tratado de Guitín 41(B)): «El mundo no fue creado sino para la procreación, tal como reza el versículo (Ishaiahu-Isaías 45:1): «…no la creó (la tierra n. de t.) para ser desierta. La formó para ser habitada». Este versículo nos enseña que la premisa Divina más básica es la de habitar el mundo, tal como está escrito: «Porque así dice el Eterno que creó los cielos: Él es Dios que formó la tierra y la hizo, la estableció, y no la creó para ser desierta. La formó para ser habitada. Yo soy el Eterno y no hay ningún otro». Además, dijeron nuestros sabios en la Mishná (Tratado de Sanhedrín 37(A)): «Todo aquel que preserva una vida en el seno del pueblo de Israel se lo considera como si hubiera dado existencia al mundo entero». Si eso está escrito respecto de quien salva a un pobre de morir de hambre (ídem Baba Batra 11(A)), cuanto más excelso el mérito de los padres que traen un hijo al mundo, lo crían y educan de modo tal que preservan un mundo entero.

Por ello, dicen nuestros sabios que la tercera pregunta que realiza el tribunal celestial a una persona tras su fallecimiento, al enfrentar el Juicio en el Mundo Venidero es: «¿Acaso te has dedicado a la procreación?»; siendo la primera si se desempeñó honestamente en su actividad laboral y la segunda  si estableció tiempos fijos para el estudio de la Torá (ídem Shabat 31(A)).

Dijo Rabí Eliezer (ídem Ievamot 63(B)): «Todo aquel que no se dedica a la procreación se asemeja a quien derrama sangre», tal como está escrito (Bereshit-Génesis 9:6-7): «El que vertiere sangre del hombre por el hombre su sangre será derramada…» y el versículo siguiente dice: «Procread y multiplicaos. Diseminaos en la tierra en abundancia». El rol humano de procrear es tan básico y contundente, al punto de que quien no se involucra en el mismo es considerado como quien asesina a sus hijos que aún no han nacido. Rabí Yaakov dice (ídem, ídem): «Todo aquel que no se dedica a la procreación disminuye la imagen Divina en el mundo, tal como está escrito (Bereshit-Génesis 9:6-7): ´…porque D´s hizo al Hombre a Su imagen´, y en el siguiente versículo leemos: ´Procread y multiplicaos. Diseminaos en la tierra en abundancia´». Cada ser humano detenta una particularidad por lo que revela un aspecto suplementario de la imagen Divina, y quien se abstiene de dedicarse a la procreación reduce la manifestación de la Divinidad en el mundo.

Nuestros sabios dijeron (Zohar Jadash Ruth 50:2): «Cuando el ser humano parte de este mundo y su alma se dispone a ingresar al sitial que le corresponde, algunos ángeles amenazantes y otros pacíficos se ubican a ambos lados de la misma. Si el alma supera exitosamente el juicio celestial, los ángeles pacíficos reciben al alma y le dan la bienvenida. En cambio, si el alma no sale victoriosa del juicio la reciben los ángeles amenazantes y le dicen: ´Ay del impío. Todo le irá mal, porque la obra de sus manos volverá sobre él´ (Ishaiahu-Isaías 3:11). ¿Y quién es el malvado? Aquel que no se esforzó en dejar un hijo en el mundo, ya que todo aquel que quien deja tras de sí un hijo en el mundo y le enseñó Torá y buenas acciones, no será afectado por los ángeles amenazantes y el Guehinom» Sobre esto está escrito (Tehilim-Salmos 127:3-5): «He aquí que los hijos son heredad del Eterno. El fruto del seno es una recompensa. Como las saetas en la mano de un hombre poderoso así son los hijos de la juventud. Feliz es el hombre que tiene su aljaba llena de ellos. No serán avergonzados cuando hablen con sus enemigos en el portón«. «Esos son los ángeles amenazantes que no pueden dominar al difunto». Que no diga una persona: ´mi estudio de Torá y mis buenas acciones me sirven de escudo protector por lo que no me habré de dedicar a la procreación´, sino que, aunque detente estos méritos no habrá de acceder a la cercanía del Creador y no poseerá una parcela en el mundo venidero» (ver capítulo 8 respecto del consuelo de quienes carecen de progenie).

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